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Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. (Karl Marx)

 
¡Échale la culpa a D’Hondt! Imprimir E-Mail
escrito por Pablo M. Fernández Alarcón   

 

Ahora resulta que la culpa del desastre electoral de Izquierda Unida la va a tener Víctor D’Hondt, ese villano totalitario que ha venido la robar la representación al pueblo. Él solito -y un poco la circunscripción provincial- ha robado los escaños que la izquierda merece tras su participación electoral. Vamos a recoger firmas contra él y hasta le hemos puesto una denuncia. Faltaría más…

 

 

Y no se crean, no. No es un chivo expiatorio o -al menos- no es el único: también tenemos a las fuerzas de la naturaleza que mandan tsunamis bipartidistas, a una maldición bíblica llamada “voto útil” y -si hace falta- al mismísimo Zapatero que “rebaña los votos que no le corresponden”, es decir, que son nuestros por designio histórico o vaya usted a saber por qué.

¡La de tonterías que llevamos oyendo sobre el sistema electoral español, sobre el matemático y jurista belga y sobre el “sufragio igual”!

Porque encima no es cierto. No es cierto que D’Hondt diseñara un sistema mayoritario. Más bien lo que hizo D´Hondt fue crear un ponderado sistema proporcional, algo que matizara el sistema mayoritario imperante entonces, un sistema mayoritario que, por otra parte, responde a la doctrina de que el gana gobierna, aunque sea por un voto más que los demás. Cosas de la historia de la democracia…

Es más, parece que el éxito del sistema de D´Hondt fue precisamente el miedo a que los partidos socialistas del XIX ganaran las elecciones, dificultando y moderando así su acceso al gobierno, obligándolos a pactar en un parlamento proporcional. El sistema mayoritario es desde luego discutible, tiene sus ventajas y sus inconvenientes, yo no lo defiendo, pero aceptemos que tampoco es una barbaridad democrática (sobre todo porque suele venir unido al hecho de que los ciudadanos puedan elegir a su gobierno, no como aquí, que se cocina en un parlamento que ya no responde más que ante sus propios pactos e intereses).

Es más, apuesto a que si le preguntamos a un inglés será muy difícil que no nos responda que así se evitan los partidos minoritarios, los clientelismos de intereses de lobby y los extremos políticos. Es verdad que si el inglés es de derechas nos dirá que su sistema ha librado a Inglaterra del comunismo, pero no es menos verdad que si el inglés es de izquierdas nos dirá que ha librado a Inglaterra del fascismo.

Digo todo esto porque la campaña en marcha a favor de la estricta proporcionalidad me recordó de golpe una conversación que hace algunos años tuve con un brillante y extraparlamentario izquierdista inglés -“never mind the ballots…”-, en la que vehemente defendía el sistema electoral mayoritario porque es, en esencia, un culto a la razón, es decir, supone que cualquier idea realmente razonable tendrá el apoyo suficiente para ser defendida al menos por el partido de la oposición.

 

–A veces una verdad empieza siendo absolutamente minoritaria –le respondí.

–Vale, pero mientras se demuestra o no, puede hacerlo fuera del Parlamento. Y así nos evitamos tener que aguantar a cualquier fool con un 3% hablando en Hard Talk.

–¿Por qué el 3%? –pregunté.

–Es sólo una cifra… más o menos la de los que creen que Elvis aún vive…

 

Sigo pensando -pese a mi interlocutor inglés- que es mejor, como propone D´Hondt, un sistema que corrija algo las mayorías, dando representación a otras opciones políticas sin llegar a ese sistema proporcional puro según el cual Rosa Díez tendría 4 escaños.

Tampoco es realmente cierto que el sistema de circunscripciones español –que data al menos de las Cortes de Cádiz- penalice tanto a Izquierda Unida.

Al menos si se cree –como de hecho se cree en todas partes (despreciando la común opinión en contra de Jiménez Losantos, de Rodríguez Ibarra y del 97% de los lectores del Diario EL MUNDO)- que la territorialidad debe verse representada, es decir, que si en un territorio se piensa diferente que en el resto, esa diferencia se ha de reflejar en el parlamento, pese a que su peso en la totalidad del Estado sea necesariamente pequeño.

Así, es verdad que el PNV ha obtenido el triple de escaños que IU con un tercio de sus votos, pero es que sólo se presentaba por tres circunscripciones.

Y esa es una gran diferencia... al menos desde el punto de vista de mi interlocutor inglés, ya que mientras el PNV ha obtenido en ellas más del 27%, IU ha obtenido un resultado homogéneo en todas ellas, hasta alcanzar una media del 3,8%, es decir, más o menos el mismo porcentaje de los que creen que Elvis aún vive…

¿Sería diferente si la circunscripción fuera autonómica? No mucho, la verdad, aunque siempre se puede encontrar un criterio electoral que mejore tus resultados ¿Deberíamos acabar con el carácter territorial de la representación? Pues habría que empezar por modificar los propios estatutos de IU que priman –como es obvio- la territorialidad en la elección del Consejo Político Federal. ¿O más bien deberíamos centrarnos en la esencia del problema, es decir, en que Izquierda Unida ha obtenido un porcentaje patético de los votos emitidos?

