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Todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son. (Abraham Lincoln) |
| STALINGRADO 1942-1943: esplendor y fin del 6º ejército y del fascismo |
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| escrito por Juan Carlos Sáez Rodríguez | |
| domingo, 25 de mayo de 2008 | |
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El 31 de Enero de 2008 se cumplieron 65 años de
la capitulación de Friedrich Paulus, coronel general del 6º ejército
de Terminaba así la agonía del ejército más poderoso
del mundo. Continuaba el espanto para sus más de noventa mil supervivientes
camino del cautiverio, al tiempo que sonaba la hora del fascismo en Europa.
1- Eclosión y desarrollo del 6º ejército El 6º ejército de la Wehrmatch fue
el paradigma del poder nazi. En septiembre de 1939 en Polonia este
ejército puso el concepto de blitzkrieg o guerra relámpago en la mente
de todo el mundo. En Dunkerke enviaron prácticamente a golpe de remo al
cuerpo expedicionario británico. Se le había asignado como vanguardia en la
invasión de Inglaterra y fue entrenado a conciencia con ese fin, hasta
que la errática política de Hitler lo envió a conquistar Yugoeslavia. En el verano de 1941 entró en acción en la Unión Soviética arrollando a todas las unidades que se le enfrentaron. Su poderío en cantidad y calidad de combatientes, material, estrategia y experiencia en combate lo habían puesto a la cabeza de los mejores ejércitos del mundo.
Con sus perfectos cortes de pelo, sus gafas de
sol, sus rostros sonrosados y con la moral y la sonrisa propias del matón de
barrio, que busca alfeñiques a los que partir la cara avanzaron a través de las
interminables llanuras de la estepa rusa, seguros de sus posibilidades. No les faltaban razones para sentirse así;
después de todo tenían frente a ellos a soldados mal nutridos, peor dirigidos y
con la sensación de que todo iba a terminar pronto. Esos soldados sólo
esperaban la magnanimidad de los vencedores y que les dieran algo de comer.
Pero nada de esto ocurrió. Pronto sabrían lo que significaba caer prisionero de
los nazis… 2- La atracción de la presa A comienzos de agosto del 41 la Wehrmatch
había penetrado profundamente en territorio soviético: estaba a las puertas de Leningrado;
Smolensko había caído, así como la mayor parte de Ucrania. Todo
hacía presagiar que la campaña iba a ser corta. Sin embargo la realidad era que
los ejércitos nazis se habían enfrentado a un Ejército Rojo maltrecho
por las purgas*, con una jefatura ineficaz y mal preparado, que a pesar
de eso fue capaz de presentar una resistencia tenaz y prolongada. Además el OKH (cuartel general del
ejército) no contó con la enorme provisión de reservas del Ejército Rojo,
como escribió el general Halder el 11 de agosto del 1941: “La
situación muestra de forma cada vez más clara que hemos subestimado al coloso
ruso… Esto se advierte tanto en el nivel operacional como en el económico, en
el transporte, y sobre todo, en las divisiones de infantería. Ya hemos
identificado 360. Hay que reconocer que las divisiones no están armadas y
pertrechadas en el sentido que damos nosotros a estos términos, y desde el
punto de vista táctico están mal mandadas. Pero ahí están; y cuando destruimos
una docena, los rusos sencillamente crean otra docena”.
Así que hubo que hacer un parón, toda vez
que los soviéticos lanzaron 37 divisiones contra el flanco del general Guderian,
que obligaron a los alemanes a luchar y agotar sus reservas de carburante y
munición, a la vez que sus líneas de abastecimiento se habían alargado en
extremo. Además los camiones que robaron en Europa occidental se desintegraban
en las maltrechas carreteras de la URSS. A todo esto había que sumar que a fecha 1º de
septiembre los alemanes tenían más de 400.000 bajas de los más de 3.780.000
efectivos al comienzo de la campaña. En suma: el balance era positivo, pero contenía
serias dudas con respecto a las afirmaciones triunfalistas del comienzo de la Operación
Barbarroja: “Sólo hay que dar una patada a la puerta, y todo el edificio se
vendrá abajo” manifestó a sus generales días antes Hitler. * A partir de 1937 Stalin se deshizo de la
mayor parte de la oficialidad del ejército, es más: aún en el invierno de
1939-40 la NKVD seguía fusilando comandantes expertos en logística imbuidos
quizá por la teórica del mariscal Tujachevski, quien creía que los
ejércitos futuros debían aprender de las frustradas campañas estáticas de la Gran
Guerra, y que debían ser unidades extremadamente móviles apoyadas por
carros y aviación: es decir, en lo que se había convertido la Wehrmatch. 3- El 6º Ejército es atraído a la ratonera En junio de 1942 Hitler decide dar otro empujón hacia el este, para lo cual divide sus fuerzas haciendo que el 6º ejército, ya al mando de Paulus, vire hacia el sur en dirección a Stalingrado, la ciudad con el nombre de su rival.
No era ésta una ciudad estratégicamente importante, ya que el objetivo real era la toma del Cáucaso con sus yacimientos petrolíferos, pero a estas alturas de la guerra Hitler aún no había tomado ninguna ciudad emblemática, y ésta era la ocasión con lo que, con el apoyo de la 4ª división Panzer del general Hoth, se pretendía tomar la ciudad y de paso destruir de un golpe el grueso del ejército soviético.
Así las cosas, Stalin firma la Orden
227 el 28 de julio de 1942, que pronto tomó el nombre de la frase “ni un
paso atrás”, que disponía se tomasen medidas terribles, como la ejecución
inmediata de quien fracasara en el cumplimiento de las órdenes. Pero esta orden
no pudo impedir que el 62º ejército soviético fuese atrapado a sólo La ciudad parecía más indefensa que nunca.
