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| Cuando alimento a los pobres me llaman santo. Cuando pregunto por qué los pobres no tienen alimento, me llaman comunista. (monseñor Hélder Cámara, obispo de Olinda y Recife) |
| Está en el guión: la crisis la produce el capitalismo mecánicamente |
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| escrito por José Javier Torija Rodríguez | |
| domingo, 26 de octubre de 2008 | |
|
Se
nos habla de recesión, crisis financiera, crisis económica, crisis social, de refundar
el sistema financiero internacional, se nos habla como si todo esto fuese fruto
de los malos tiempos de una climatología financiera. Se nos habla como si algo
ajeno a la actividad humana nos hace vivir estos malos momentos, escamoteando apuntar
a la responsabilidad del sistema.
En toda
máquina compleja se cumple la proposición aristotélica de “El todo es más que la suma de las partes”, al que modernamente se
le denomina principio holista. Este
principio viene a afirmar que la suma de las propiedades y funciones de todas y
cada una de las partes es inferior a la suma de las propiedades y funciones de
un todo organizado. Una máquina compleja (como un reloj) no se reduce a una
colección de piezas o partes sino a la disposición de todas ellas, sabiendo que
ninguna de las piezas, en el caso del reloj, tiene en sí misma la medida del
tiempo (ni siquiera la manilla) sino que la disposición completa de todos los
resortes, engranajes y piezas es la que hace que se comporte como un “todo”
organizado que cumple la función para la cual fue diseñada (también podemos
elegir un ejemplo de ser vivo –recordando que Descartes tomaba a los seres vivos como máquinas complejas
biológicas- y comprobar que el organismo no se reduce a sus componentes: patas,
cabeza y tronco.) Análogamente
podemos entender a cualquier empresa privada como una máquina compleja cuya
finalidad es conseguir beneficios. Pongamos un ejemplo de empresa: una fábrica
de ladrillos. Esta fábrica de ladrillos está compuesta de muchas partes: medios
humanos, medios materiales, financieros, inmobiliarios, etc… Y la empresa, la
fábrica de ladrillos del ejemplo, como ente no se reduce a sus partes, sino que
tal y como se dispone las relaciones entre las partes hace que la empresa sea precisamente
una unidad orgánica y no un montón de partes inconexas, del mismo modo que un
reloj, un ser vivo u otra máquina compleja no se reduce a una mera colección de
piezas o partes sino a la disposición organizada que la capacita para la
funcionalidad de la unidad de partes en un todo. En el
capitalismo, la empresa privada es una máquina compleja cuya finalidad es producir
beneficios económicos. Bien, supongamos que la propiedad de una empresa se
divide en partes para su negocio de compra-venta en el mercado de bolsa. La
división por partes forzosamente no se corresponde a partes físicas, ya que
estas son heterogéneas, sino a partes jurídicas equivalentes entre sí llamadas
acciones. Supongamos que la empresa de ladrillos del ejemplo la dividimos en
100 acciones. Esto significa que la completa propiedad (como tenencia) de la
empresa –esto es, del todo organizado- corresponde distributivamente a las
propiedades de cada una de estas 100 acciones. Si las 100 acciones son
propiedad de un solo propietario entonces la propiedad entera de la fábrica
será de este propietario. Pero como caso general, una vez que la propiedad de
la empresa está negociada en el mercado
de valores, la propiedad de las 100 acciones pueden corresponder a varios
propietarios, en los que cada uno de estos propietarios no tiene porqué tener
el mismo número de acciones que los demás, sino de una cantidad propia que ha
comprado a cambio de un determinado dinero. ¡Y si las ha comprado es porque
alguien se las ha vendido al precio que han llegado a convenir entre ambos! Si
no hay cruce de intereses no hay transacción económica y las acciones continúan
