Índice de contenidos

Inicio
SiteMap
¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯
Actualidad
***Actualidad
Filosofía Política
***Luces de la Historia
***Debate Político
***Política viva
__________
las palabras y los días
artículos anteriores
__________
Envíanos un correo

Menú de Apoyo

Descargas
***Textos Clásicos
***Documentos raros
¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯
Tablón y convocatorias
__________
Enlaces
Búsqueda
Inicio arrow artículos anteriores arrow Debate Político arrow los sexos de la política

Destacamos

Es prudente no fiarse por entero de quienes nos han engañado una vez. (Descartes)

 
los sexos de la política Imprimir E-Mail
escrito por José Javier Torija Rodríguez   

Si la Política la entendiéramos como el ejercicio de poder de un gobierno, una de sus más antigua divisiones la encontramos hacia el siglo V AC con Herodoto como Monarquía, Oligarquía y Poliarquía que corresponden respectivamente al gobierno de uno, de unos pocos, o el gobierno de los muchos.

 

 

Sin embargo, las formas políticas de gobierno no se han alternado en la Historia, si por esta negativa entendemos que sólo una de ellas ha sido la norma histórica: la Monarquía, el gobierno de uno. E incluso en la primera mitad del siglo XX proliferaba por Europa los fascismos en los que el pueblo se identificaba con su Führer, su Duce o su Caudillo, gobiernos totalitarios basados en el gobierno de un solo líder carismático, que pueden interpretarse, en ese sentido, como nuevas formas de Monarquía.

 

¿Y cómo es que los hombres se han dejado gobernar por uno solo cuando en la mayoría de los casos han sido gobiernos crueles y represivos para con ellos? En el origen de la dominación está la violencia, pues no hay esclavos, ni siervos, ni súbditos si la relación de sometimiento no está fundamentada en última instancia, ni nacida, en la violencia. Pero no basta con decir que la sumisión nace de la violencia si la relación no puede sostenerse indefinidamente por ésta. ¿Entonces, cuál es la razón por la que el todo se subordina al uno con la ausencia aparente de la violencia?

 

Si la relación de dominación política ha de mantenerse sin violencia, ésta debe mirarse en el espejo de la Religión, pues en la Religión es que los hombres se someten a la divinidad y perpetúan esta relación por propia voluntad, sin necesidad de violencia alguna. Es cierto que la imposición de una religión en un determinado lugar se hizo originariamente con violencia, violencia con la que se destruyeron las creencias anteriores, pero se mantiene en tiempos de paz religiosa con el beneplácito de todos.

 

Podemos recordar lo que nos dice Homero por boca de Ulises en La Ilíada: “El gobierno de varios no es bueno, tengamos un solo amo, un solo rey; aquel a quien el hijo de Cronos ha otorgado el cetro y las leyes tutelares”. De modo que, el rey, quien en principio es un hombre entre los hombres, por el designio divino se transforma en el que debe regir los destinos de todos. Su poder terrenal (civil), representado por el cetro, le viene del más allá, del mismo modo que las leyes (de origen celeste y que al no ser convenida entre los hombres no pueden ser cambiadas). Con la sacralización del rey se opera una transformación ontológica: el rey no es un hombre entre los hombres, sino el hombre a quien apunta el dedo de Dios[1] para gobernar a los hombres. La identificación primaria de la Monarquía con lo sagrado no es particular de Occidente: si tomamos como ejemplo al emperador en el confucianismo chino, éste es Tien-Tzu (el hijo del Cielo). Ya ni siquiera tiene el linaje humano sino que está emparentado con la divinidad. La identificación sagrada de los reyes se da por todo el planeta y durante toda la Historia.

 

De este modo, en teoría política, allá donde el rey es el soberano –es decir que tiene el poder de decisión- la sumisión es absoluta, por eso en las monarquías absolutas europeas de la época barroca el monarca absoluto no está sujeto a leyes escritas sino sólo a la ley natural o ley divina.