Hitler ordenó que exterminaran a
los varones que vivían en la ciudad y deportasen a la población femenina para
convertirla en mano de obra esclava. Este fue el primero de una larga cadena de
errores que cometió el Führer al poner a la población en la certeza de
que no cabía rendición alguna, que había que luchar ya que no existía otra
alternativa. El siguiente error fue enviar a la Luftwaffe
el 3 de septiembre en un ataque que duró 24 horas y dejó gran parte de la
ciudad reducida a escombros.
Se cree que más de 40.000 personas murieron en
este ataque. Esto hizo que Stalingrado se convirtiera en una inmensa
ratonera, donde los soldados soviéticos pudieron emboscarse en pequeñas partidas
y provocar grandes pérdidas de hombres y material, como definió el general Chuikov:
“si lo que nos viene encima es una marea, construiremos rompeolas”.
Asimismo ordenó que la distancia del frente fuera tan sólo de cincuenta metros, para desesperación de la Luftwaffe, que no pudo actuar debido a que no tenía forma de distinguir sus fuerzas de las enemigas. Esta decisión constituyó una táctica muy acertada, ya que los ejércitos alemanes estaban preparados para moverse en campo abierto, donde sus rápidas maniobras envolventes les habían dado excelentes resultados, pero no lo estaban para luchar en una escombrera frente a un enemigo que defendía su casa, y donde cada cascote era una emboscada.
Stalingrado se convirtió en el Verdún del este. Los generales alemanes no pudieron imaginar lo que esperaba a sus divisiones en la ciudad arruinada; todos sus teóricos militares sostenían que la guerra de trincheras había sido “una aberración en el arte de la guerra”.
Gran parte de la lucha consistía no en importantes ataques, sino en pequeños conflictos letales e implacables. En la batalla intervenían por parte soviética escuadrones de asalto, de seis a ocho hombres, la famosa “Academia de lucha callejera de Stalingrado”, armados con cuchillos y espadas para matar calladamente, así como con armas ligeras, granadas de mano y francotiradores sembrando el terror en las filas alemanas.
La respuesta del 6º ejército consistió en llamar al 336º batallón de zapadores, unidad especializada en lucha antiguerrillera en el ámbito urbano, que ya cosechó su prestigio en la toma de ciudades como Vorónezh. Estos hombres eran duros combatientes que ya habían visto de todo en el curso de la guerra, y fueron enviados al complejo fabril del norte de la ciudad, en concreto a la fábrica Barricada, donde los soldados del coronel Iván Liudnikov se habían atrincherado.
El comandante del 336º, Josef Linden se presentó en el lugar el 7 de noviembre y lo describió así: “Retorcidos paneles de acero arrugado que colgaban sueltos y los cuales entrechocaban horripilantemente con el viento… una perfecta confusión de trozos de hierro, tubos de cañones, vigas en T, profundos cráteres… sótanos convertidos en puntos fortificados… y sobre todo ello un crescendo perpetuo de ruidos procedentes de cañones y bombas de todos tipos”.
Al cabo de unos días el famoso batallón 336º había
sido aniquilado, y sólo quedaba como superviviente su cocinero. El ejército de Chuikov inició otras tácticas
de guerra psicológica, como instalar grandes altavoces en los que sonaba día y
noche a todo volumen el tic-tac de un reloj acompañado del inquietante mensaje “cada
siete segundos muere un soldado alemán en Rusia”. Por las noches los
ataques aéreos soviéticos mantenían la tensión, y las tropas alemanas no
dormían, ni podían descansar. Todo esto hizo que el landser alemán sufriera un estrés y miedo desconocidos, como escribió a su familia un soldado del 6º ejército, en una carta interceptada por lo soviéticos “…si sólo pudierais comprender lo que es el terror… al más pequeño roce, aprieto el gatillo y disparo ráfagas de ametralladora…”.
La consecuencia fue que las bajas psicológicas aumentaron, y la moral de la tropa comenzó una caída vertiginosa, hasta el desastre final. Hay que sumar que el frío hizo su aparición en el invierno más crudo de los últimos cincuenta años y sorprendió a los soldados alemanes con ropas inadecuadas. El mando alemán falló una vez más al no tener preparada la indumentaria necesaria.
Así el 6º ejército atravesó su calvario, con
una desaforada lucha que tuvo lugar calle por calle, entre las fábricas y casas
destrozadas a lo largo de la orilla occidental del Volga entre
septiembre, octubre y noviembre a un coste aterrador.
4- La trampa se cierra
Así, cuando el 6º
ejército llegó a las puertas de Stalingrado en el verano del 42, su
estado mayor contaba por días el tiempo que les llevaría tomar la ciudad, dando
por sentado que el Ejército Rojo carecía de iniciativa y reservas, y que
se limitaría poco más que a morir matando. Nada más lejos de la realidad, ya
que desde septiembre de 1942 la Stavka estaba planeando una
contraofensiva que definiera a su favor la batalla de Stalingrado. Para ello Stalin
eligió a dos de sus mejores comandantes, Zhukov y Vasilevski,
para que elaboraran un plan a tal efecto. Stalin les preguntó qué haría
falta para derrotar a los alemanes y Zhukov respondió que había que
conseguir un ejército nuevo, con un cuerpo de carros, tres brigadas blindadas y
como mínimo 400 obuses, todo ello respaldado por un ejército de aviación. Stalin aceptó, y el Ejército Rojo
se preparó para la guerra mecanizada por primera vez en su historia. Estos dos
militares firmaron el primer plan serio a niveles estratégicos: la Operación
Urano.
La estrategia consistió en conseguir empantanar a
los alemanes en la ciudad y mantenerlos allí, obligándolos a una guerra de
desgaste, pero con sólo las tropas y recursos suficientes para mantener viva la
defensa. Entonces, mientras los alemanes se centraban en tomar la ciudad, la Stavka
reuniría nuevos ejércitos detrás de las líneas para un gran cerco, utilizando
profundas acometidas desde el eje norte-sur, rompiendo las líneas rumanas e
italianas, con el fin de aislar al 6º ejército.