en manos del propietario anterior. El cruce de intereses se da cuando el
vendedor ha conseguido un precio mayor o igual por el que estaría dispuesto a
vender esas acciones y cuando el comprador ha conseguido un precio igual o
menor por el que estaría dispuesto a comprar esas acciones. ¿Qué hace
que una persona compradora llegue a comprar una cantidad de acciones de una
empresa por una cantidad de dinero? Por lo pronto, como objeto de la
compra-venta, la esperanza de conseguir beneficios económicos de esas acciones
(ya sea por dividendos sucesivos, por plusvalías en la venta, por otras vías o
mezcolanza de algunas de ellas, poco importa.) Nadie compra unas acciones si
está seguro de perder parte del dinero invertido, por el contrario, cree que la compra le será beneficiosa porque
le revertirá una cantidad mayor que la invertida. De
momento se puede advertir algo que no encaja bien en este mecanismo. Cada
propietario pretende conseguir beneficio económico con la inversión: si esas
acciones serán valoradas mejor en un futuro (razón por la que compra el
comprador) ¿por qué se deshace de ellas el vendedor? O dicho de otro modo: si
el vendedor intercambia esas acciones por un determinado dinero, es porque está
convencido que es más beneficioso económicamente deshacerse de las acciones y
emplear de otro modo el dinero, entonces ¿por qué el comprador quiere comprar
las acciones por ese dinero si el vendedor está convencido de lo contrario en
materia de beneficios económicos? ¿La diferencia psicológica de pareceres entre
comprador y vendedor lo justifica? La paradoja la podemos matizar, por ejemplo,
en tres formas: 1- Ambos,
comprador y vendedor, están convencidos de que esas acciones son un buen
negocio para el futuro, pero al vendedor le urge vender porque necesita
consumir ese dinero. En este caso no hay contradicción. Pero es un caso puntual
que tiene poco interés revisar. Pasemos a ver otros casos. 2- El
comprador y el vendedor tiene percepción diferente del valor de las acciones
con respecto del dinero. Si admitimos esto, estamos admitiendo que no hay un
valor objetivo de las empresas en un momento determinado. Réplica
pro-capitalista: Es
verdad que el comprador supone que el valor de la acción será mayor (que el de
su compra) y que el vendedor menor (que el de su venta), pero ni comprador ni
vendedor marca el valor objetivo de la acción. El valor de la transacción de
compra-venta de las acciones ha marcado el valor de mercado en el instante en
que se efectuó, y éste valor es objetivo, luego la empresa tiene un valor
objetivo y el mercado, de forma general el foro donde intervienen todo el
volumen de compradores y vendedores, es quien establece ese valor objetivo. Contrarréplica
crítica: ¿Cómo,
entonces, puede explicarse los desplomes de los valores o los repuntes en
breves espacios de tiempo? Dado un momento, o una empresa vale lo que el mercado está marcando en ese momento
o vale lo que marca en el momento posterior, si fuese correcta la tesis
pro-capitalista siempre habría pequeñas diferencias de valor en incremento de
tiempo pequeños, pero como hay –en ocasiones- diferencias abruptas, implica que
falsa esa tesis. Réplica
pro-capitalista: No
hay grandes cambios de cotización si no hay grandes cambios de percepción
general en el mercado. Una noticia
puede ser revulsivo para los valores de las acciones. 3- El
vendedor considera que, aunque las acciones que tiene de tal empresa pueda
producir beneficio económico en un tiempo por venir, el empleo del dinero
vendiéndolas y comprando acciones de otra empresa que tiene perspectiva de mayor
ganancia produce más beneficio económico. En tal caso, ¿por qué el comprador va
a comprar las acciones de una empresa que tiene menos perspectiva de ganancia
que las acciones de otra, por qué no se dirige directamente a comprar estas
otras? Réplica
pro-capitalista: El mercado corrige rápidamente el
cambio de perspectiva en cuanto al diferencial de beneficios económicos esperados.