 

La identificación de la realeza con lo sagrado frente a los súbditos identificados con lo mundano se basa en la alianza entre el poder político y el poder religioso. Sin embargo, el rey no es sagrado sin la intervención de la Religión, por tanto deberá procurar la extensión de la fe cristiana (en el caso occidental) y perseguir a infieles y herejes, y a cambio tendrá la bendición eclesiástica consumándose su derecho a gobernarlos a todos. El rey debe saber en todo momento que está en el trono legitimado por la Iglesia, pues si, llegado el momento, este rey no cumple con los intereses del papado, éste puede ser deslegitimado, así pasó con el último rey Merovingio de Francia Childerico III, quien fue destronado a favor de Pipino, el breve, previa bendición de la Iglesia. ¡Claro, que a cambio Pipino hizo posible que el Papa (Estéban II) fuese algo más que un guía espiritual al frente de los nuevos Estados Pontificios! El mismo Tomás de Aquino hablaba de regicidio cuando el rey no era un verdadero rey, aunque –eso sí- estaba prohibido que un rey legítimo fuera derrocado por sus súbditos. ¡Menuda Ontología! Uno es un tirano que se hace pasar por rey –luego hombre entre los hombres- o es un verdadero rey, dependiendo si coincidía o no con el interés de la Iglesia.

 

Esta unión entre la Iglesia y el Reino se mantuvo así hasta la Revolución Francesa. A partir de aquí las cosas ya no van a ser como antes. La RF no se contentará con el cambio de forma de gobierno: cuando el rey Luís XVI ya ha abdicado y la república francesa ha sido proclamada en agosto de 1792, el rey es pasado por la guillotina en enero de 1793. Y no era necesario para la perpetuación de nueva república su decapitación, pues ya estaba derrocado: se le corta la cabeza al rey, y con ello se pretende dar un paso sin retorno. Cortando la cabeza al rey se corta el lazo con Dios, es el hombre el que debe ejercer ahora su autonomía, nunca más debe gobernar el soberano, no más designio divino, la soberanía ha de residir en el pueblo, es el pueblo el que debe elegir a sus gobernantes, quien puede legitimarlos o deslegitimarlos, ponerlos o quitarlos. Con la RF se rompe con la teocracia, con el derecho divino, se separa la Iglesia del Estado, se recupera el poder del pueblo, suena de nuevo el poder del senado romano de la república romana. Se instaura la democracia representativa, el estado de derecho, el lema es igualdad, solidaridad y libertad, ahora priman los intereses generales, la voluntad general, vienen los pactos y el gobierno de los muchos: la Poliarquía.

 

Ahora el Estado avanza hacia el laicismo, pero esto no significa la desaparición de la Religión del espacio público, ni mucho menos. Una cosa es matar al rey y otra muy distinta es matar a Dios. Los ateos son las primeras víctimas intestinas de la RF, son guillotinados, la RF también guillotina a sus hijos. El Estado ya no tiene una religión oficial, lo que no implica ni que se persiga a la Religión ni que se la ignore, simplemente se abre el camino hacia la libertad religiosa allá donde sólo podía proliferar una, su papel en la política no es ninguno sino simplemente distinto y su forma de influencia no es nula sino indirecta.

 

La Ilustración, en un torrente de optimismo, restituye el poder a la razón, se impone la razón práctica, es con razones como se debe convencer al otro: la democracia. Desde entonces, y entre “idas y venidas”, los países occidentales se han ido convirtiendo a este nuevo credo político que se autoproclama como “democracia”. Al fin y al cabo si en este nuevo credo se da paso a la palabra, las palabras son las que importan. Evidentemente, la palabra-estrella es “democracia”.

 

Por eso a veces se dice: “las democracias occidentales”, o “éste es un país democrático”, o “en los antiguos países del Este no había democracia”, y enunciados de ese estilo, pues el término democracia adquiere un status mítico al relacionársele con la estructuración política devenida de la separación de los tres poderes y la separación de Iglesia y Estado, es decir su origen en la RF. Cualquier uso de esa palabra confiere al discurso de un poder añadido, comenzar una frase al estilo de: “nosotros, los demócratas,…” –formulismo muy usado por los políticos- ya tiene prácticamente legitimado el discurso que le sigue.

 

Con la RF, la burguesía consiguió, por un lado arrebatar el poder político a los nobles y abolir la Monarquía, y por otro lado instaurar un nuevo régimen que le permitió controlar el poder político con un sistema electoral de sufragio universal –a pesar de ser inferior numéricamente a la clase baja-. El resultado en votos de unas elecciones generales se traduce (proporcionalmente o no, según el modelo electoral) en la composición de la Cámara del Congreso[2]. De este modo quien controle la Cámara controla el poder político, el control se obtiene por el número de congresistas y por tanto son los grupos y no las personas quienes pueden tenerlo. Los grupos se consolidan en asociaciones estables que persiguen intereses comunes de grupo: los partidos políticos. Éstos (tal y como hoy los conocemos) terminaron siendo decisivos para este control político de la burguesía. Los partidos políticos pretenden pugnar democráticamente –esto es, electoralmente- para obtener el poder político. De manera que los partidos han de someterse al sufragio universal para obtener “el respaldo popular” y acceder al poder.