El secreto que acompañó a esta gigantesca
operación fue igualmente colosal, como lo demuestra el hecho de que la víspera
de la batalla el informe diario del 6º ejército fuera así de breve: “En
todo el frente, no hay cambios importantes. El hielo acumulado en el Volga es
más débil que ayer”. Algunos minutos después de las 5 de la madrugada del 19 de noviembre de 1942, en medio de una densa niebla, comenzó el ataque en el frente norte contra las posiciones italianas y rumanas. La situación se hizo confusa para los alemanes que no supieron reaccionar con presteza, y no fue sino hasta diecisiete horas después del inicio de la ofensiva cuando se recibió la orden del capitán general Von Weichs de interrumpir los combates en Stalingrado y trasladar tropas para “cubrir la retaguardia del 6º ejército y de asegurar las líneas de comunicación”. Por supuesto el 62º ejército de Chuikov, también atacó en la ciudad para impedir que los alemanes se retiraran.
Transcurridas más de cuarenta y seis horas los
alemanes no se habían percatado todavía de la magnitud del desastre que se les
venía encima. Nadie reexaminó las intenciones del enemigo. Al día siguiente Yeremenko, comandante del
frente de Stalingrado, ordenó el ataque en el frente sur contra las
fuerzas alemanas, italianas y rumanas. Finalmente el 21 de noviembre, Paulus reconoció
que el Ejército Rojo tenía intención de cercarlos. Los ataques en
diagonal noroeste y sueste convergían en Kalach, localidad a
El 6º ejército había caído en la trampa; Stalingrado se
convirtió en una suerte de campo de prisioneros armados. Ahora los soviéticos no les dejarían escapar; la
hora de la venganza había llegado.
No se habían distinguido los alemanes por el respeto
hacia los pueblos sojuzgados por ellos en Europa occidental, pero lo que
sucedió en la URRS se aleja de todos los parámetros conocidos hasta esas
fechas, a excepción de los tristes episodios de la Guerra de los Treinta
Años. La Wehrmacht invadió la URSS con un patrón diferente a cómo había conquistado los países de occidente. Hitler redactó la orden de los comisarios, en virtud de ésta se ordenaba a todos los comandantes la ejecución inmediata de los comunistas soviéticos. Además la guerra en el este no sólo fue una guerra imperialista, bajo el esquema del lebensraum, sino que se convirtió en una guerra racial donde se sistematizó el exterminio de los judíos soviéticos.
Instrumentos de esta política fueron los Einsatzgruppen-SS,
unidades especializadas en el asesinato masivo de personal civil, ayudados en
todo momento por el ejército. Tras la guerra, los generales alemanes
argumentaron que se habían negado a secundar este tipo de acciones, y que en
muchos casos fueron elementos incontrolados los que protagonizaron atrocidades
contra la población civil, y que se habían preocupado de la suerte de los
prisioneros de guerra soviéticos conforme al derecho internacional. Pero un informe de marzo del 42 sobre el uso de
prisioneros soviéticos para la economía de guerra alemana indica que de un
total de 3,6 millones de soldados capturados hasta ese momento, sólo apenas
100.000 eran capaces de trabajar, en régimen de esclavitud por supuesto. La
mayoría habían sido asesinados. En noviembre del 41 el mismo Goering
comentó jocoso al Conde Ciano que, “el hambre entre los prisioneros
rusos ha alcanzado tales extremos que para que anduvieran hacia el interior del
país ya no era necesario obligarlos; bastaba con poner en la cabeza de la
columna… una cocina de campaña que despida el fragante olor de la comida”. El ejército era el responsable directo de la
custodia de los prisioneros de guerra soviéticos y la crueldad manifiesta con
que la Wehrmacht trató a dichos prisioneros reflejó el programa
ideológico del siniestro régimen nazi, así como su aceptación. Del 22 de junio al 19 de julio del 41, el 4º
grupo blindado informó de la liquidación de 172 comisarios; hasta el 24 de
julio, el 2º ejército afirmó que había masacrado a 177; hasta principios de
agosto, el 3º grupo blindado fusiló 170. El comportamiento criminal de la Wehrmacht
está fuera de toda duda cuando en un decreto del 17 de julio de 1941 exponía “La
situación especial de la campaña del este, por tanto, exige medidas especiales
que deben ejecutarse libres de… influencia burocrática y dispuestos a aceptar
la responsabilidad. Aunque hasta ahora las órdenes relativas a los prisioneros
de guerra se basaban exclusivamente en consideraciones militares, ahora debe
alcanzarse el objetivo político, que es proteger la nación alemana de los
invasores bolcheviques y proceder sin demora a imponer disciplina al territorio
ocupado”. La política de exterminio de Hitler
encontró eco en prácticamente todos los altos mandos militares. El general Reichenau
por poner un ejemplo, aleccionó a sus tropas “el soldado debe comprender la
necesidad del castigo severo pero justo de los seres infrahumanos judíos”.