La oferta y la demanda pone el precio “justo” a lo largo del espectro
empresarial, ninguna empresa está cara ni barata. Por tanto, la inversión en
una o en otra empresa tiene que ver con las decisiones individuales. En
principio los movimientos individuales de circulación de capital (por ejemplo
deshacer posiciones en empresas de un sector en declive para tomar posiciones
en empresa de otro sector en auge) responde a estrategias individuales, pero el mercado confirmará la estrategia de
los buenos inversores y castigará las malas estrategias. “El mercado pone a cada uno en su sitio”. Contrarréplica
crítica: Las fuerzas
que componen el mercado son
asimétricas grandes y pequeñas. Y las grandes son competidoras entre sí. Los
grandes inversores (como bancos y entidades financieras) tienen alianzas
estratégicas con otros grandes inversores y su voluntad inversora o
desinversora puede mover el mercado de
cotizaciones. Luego los valores nunca serán objetivos sino dependientes de
las luchas entre las grandes concentraciones de poder financiero. Réplica
pro-capitalista: El
caso es que quien invierte contra el
mercado causa su propia ruina. La mala estrategia queda castigada, es una
cuestión de supervivencia y selección. El
mercado selecciona a los mejores. Bueno,
sirva esta introducción para pasar a exponer gráficamente el problema de la crisis financiera desde la óptica del desplome de los
valores: Supongamos
que en un tiempo anterior t1 dado, las 100 acciones de la fábrica de
ladrillos de nuestro ejemplo están en manos de los propietarios llamados A1,
A2, A3, …, An y la cotización de la acción es
C1. Bien, en un tiempo t2 posterior, las mismas 100
acciones están en manos de los propietarios llamados P1, P2,
P3, …, Pm y la cotización de la acción es C2.
Supongamos, además, que las cotizaciones C1 y C2 son muy
desiguales, en los que C2 es mucho menor que C1, por
concretar algo: C2 es un 50% de C1, esto significa que el valor de mercado de la fábrica en el
tiempo t2 es un 50% de la misma fábrica en un tiempo anterior t1.
Si t1 y t2 son lo suficiente cercanos tenemos un caso de
desplome de un valor de cotización. En ese breve espacio de tiempo algunos
propietarios anteriores no habrán vendido y permanecerán como propietarios
posteriores y otros propietarios anteriores habrán vendido con lo que se
añadirán nuevos propietarios (y sus variantes: algunos propietarios
que deshacen sólo parte de sus acciones, otros las aumentan, unos lo venden
todo y otros son nuevos en la compra, en fin todas las posibles variantes.) Lo
importante es quedarnos con la idea siguiente: Simplemente que las propiedades han cambiado de manos. ¿No es ese
el espíritu del capitalismo, el de cambio de propiedades en la compra-venta? Implementemos
el ejemplo de la fábrica de ladrillos a todas las empresas, estaremos en un
caso generalizado de desplome, la llamada “crisis financiera” (desde la óptica
del mercado de valores.) En el caso general como en el caso ejemplar tenemos la
repetición del mismo esquema: momento anterior y momento posterior,
propietarios anteriores y propietarios posteriores, cotizaciones anteriores y
cotizaciones posteriores. El
capitalismo consagra unos de los pilares de la mayoría de las sociedades
humanas históricas: la propiedad privada. En la
crisis financiera no hay ninguna
crisis de la propiedad privada (como institución.) ¿Por qué llamar “crisis
financiera” a que el dinero de unos propietarios posteriores haya
quedado atrapado en forma de propiedad de parte de una empresa que se ha
desplomado su valor? Al fin y al cabo, el capitalista atrapado en este juego no
ha perdido su dinero puesto que tiene la propiedad privada de las acciones que
ha comprado. Ahora bien, si antes liberaba el dinero con la compra-venta para
reinvertirlo en el siguiente ciclo de compra-venta, ahora debe conformarse con
la propiedad con la esperanza lejana de que un día vuelva a repuntar o
liberarlo a costa de asumir las pérdidas. Si antes nadie le puso ”una pistola en el pecho” para comprar
esas acciones a sobreprecio, ahora nadie le va a poner “una pistola en el pecho” para venderlas a "bajoprecio". Por tanto,
usando la ideología pro-capitalista, el
mercado ha puesto a cada uno en su sitio, ha seleccionado a los
propietarios anteriores como los buenos inversores que han vencido en su
estrategia de liberar su dinero y de poder reinvertir con el doble de fuerza cuando
han caído al 50% las cotizaciones. Este paso del flujo económico de unas manos
a otras y que avanza en sentido de la concentración de la propiedad en menos
manos es el capitalismo. Cuando el
mercado no tiene grandes convulsiones este flujo simplemente es más lento,
cuando hay convulsiones hay algunos que son expulsados (como en un juego de
póker.) Quedan los mejores jugadores. Y en las llamadas “crisis” salen del juego
muchos jugadores y, en cambio, otros se consolidan con mayor poder capitalista.