Se nos dirá que con este sistema se pierden muchos votos, que los restos se tiran a la basura, etc. Vale, pues tampoco me parece tan mal… Si los restos se tiran a la basura todos los votos son importantes en general pero ninguno lo es en particular, al menos no lo suficiente como para que se puedan comprar -como ocurriría de otra manera-. Además los restos son iguales para todos los partidos. El problema –insisto- viene cuando sólo tienes “restos”…

Por no hablar del “voto útil”, algo así como reconocer que votar a Izquierda Unida se ha convertido en algo bastante inútil. Cosa que, al menos electoralmente, no es del todo cierta… De hecho fue por mor del “voto útil” por lo que el PCE pactó el Decreto Ley del 77, germen fundamental de nuestro sistema electoral. Lo hizo desde luego hizo pensando en el “voto útil”, es decir, en quedarse con todos los votos a la izquierda del PSOE, un ámbito electoral –especialmente en el 77- mucho más complejo de lo que el sistema electoral reflejó. Y además le fue bien. De hecho, son ya varias las veces que yo mismo he votado a Izquierda Unida por estrictas razones de “voto útil”, pues había otras opciones –más minoritarias- que en realidad me representaban más.

Y es que lo del voto inútil y el espacio a la izquierda del PSOE es quizá el aspecto más sangrante de este asunto. Pues parece ser que en España hay entre un diez y un veinte por ciento de personas que se sitúan políticamente a la izquierda del PSOE. Incluso, planteados ciertos temas, hay porcentajes mayores. Esto supone que si Izquierda Unida hiciera propuestas coherentes y atractivas, tuviera una actividad política relevante e integradora e hiciera un discurso electoral inteligente podría llegar a obtener –pongamos- al menos un 15% de esos sufragios. Esto supone, grosso modo, unos 50 escaños. Es decir, que en España no se podría gobernar sin el concurso de la izquierda. Y entonces el sistema electoral no sería una antigualla totalitaria sino una conquista a defender por los demócratas…

Y desde luego que habría que defenderlo, porque si IU consiguiera un 15% no sólo el sistema electoral correría verdadero peligro. De hecho Anguita consiguió un diez y medio en el 96 –hasta un 13,6 en unas europeas- y casi le cuesta la vida. Es probablemente cierto, como decía hace poco Pascual Serrano, que Izquierda Unida no pueda conseguir ser nunca en nuestra democracia una alternativa de gobierno, pero no es menos cierto que respecto a eso lo de menos es el sistema electoral.

Pues si hablamos en serio, que la izquierda sólo pueda legitimar el sistema en las democracias bendecidas por la OTAN y el FMI no es una cuestión electoral. El bipartidismo (entendido como que sólo haya dos partidos con posibilidades reales de alcanzar el poder) no es un tsunami, es el mar. Es el mismo error que el del primo de Rajoy: confundir climatología con meteorología. Las razones que impiden que la izquierda pueda gobernar son mucho más poderosas que un sistema electoral. En este sentido, el sistema electoral actual podría ser, en efecto, un magnífico aliado para una izquierda que tuviera algo de fuerza.

De hecho, si hablamos en serio, resulta tan falso decir que el problema es el sistema electoral como echarle la culpa a Soria del bipartidismo, por ser la –única- circunscripción donde sólo se reparten dos diputados.

Sobre todo cuando has obtenido no ese posible 15% sino un 3,8% de los votos, es decir, -aventuro- menos porcentaje que el de personas que creen que en Marte hay hombrecillos verdes.

Puede que haya un momento para que la izquierda proteste por la farsa de la democracia electoral tutelada por Maastricht, Breton Woods, Davos, Bilderberg y –sobre todo- esas Azores en cuya foto se intercambian sucesivamente las caras para justificar una guerra que es, cada vez más, una sola y continua, cada año más global y cada argumento más descarada… pero ese momento no es cuando se obtiene un porcentaje menor –aventuro, esta vez de forma patriótica- que el de personas que creen que la Virgen Nuestra Señora se trajo a hombros desde Jerusalén a Zaragoza un pilar… En fin, se puede pedir el cambio de sistema electoral, pero hay que elegir el momento con un poco de dignidad.

Porque al final es la propia Izquierda Unida, con estas películas de tsunamis y liberticidas belgas de hace dos siglos, quién nos da una idea del problema. Especialmente cuando nos apunta pistas de lo que va a ser su actividad política en la magra oposición que le toca hacer: la de no pactar con ningún partido que no se comprometa a cambiar la ley electoral. Es decir, nada importa la educación, la sanidad o el empleo… nada comparado con lo fundamental: conseguir grupo parlamentario y cambiar la ley electoral.

¿Para qué? ¿Para conseguir los 13 escaños que en estricta proporcionalidad nos darían ese 3,8%? Y si el porcentaje sigue bajando ¿pediremos unos cuantos escaños “por cualidad”, como los que en su día tuvieron la Iglesia o la Universidad de Oxford? Por qué no. Al fin y al cabo somos “la izquierda esencial” y tenemos que tener grupo parlamentario aunque sea por designación real.

 

En fin, ya se sabe que las excusas son como las nalgas, todo el mundo tiene más de una. Podemos echarle la culpa al tsunami, a D’Hondt, a las Cortes de Cádiz o incluso a Soria. Tal vez todo ello nos ayude a no pensar qué se está haciendo en Izquierda Unida para obtener un porcentaje electoral similar al de los que creen que hay cocodrilos en el Guadalquivir.

 

Se me acaban las alegorías. Así que paso ya al motivo de este artículo, que no es otro que el de hacer mi contribución al “debate”, adelantando un “malo” para la próxima contienda electoral… Un nuevo chivo, más negro y más cornudo, el máximo del robo electoral, conocido en la ley como “El umbral”.

Al tiempo...

 

 
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