El mismísimo mariscal Erich von Manstein, en un alarde de cinismo, se
queja en su libro de memorias del trato recibido a los prisioneros alemanes por
parte soviética, y añade que “detrás del frente también continúa la lucha…
los judíos hacen de intermediarios entre el enemigo en la retaguardia y lo que
queda de las fuerzas del ejército rojo y de los líderes rojos. Más que en
Europa, es el centro de toda agitación y sublevación”. Hizo ver ante sus
tropas “la necesidad de medidas duras contra los judíos”, aunque ante la
gente de su confianza admitía tener ancestros judíos. En su mencionado libro “Victorias frustradas”,
de casi 800 páginas no hay ni una sola mención de la “orden de los
comisarios”, ni de ninguna atrocidad por parte de la Wehrmacht; sólo
descripciones a toro pasado de lo bien que lo hubieran hecho sin las
interferencias de Hitler; todo ello en un tono egocéntrico y
autocomplaciente, bajo el prisma del mito de la guerra caballeresca del
ejército alemán. Pero nada de caballeresco tuvo lugar en Babi
Yar, localidad situada en las afueras de Kiev, donde el Sonderkommando
Los alemanes ejecutaron a más de tres mil civiles
durante el curso de la batalla de Stalingrado, y más de sesenta mil
fueron transportados al Reich como esclavos. El Sonderkommando La naturaleza repetitiva de tales actos indica
que la implicación de la Wehrmacht en prácticas de terrorismo, junto con
las SS, fue total durante toda la ocupación. “Allá donde estemos no
habrá sitio para nadie más” Esta máxima de Hitler define a la
perfección el eje de su política criminal. 6- El cazador cazado. El general Paulus reconsideró sus opciones
y se decantó por una salida rápida hacia el sudoeste, con el fin de escapar de
la bolsa y unirse al grupo de ejércitos B; para ello preparó al 6º
ejército y esperó la orden de Hitler. Dado que era un estudioso de
la campaña de 1812 seguro que le estremeció la idea de un ejército
fragmentado vagando por la estepa; sería un final napoleónico, como le había
sucedido a la Grande Armée. Pero la orden del Führer fue la de
permanecer firme pese a la amenaza de “cerco temporal”. También se le
ordenó que asumiera el mando de todas las tropas del general Hoth al sur
de Stalingrado y de los restos del VI cuerpo de ejército rumano. Había
que “mantener las líneas férreas abiertas cuanto sea posible”. Hitler consultó con el entonces
jefe del estado mayor de la Luftwaffe, general Jeschonnek sobre
la posibilidad de un aprovisionamiento aéreo, quien le indicó que sería posible
sobre una base temporal. Goering al saber lo que quería el Führer
se dispuso a aprovechar su oportunidad, toda vez que el momento político por el
que atravesaba no era el mejor de su miserable carrera, y rápidamente prometió
a Hitler que la Luftwaffe mantendría al 6º ejército. Esta irresponsable
afirmación la formuló después de una reunión con sus oficiales de transporte, a
quienes se les dijo que eran necesarias 500 toneladas diarias, cuando las
estimaciones del 6º ejército eran de 700 toneladas. Éstos le replicaron
que unas 350 toneladas eran lo máximo que podían, y por un período corto. No se
mencionó la previsión de mal tiempo, ni el equipo deteriorado, ni las
actividades del Ejército Rojo. Hitler envió una orden a Paulus
el 24 de noviembre, por la que se definía al perímetro del “kessel” (el
caldero) “Fortaleza Stalingrado”, y le ordenaba esperar abastecimiento
por aire. El término “fortaleza” equivalía a defender el sitio hasta el
último hombre. Los soldados temían esta orden, ya que les exponía a una muerte
casi segura, al carecer de autorización para capitular. El Führer tenía
la convicción de que si la Wehrmacht abandonaba Stalingrado, ya
nunca tendría ocasión de volver. De cualquier manera la inmensa mayoría del 6º
ejército no deseaba salir de sus búnkeres y exponerse a un ataque al
descubierto, ya que creían en las promesas de un gran contraataque que los
rescatara. Muy efectivo resultó el final de la orden del día del 27 de
noviembre: “¡Resistamos! ¡El Führer nos sacará!”. La garantía de Hitler
era, para ellos, una promesa que nunca se rompería. A pesar de todo, la opinión de Paulus era
que había que darse prisa por salir del kessel ya que, como cablegrafió
a Hitler el 23 de noviembre de 1942: “… escasean las municiones y el
combustible… No es posible un oportuno y adecuado avituallamiento… Debo sin
dilación retirar todas las divisiones de Stalingrado y más tarde unas fuerzas
considerables desde el perímetro norte… En vista de la situación, pido que me
conceda completa libertad de acción.” Ni que decir tiene que el Führer
tenía otros planes. Entretanto, en círculos militares alemanes, se
había fijado la idea de que la culpa de todo la tenían las divisiones rumanas
que no resistieron la ofensiva. Ante esta acusación el general Steflea,
jefe del estado mayor del ejército rumano, tuvo agrias palabras en una
conferencia especialmente tensa con militares alemanes en Rostov: “Han
sido desatendidas todas las indicaciones que durante semanas he ido
transmitiendo a las autoridades alemanas… Sólo han quedado tres batallones de
las cuatro Divisiones del 4º ejército rumano… El cuartel general alemán no ha
tenido en cuenta nuestros requerimientos. Y ésta ha sido la causa de que hayan
sido destruidos dos Ejércitos rumanos”. Dichas indicaciones habían consistido en avisar
reiteradamente al OKH de la carencia de unidades blindadas y del
deficiente armamento de la infantería, que haría su defensa inútil en caso de
ataque masivo soviético, como se demostró. Hitler y el dictador rumano Antonescu
se reunieron para intentar apaciguar los ánimos; ambos se sentían unidos por el
mismo destino y no podían prescindir uno del otro, pero siguió el resquemor en
los dos aliados que se despreciaban y toleraban al mismo tiempo. Por vez
primera los nazis empezaban a ponerse nerviosos. Mientras tanto en toda la Unión Soviética se anunciaba triunfalmente la victoria del Ejército Rojo, y el pueblo soviético se enteraba por primera vez del cerco de Stalingrado. La noticia de tan magno acontecimiento cayó como un bálsamo en el malparado consciente colectivo de la gente, y entregó la iniciativa al Ejército Rojo, que comenzaba una nueva era en la que sus comandantes se sentían cada vez más seguros de sus acciones, más arrojados e imaginativos; sobre todo después de haber encadenado tanto desastre. Lo más importante es que a partir de ahora se veían capaces de derrotar a la Wehrmacht.