Luego, ¿a qué viene a formar tanto escándalo porque algunos capitalistas se
arruinen? Cuando se arruinan algunos capitalistas, el capitalismo como sistema
sale más reforzado porque el mecanismo de selección ha funcionado. No hay
crisis, el capitalismo las produce mecánicamente en su lógica del mercado. ¡El
capitalismo es así, que se cumplan las reglas del juego, y que los que han sido
expulsados del juego que se pongan a sembrar tomates! Ahora que
algunas entidades financieras se han desplomado vemos cómo distintos estados intervienen
para recapitalizarlos con dinero público. ¿Por qué? ¿Acaso los especuladores
capitalistas cuando sacaban plusvalías compartían su negocio con el resto de la
sociedad? ¿Por qué ahora se tiene que recapitalizar con dinero público empresas
que tienen pérdidas si la selección del mercado las ha pulverizado? ¿No se han
pulverizado empresas de los países del Este porque no eran competitivas en las
reglas de juego capitalistas? ¿Por qué intervenir para salvar a ineptos e
ineficaces capitalistas, empresas poderosas que fueron incapaces de ser máquinas
que producían beneficios? ¡El capitalismo es así, que se cumplan las reglas del
juego! ¿O vais ahora a hablar de cambiarlo? Ahora se habla de refundar el sistema financiero internacional.
Pero no se trata de ningún cambio en el sistema, ¡faltaría más!, sino un simple
cambio de panorama porque, ciertamente, el sistema capitalista tiene algunos
males en sí mismo y que se ponen de relieve en ciertos momentos, y aunque no
solamente, unos de esos momentos son los
momentos de crisis. Hasta
ahora, considerando la lógica de la compra-venta de valores, no habíamos
hallado mayor mal que la selección
entre capitalistas. Pero hay más, ¡cómo si no!, cuando hay un desplome general
no sólo se acaba con los malos jugadores capitalistas sino que se acaba la
confianza que tienen los buenos jugadores capitalistas para la reinversión en
un nuevo ciclo de compra-venta, ya que no hay lugar en dónde poner el capital
que tenga perspectivas de sacar plusvalías a corto plazo. Resulta ahora que el
clima es malo para estos buenos jugadores que deciden dejar el dinero “calentito” antes de arriesgarse:
¡Pobrecitos! Mientras el dinero esté parado está libre aunque ocioso y no
genera plusvalías, es decir que consideran que “palman” ya que no ganan. Y, por
otro lado, las empresas que todavía no tienen problemas económicos derivados de
la crisis empiezan a hacer todo aquello que hubiera parecido inmoral hacer en
tiempo de bonanza: los despidos, la regularización de empleo –en realidad
desregularización del empleo o regularización del desempleo-. Sí, los gerentes
de muchas empresas al unísono aprovechan que “pintan en bastos” para deshacerse de gran parte de la plantilla,
de tal modo que lo que empieza siendo una crisis
financiera de capitalistas se deriva en crisis económica que se deriva en crisis social. ¿Y quién es el responsable de todo esto? El
mecanismo capitalista que conlleva algunas ventajas para algunos pero males
para la mayoría ¿o no? El origen
de la crisis nos vienen repitiendo que se debe a los impagos por endeudamiento
de los ciudadanos que han comprado vivienda en Estados Unidos. Esto ha hecho
caer poderosas empresas financieras. En España, desde hace años venimos viendo
cómo “el sector del ladrillo” ha
venido siendo “el motor de la economía” con
lo que ha habido un efecto llamada de un gran volumen de capitales que tenían
la esperanza de sacar pingües plusvalías. La inflación de los precios de los
inmuebles ha venido incrementándose a ritmos desproporcionados, poco le ha
importado a esta banda de especuladores que haya tenido las consecuencias que estamos viendo, con tal de conseguir sus
beneficios. Lo
que se necesitaban es más compradores a los que engañar, y si hay más
compradores pues… ¡más madera; esto es la
guerra! Se trataba de hacer creer a los compradores que siempre se gana mucho
dinero comprando una vivienda y que, por muy mal que vaya, nunca caería el precio
sino que, a lo peor, se mantendría. Claro que se duda cuando algo puede
hacernos perder, pero no dudamos si nos garantizan que no va a haber minusvalías.