Ante el anuncio al mundo de la noticia de la
victoria soviética Hitler se vio en la necesidad de dar algún tipo de
explicación, y emitió un comunicado en el que se decía que los rusos habían
abierto una brecha al noroeste y sur del 6º ejército, sin mencionar el
cerco, debido a “un irresponsable despliegue ruso de hombres y material”.
La vaguedad a la hora de exponer este inquietante
hecho dispuso a la población en general a la incertidumbre y el miedo. 7- El kessel. El Kessel medía unos cuarenta y cinco
kilómetros de largo por treinta y cinco de ancho, y la Stavka aún no se
había percatado de la cantidad real de tropas que tenían rodeadas, pues
estimaba que habrían unos 86.000 soldados, pero lo cierto es que, incluidas
tropas aliadas y hiwis (voluntarios prisioneros que servían para los peores
trabajos), eran cerca de 290.000. La vida en la bolsa pronto comenzó a ser más dura
aún. A la aparición de los piojos y la disentería había que sumar el hecho de
que las reservas alimenticias se acababan. El oficial jefe de intendencia del 6º
ejército declaró el 7 de diciembre: “Las raciones reducidas entre un
tercio y la mitad de modo que el ejército pueda aguantar hasta el 18 de
diciembre. La falta de forraje significa que el grueso de los caballos tendrán
que ser sacrificados hacia mediados de enero”. Por otra parte se aseguraba a la tropa que la
Luftwaffe lo arreglaría, y que un gran ejército dirigido por Von
Manstein vendría a rescatarlos. A muchos les dijeron que en Navidad
estarían de permiso en casa, como a un soldado de la 376º división de
infantería que escribió a su familia: “Desde el 22 de noviembre estamos
rodeados. Lo peor ha pasado. Esperamos estar fuera del Kessel para Navidad… Una
vez que haya terminado la batalla del cerco, entonces la guerra con Rusia habrá
acabado”. Sin embargo los oficiales de la Luftwaffe
no se sentían tan optimistas. Sabían que eran necesarios 300 vuelos al día para
abastecer a los cercados, y eso sencillamente era imposible. La aviación del Ejército
Rojo se había fortalecido y representaba ya un peligro máximo para
cualquier pesado avión de carga; a esto debía añadirse el fuerte fuego
antiaéreo alrededor del Kessel y, por supuesto, el clima. Había días en
que la visibilidad era cero y la temperatura tan baja que, a veces, ni
prendiendo hogueras bajo los motores de los aviones podían encenderlos. Los
mecánicos tenían que trabajar bajo unas condiciones climáticas tan extremas que
el mantenimiento se convertía en una tortura, con el consiguiente descenso en
la seguridad de los vuelos. Para terminar de agravar las cosas el aeródromo de Pitomnik
se convirtió en el blanco de la aviación soviética, que sólo en los días 10, 11
y 12 de diciembre efectuó cuarenta y dos ataques. Pese a todo, el nivel de disciplina y orden en la
bolsa llegó a ser notable. En la red de carreteras había policía militar que
dirigía el tráfico, y señales que indicaban la ruta a los diversos cuarteles y
dependencias. La organización de víveres y carburantes, que se hacían llegar a todo
el Kessel era efectiva. Los hospitales funcionaban relativamente bien, a pesar
de las 1500 bajas diarias. Los 200 heridos al día se evacuaban vía aérea
estrechamente vigilados, para evitar a los que fingían estarlo escapar del
cerco. Pero el 9 de diciembre, dos soldados se
desplomaron repentinamente: eran las primeras víctimas del hambre. Los
servicios médicos iniciaron una investigación al comprobar un número creciente
de soldados que morían súbitamente “sin haber recibido una herida o sin
sufrir de una enfermedad diagnosticable”. Según un patólogo a cargo de la investigación “las presuntas causas
incluían frío, agotamiento y sobre todo una enfermedad no identificada”. Pero
ninguno de los casi 600 médicos en el kessel se aventuró a mencionar la
inanición. Las bajas siguieron aumentando a buen ritmo hasta que ya fue tan
evidente que el general doctor Otto Renoldi, describió el
hundimiento de la salud de los soldados en el kessel como “un experimento a
gran escala de los efectos del hambre”. El doctor Girgensohn,
patólogo del 6º ejército, llegó al convencimiento de que una combinación
de cansancio, tensión y frío desequilibró el metabolismo de la mayoría de los
soldados. Esto significaba que aunque comieran algo sus organismos sólo podían
absorber una pequeña fracción produciendo una desnutrición grave, que fue la
puerta abierta para un conjunto de enfermedades infecciosas como hepatitis,
disentería, tuberculosis y tifus. Si esto era así en las filas alemanas hay que
espantarse ante el destino de los 3.500 prisioneros soviéticos en los campos de
Voroponovo y Gumrak, pues éstos no figuraban en las raciones,
además los habían abandonado a la intemperie con lo que las bajas diarias
fueron tremendas. Pero no se hizo nada por aliviar su situación, aun cuando recurrieron
al canibalismo, porque eso significaba “quitar el alimento a los soldados
alemanes”. La mañana siguiente a la Navidad de 1942 el
termómetro se desplomó a 35 grados bajo cero, lo que no impidió que se libraran
sangrientos combates en medio de la ventisca.
En la ciudad de Stalingrado
los restos de las diezmadas divisiones malvivían refugiados en sótanos y
búnkeres a cubierto, tanto de los bombardeos como del frío; habían sido
reducidos a un ejército de trogloditas, tal como describe Vasili Grossman
“allá se sentaban como salvajes peludos en cuevas de la edad de piedra,
devorando carne de caballo entre el humo y la penumbra, entre las ruinas de la
bella ciudad que habían destruido”.
La imagen de aquel ejército dinámico y
orgulloso de tan sólo unos meses atrás quedaba definitivamente borrada para
siempre. El principio del fin se adivinaba entre la
miseria de ese ejército de sombras harapientas. 8- Fin del 6º ejército. El 10 de enero de 1943 comenzó la “operación
anillo”, nombre dado por la Stavka al aplastamiento final del
kessel.
Las divisiones alemanas, muy debilitadas y con pocas municiones, no
tenían ninguna oportunidad frente a los ataques masivos de los ejércitos
soviéticos, apoyados por la aviación. Con todo, la resistencia del 6º
ejército, considerando su debilidad física y material, fue sorprendente. El
frente del Don perdió 26.000 hombres y más de la mitad de sus carros durante
los tres primeros días, pero los comandantes soviéticos hicieron pocos
esfuerzos por reducir las bajas al hacer avanzar sus tropas en línea extendida
por la blanca estepa. La falta de combustible hizo que la retirada
alemana fuera dramática. Los heridos inválidos se helaban sin más a la
intemperie. Los soldados que llegaban a Pitomnik “con las caras color
azul negruzco” pudieron presenciar tremendas escenas, como describió un
oficial: “El aeródromo era un caos: montones de cadáveres abandonados que
los hombres habían sacado de los búnkeres y tiendas que albergaban a los
heridos; los ataques rusos; los bombardeos; los aviones de carga Junkers
aterrizando…” Todos querían subir a un avión cuando aterrizaba, en un
intento de abordarlo. La carga era desalojada o saqueada en busca de alimentos.
Los más débiles eran atropellados. La Feldgendarmerie (policía militar)
abría fuego indiscriminadamente… El testimonio de un artillero de la 44ª
división de infantería no puede ser más explícito: “Aquí reinaba la mayor
miseria que he visto en mi vida. Un inacabable quejido de los heridos y
moribundos, muchos de los cuales no habían recibido ningún alimento durante
días. No se daba más comida a los heridos. Las vituallas estaban reservadas
para los combatientes.”
Finalmente, el 16 de enero el aeródromo de Pitomnik
fue abandonado, y todo el mundo que pudo hubo de recorrer los Los que desfallecían se desplomaban para no
levantarse más y aquellos que necesitaban ropa desnudaban rápidamente a los
cadáveres, ya que cuando un cuerpo se congelaba, era imposible desvestirlo. La caída de Gumrak el 22 de enero hizo que más de cien mil alemanes se hacinaran en las ruinas de Stalingrado, donde Paulus estableció su cuartel general en los grandes almacenes Univermag. Allí colgando de un balcón de la entrada principal ondeó la esvástica como el último baluarte de la ocupación.
El 30 de enero el discurso por la celebración del 10º aniversario de la ascensión de Hitler al poder fue pronunciado por Goebbels, que dedicó una sola frase a Stalingrado: “La lucha heroica de nuestros soldados en el Volga debería ser una exhortación a que todos hagan lo máximo en la lucha por la libertad de Alemania y el futuro de nuestra nación, y en un sentido más amplio por la preservación de toda Europa”. Esto era en toda regla la primera aceptación de que, a partir de ese momento, la Wehrmacht debía luchar para evitar la derrota.
Al día siguiente Hitler anunció el ascenso
de Paulus a gran mariscal de campo. Se adivinaba una invitación al
suicidio, ya que no había en los anales del ejército alemán ningún mariscal que
hubiese sido prisionero de un ejército enemigo. Éste al enterarse confesó al
general Pfeffer: “No tengo intención de pegarme un tiro por este cabo
bohemio”. Ese mismo día, el 64º ejército del general Shumilov, que había asegurado todo el centro de Stalingrado, se plantó frente a la entrada de los almacenes Univermag, y conminó la rendición al estado mayor del 6º ejército. La Wehrmatch había arrojado todo lo que tenía contra los ejércitos soviéticos, y éstos resistieron.
El día 2 de febrero un avión de reconocimiento de
la Luftwaffe radió un escueto
mensaje a su base: “Ya no hay signos de
combate en Stalingrado.
Había llegado la hora de hacer balance. La Luftwaffe estimó que perdió casi 500 aviones y más de 1.000
miembros de tripulaciones sólo durante el puente aéreo; la 9ª división
antiaérea fue destruida, por no hablar de las incontables pérdidas de
bombarderos, cazas y personal de tierra de la 4ª flota durante toda la campaña.
En total la Wehrmacht perdió
alrededor de 400.000 hombres. Los italianos más de 130.000 de su ejército de
200.000. Los húngaros cerca de 120.000 y los rumanos más de 200.000 hombres en
la batalla más catastrófica de la guerra. Por lo que se refiere a los
soviéticos las cifras son más estimativas, ya que nunca han declarado
oficialmente sus bajas durante la guerra, pero se calcula que ascienden a más
de 750.000 entre muertos, heridos y desaparecidos en combate. El 3 de febrero de 1943 la radio alemana emitió
el siguiente comunicado: “El supremo
comando de la Wehrmacht anuncia que
la batalla de Stalingrado ha
terminado. Leal a su juramento de fidelidad, el 6º ejército bajo el ejemplar mando del mariscal de campo Paulus ha sido aniquilado por la
abrumadora superioridad del enemigo… El sacrificio del 6º ejército no ha sido vano. Como baluarte de nuestra misión
histórica europea, ha soportado el ataque de seis ejércitos soviéticos… Han
muerto para que Alemania pueda vivir”. No hubo referencia alguna al anuncio
hecho por los soviéticos de los más de 91.000 prisioneros. La reacción del régimen no se hizo esperar. Goebbels declaró la “guerra total” en un multitudinario
mitin en Berlín el 18 de febrero,
tras lo cual se fijó un programa que exigió la movilización masiva, el fin de
todas las actividades deportivas, el cierre de restaurantes, tiendas de lujo,
joyerías e incluso de las revistas de moda, aunque Goering se las arregló para que el lujoso restaurante Horcher, su preferido, fuera eximido de
la prohibición, como “club de oficiales
de la Luftwaffe”. La gente en Alemania iba comprendiendo que no era
ningún disparate pensar que los rusos se vengarían, y se hizo popular el lema “disfrute de la guerra, la paz será mucho
peor”. 9-
Los prisioneros. La suerte de los prisioneros fue diversa, ya que los altos oficiales de la Wehrmacht fueron bien tratados, en general. Paulus y su estado mayor fueron trasladados a las afueras de Moscú y alojados en un campo, donde pudieron disponer de relativa facilidad de movimientos dentro del perímetro, y fueron alimentados decentemente. Algunos generales, como Seydlitz, Lattmann y Korfes todavía durante la guerra, aceptaron trabajar en un llamado “comité antifascista” creado por comunistas alemanes, como Walter Ulbricht, Wilhelm Pieck y Erich Weinert, quienes fueron algunos de los primeros dirigentes de la República Democrática Alemana. Varios de estos generales formaron parte de la Volkspolizei de la DDR. Incluso el general Arno von Lenski fue nombrado miembro del Politburó. Entre la tropa muchos se preguntaban cómo era posible que hubiera tantos comunistas en la Wehrmatch.