¡Cuántos infelices habitamos sobre esta tierra! ¡Cómo nos han engañado! Era muy fácil
escuchar conversaciones donde se jactaban diciendo algo parecido a: yo tengo un piso que vale 60 millones y cuando
lo compré fue por 33. Hoy en día pocos compradores ya dicen mi piso vale
tal o cual. Y es que un piso, en principio, vale
para vivir. Si no tienes más que uno, que es donde vives, como es mi caso, no
vale tal o cual dinero porque si lo vendes te quedas sin casa. Y si compras una
tienes que pagar el precio elevado porque si tu casa vale cual la otra vale pascual.
Confieso que me dio miedo –en medio de la vorágine de precios- vender mi casa y
comprar otra cuando los precios estaban subiendo. Particularmente era
partidario de que los pisos bajasen, incluido el mío, porque quería comprar uno
más grande. Esto que puede parecer raro después de todo lo que pasaba, sin
embargo para mí se fundaba en el sentido común, hacía un razonamiento semejante
a éste: si mi actual casa vale 1000 en un momento dado y quiero venderla para
comprarme una el doble de grande que vale 2000, he de pagar 1000 para poder comprarla
y vivir en esta nueva casa. Si suben los precios al doble mi casa vale 2000 ¡qué
bien! Pero la casa nueva 4000 con lo que si quiero vivir en ella debo pagar
2000 ¡Justo el doble que antes! Ahora bien, si bajan los precios a la mitad, mi
casa sólo vale 500 ¡qué mal! Pero la otra sólo 1000, con lo que sólo pagaría
500 ¡Justo la mitad que antes y cuatro veces menos que si suben al doble! Luego
si tenemos una sola casa para vivir y queremos vivir en una mejor, por tanto más
cara, deberíamos estar interesados en que las viviendas bajen de precio, no que
suban. Si tenemos una casa para vivir y no queremos vivir en una mejor, nos es
indiferente que suban o bajen, viviremos tranquilamente en nuestra casa
mientras fuera ya puede haber la tormenta de precios que haya. Sólo para
aquellos que dispongan de más de una casa para poder proceder especulativamente
podrían estar interesados en que los precios suban. Pero lo cierto es que
parece que los grandes capitales han abandonado “el negocio del ladrillo”, son los “propietarios anteriores”, los “nuevos
propietarios” son los que se quedan empantanados con una casa sobrepreciada.
Los capitalistas “que no han abandonado
el barco” son los malos capitalistas filtrados y venidos a menos. Desgraciadamente,
los compradores que adquirieron su casa sobrevalorada para vivir en ella creyeron
que ese era el precio que había que pagar y aceptaron comprar a ese
sobreprecio, pero ya lo dicen los apologetas del capitalismo: “el mercado pone a todos en su sitio”, sin
embargo los que compran una casa para vivir no lo hacen especialmente por
negocio y los tiburones ya se ocuparon de hacerlos creer que todo va bien
mientras que abandonaban ordenadamente “el
negocio del ladrillo”. Para colmo, la presión de las hipotecas y la
regulación del empleo se ceban sobre estos perdedores
de la crisis. La
concentración de la propiedad privada en menos manos pasa por un diferencial de
fuerzas ya que las fuerzas son asimétricas. Pero también pasa por un
diferencial en la información privilegiada, la información privilegiada hace
posible que el tiburón se quede hasta el último momento y su antelación permite
preparar el engaño de la última transacción: aquella que ha llegado a la
cotización más alta (todavía en la subida) más allá de la cual sólo hay
precipicio. |
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