Paulus
volvió a aparecer en 1946 durante los juicios
de Nüremberg como testigo de cargo contra algunos dirigentes nazis y vivió
en la URSS hasta que fue repatriado
en 1952. Los soviéticos le concedieron permiso para residir en Dresde, y consiguió trabajo como
inspector de policía. Por lo que se refiere al resto de la tropa el
trato recibido no fue el mismo.
Más de 1.200 prisioneros alemanes fueron
puestos a trabajar en la reconstrucción de Stalingrado,
hasta que murieron de tifus. Otros muchos fueron asesinados por sus escoltas de
muy variadas formas en sus largos peregrinajes a lejanos campos de
concentración, sin apenas comida, ni atención médica. Se cree que murieron
alrededor de 45.000 sólo en estos trayectos hacia los campos de prisioneros en Siberia.
No es difícil imaginar el trato
recibido en estos establecimientos, y no deja de resultar impactante el
diferente trato dispensado a los altos oficiales y al resto de la tropa. A partir de mayo de 1943 los soviéticos mejoraron
las condiciones de vida de los cautivos, y tras la guerra empezó el goteo de
prisioneros repatriados a Alemania.
Alrededor de 3.000 soldados que participaron en Stalingrado fueron liberados desde 1945. Al fin, el canciller Konrad Adenauer en 1955
consiguió sacar de la URSS a los
últimos prisioneros, en el primer viaje de un canciller alemán a Moscú, con el fin de establecer
relaciones diplomáticas. En la conferencia de prensa celebrada el 14 de
septiembre leyó: “El gobierno soviético
declara que ya no existen prisioneros de guerra alemanes, sino 9.626 criminales
de guerra convictos. Todos abandonarán la Unión Soviética en un próximo
futuro…” De estos “9.626
criminales de guerra convictos”, como los definieron los soviéticos, apenas
2.000 fueron combatientes en Stalingrado. 10- La Resistencia y derrota militar del fascismo. Los frentes de batalla no fueron los únicos
sitios donde se combatió, y no sólo en los países que estaban siendo invadidos.
En los ocupados también operó lo que se ha conocido como la Resistencia,
nombre genérico para incluir todo tipo de organizaciones que tomaron parte en
la lucha contra el fascismo, ya fueran comunistas, socialistas, anarquistas, o
algunos de los servicios secretos de los países aliados, por ejemplo el caso de
la creación de la más efectiva red de espionaje del Ejército Rojo en la Europa
ocupada conocida como “La orquesta roja”, constituida por varios cientos
de personas repartidas por toda Europa, que desempeñaron un importante
papel en la derrota del III Reich. En cualquier caso el nivel de coraje
y heroísmo demostrado por el conjunto de resistentes supera cualquier listón, y
hay una interminable lista de ellos que fueron torturados y asesinados de
manera infame. El fascismo como ideología pujante en El caso de Francia es esclarecedor. Toda
vez que gana las elecciones el Frente Popular en junio de 1936, muchos
medios que alardean de patriotismo se encargan de difundir la célebre frase: “antes
Hitler que Blum”, de modo que no hay que extrañarse
ante el hecho de que una mayoría de franceses, tras el armisticio de junio de
1940, diese su apoyo al gobierno colaboracionista del mariscal Pétain. Uno cabe preguntarse qué fue del patriotismo antialemán
que se gestó a partir de 1870 y continuó en la Gran Guerra, para
acabar con el país ocupado y colaborando gustoso con el enemigo; actuando en
contra de la propia “conciencia nacional” y de infinidad de ciudadanos
furiosos y perplejos, que no terminaron de asimilar esta nueva “entente
cordial” con los nazis. Incluso en la actualidad es un tema delicado en la
sociedad francesa que sigue generando tensiones en el debate político. Otro tanto sucedió en Austria, que pasó de
ser un país a Ostmark, la nueva provincia del Reich, con la
aquiescencia de una mayoría de sus ciudadanos, que también prefirieron a Hitler
antes que a ellos mismos. En otros países ocupados sucedieron hechos aún más espantosos, como en Polonia y el triste episodio del gueto de Varsovia, donde los nazis encerraron y dejaron morir de hambre y enfermedades a la comunidad judía polaca. Posteriormente, estos mismos habitantes deshicieron el mito de que los judíos eran conducidos al matadero mansamente iniciando una sublevación armada. Las SS tuvieron que emplearse a fondo para acabar con esta insurrección matando a la mayoría. Los pocos supervivientes fueron deportados a varios campos de concentración siendo asesinados después.
Y los países bálticos, Ucrania y
Bielorrusia, donde los movimientos nacionalistas aliados con las fuerzas de
ocupación nazis tomaron parte en la feroz represión contra sus propios
conciudadanos (babi yar en Ucrania, o las matanzas masivas en Lituania,
Letonia y Estonia).
Unos 270.000 ucranianos habían sido ya reclutados
por los nazis de los campos de prisioneros hacia fines de enero de 1942. El Stadtkommandantur en Stalingrado,
según un informe de la NKVD, tenía 800 jóvenes ucranianos armados y
uniformados para servir de centinelas y escoltas. Una gran mayoría eran bulbovitsi,
nacionalistas de extrema derecha llamados así por Taras Bulba, quienes
trataban a sus víctimas con crueldad psicópata. Tras la guerra algunos de estos
asesinos consiguieron sobrevivir, y fueron entrevistados por periodistas
quienes les preguntaron qué sentían cuando disparaban a mujeres, niños y en
general a personas indefensas. Buena parte de ellos respondió que se limitaban
a disparar y ver caer a sus víctimas sin más, lo que induce a pensar que esta chusma
carecía de conciencia. Esta caterva de individuos es la que desde siempre le ha
sobrado a la humanidad, y ha sido utilizada por otros asesinos que nunca
formaron parte de ningún pelotón de fusilamiento, pero que idearon y fomentaron
las masacres. La decidida oposición a la tiranía del fascismo
alentó a un número creciente de ciudadanos, que consideraron intolerable para
sus vidas la imposición de éste, y decidieron jugarse su integridad luchando
contra ese monstruo en infinidad de frentes. Desde los territorios ocupados de la
Unión Soviética, pasando por el este de Europa, y llegando hasta Francia
había resistencia al fascismo. La opinión pública mundial, que hasta bien
entrada la guerra era mayoritariamente proclive a regímenes fascistas, dio
un vuelco situando su punto de inflexión en Stalingrado con la derrota
del 6º ejército. Como nos sigue diciendo Hobsbaum “considerando el mundo en su conjunto, en 1920 había
treinta y cinco o más gobiernos constitucionales y elegidos (según como se
califique a algunas repúblicas latinoamericanas), en 1938, diecisiete, y en
1944, aproximadamente una docena. La tendencia mundial era clara”. El
sacrificio de los combatientes durante la Segunda Guerra Mundial fue colosal,
aunque desde una perspectiva actual si examinamos el rumbo que ha seguido el
mundo, parece obvio que la sociedad que se constituyó tras la derrota militar del
fascismo dista mucho de la que hubieran deseado estos héroes. El testimonio de
uno de ellos, Eduardo Pons Prades,
comandante guerrillero del maquis español en Francia, resume a la perfección la sensación de frustración tras
tantos años de lucha y sufrimientos: “En uno
de nuestros periódicos encuentros, el del 2001, con ex soldados de los cuatro
ejércitos aliados –el francés, el norteamericano, el británico y el soviético-,
y a la vista de la deriva del mundo desde 1945, con el apuntalamiento de la
dictadura franquista, con Washington y el Vaticano al quite, hemos llegado a la
conclusión, valga la puntualización, de que en la Segunda Guerra Mundial
nosotros defendimos lo Malo contra lo Peor…” Para concluir, considero
imprescindible rendir homenaje a la enorme importancia que tuvo la aportación de
la lucha de los republicanos españoles en la Europa ocupada por los nazis, y
que inexplicablemente nunca ha sido valorada. Porque si hemos de referirnos a
los combates que se sucedieron a las puertas de Moscú, Leningrado, Briansk, Stalingrado y tantos otros; a los episodios de la resistencia tras
las líneas alemanas, allí estuvieron peleando, y en demasiados casos muriendo,
esos españoles olvidados del mundo y de la historia. A aquellos que estuvieron en
la brecha desde los primeros combates en 1936 en España, donde marcaron con su valor y entusiasmo las filas
antifascistas; que se dejaron la piel en los infames campos de trabajos
forzados en Argelia; que se enfrentaron
al fascismo desde Narvik hasta Stalingrado, que liberaron ellos solos
la práctica totalidad del sur de Francia;
que fueron asesinados en los campos de concentración nazis; los que volvieron,
sin apenas medios, para batirse contra el franquismo mi más emocionado recuerdo
y admiración. |
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La operación barbarroja.jpg)
La Wehrmacht camino de Stalingrado en el verano de 1942..jpg)
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La Plaza Roja antes de la guerra..jpg)
La estación de ferrocarril antes de su destrucción..jpg)
El cerco alemán a Stalingrado.jpg)
La Luftwaffe bombardeando el puerto.).jpg)
 La estatua de los niños y la estación en llamas al fondo..jpg)
Soldados del 64º ejército en acción.jpg)
La guerra de las ratas.jpg)
La Academia de lucha callejera, en acción.jpg)
La infantería alemana tras tomar otra vez una fábrica..jpg)
Aspecto de una parte del frente en una fábrica..jpg)
La Wehmacht en las trincheras..jpg)
La Wehrmacht en dificultades..jpg)
Antiaéreos en acción en la Plaza Roja.jpg)
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Blindado ruso tras el impacto directo de un stuka.jpg)
Las ruinas de Stalingrado.jpg)
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Los Einsatzgruppen haciendo lo único que sabían hacer.jpg)
Cartel de propaganda soviético.jpg)
La Wehrmacht también lucha contra la ventisca..jpg)
La Plaza Roja tras el bombardeo aéreo..jpg)
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Pitomnik o la desolación..jpg)
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Paulus y el general Schmidt prisioneros..jpg)
Vista aérea de Stalingrado tras los combates.jpg)
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Largas filas de prisioneros alemanes..jpg)
Prisioneros del 6º ejército tras la rendición..jpg)
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