 

El nuevo régimen opera como un sistema político nuevo, pero subordinado, como si fuese la cara política del Sistema. Para el Sistema la estructura política no es sino una estructura más dentro de éste, y en cuyo núcleo está alojada la estructura económica, que predomina sobre las demás, algo que no debemos perder de vista siempre que hablemos del nuevo régimen como el escaparate político del “Sistema”.

 

Éste, el Sistema, permite –a nivel político-  que el nuevo régimen ofrezca al electorado la libertad de elegir entre los distintos partidos políticos, y éstos, obrando de forma independiente entre sí, tratan de ofrecer programas electorales que seduzcan al electorado y que les permita ganar cuota de poder en la Cámara. Pero debido a que hay diversidad en la oferta de partidos políticos hacia el electorado, el análisis político procedente del Cuarto Poder viene a poner orden y concierto. La prima racionalización habla de una división cognoscitiva, creando dos categorías discursivas: “la izquierda” y “la derecha”. Estas categorías pretenden englobar en dos tendencias políticas a los distintos partidos en función de los objetivos que persiguen respecto del Estado, a saber, la derecha conserva (es conservadora) y la izquierda hace progresar (es progresista). De este modo, el electorado es aleccionado por el análisis político reduccionista y empieza a distinguir entre unos partidos y otros (si son de “derechas” o de “izquierdas”), allí donde –en principio- había multiplicidad. El modelo de las tendencias políticas se corresponde y se transforma en el modelo de la línea, éste consiste en una línea imaginaria con un “centro” que divide en dos semirrectas y distingue a los partidos que pertenecen a las dos categorías. El modelo es muy útil pues permite reducir la posición política de un partido a una posición dentro de la línea imaginaria.

Image

Si se me permite la analogía, de la misma manera que los seres vivos afinan su estrategia de supervivencia y evolución generando los sexos y separándolos en individuos morfológicamente diferenciados (dioicos), en la Política se generan dos sexos, la izquierda y la derecha, performando a cada partido político con un sexo separado, pero en este caso para supervivencia de la estructura (del Sistema) y la involución o invarianza (el Sistema debe permanecer a salvo y no debe cambiar). Los partidos políticos particulares pueden generarse, desaparecer, transformarse, pero la estructura binaria de izquierda y derecha permanece como inherente al sistema político[3]. El Sistema produce el dimorfismo político y con éste la apariencia de pluralidad, pero en realidad este dimorfismo discursivo y su alternancia en el poder político no es una auténtica alteridad ni diferencia sino identidad, el Sistema se reproduce a sí mismo y con un discurso plural (“puesto en juego” por los distintos interlocutores validados por él) responde a un discurso unitario que se autoperpetúa a la vez que genera la ilusión de diversidad.

 

Y el lenguaje del discurso no es neutral. Toda división epistemológica está comprometida con una determinada metafísica, pues todo modelo de conocimiento de ciertos objetos está comprometido con la existencia de estos objetos. Así pues, lo que empieza siendo el empleo inocente de un conocimiento sobre el ámbito político (distinción entre qué es la derecha y qué es la izquierda), está comprometiéndose –de antemano- con una determinada visión política, pues quien fuerza la división cognoscitiva (teórica) de izquierda y derecha está apuntando a que esa izquierda y derecha de las que habla son reales y que coinciden necesariamente con la interpretación cognoscitiva. La división, que primariamente es epistemológica, se troca en una división ontológica. Hay un desplazamiento de realidad de lo puramente cognoscitivo al orden de lo real, socialmente hablando. Y he aquí que el análisis político dominante debe cumplir dos tareas (que abordamos): la de servir para expulsar toda crítica profunda del Sistema y la de servir para garantizar una composición del poder político que sea funcional para el Sistema.

 

En la primera tarea, hay una violencia ontológica que fuerza a que la izquierda teórica sea para todos “la izquierda” (aquella que el Sistema permite, aquella que postula progresos o cambios en elementos no estructurales), y la extrema izquierda sea para todos lo que el Sistema entiende como “anti-sistema” (aquella que quiere cambiar el sistema, pero añadiendo subliminalmente que es violenta, que trae el caos,…). Insisto, como el lenguaje no es neutral, el Sistema presenta a través de sus intermediarios a determinados partidos como “anti-sistema” y a determinados otros como “extrema derecha” o “extrema izquierda”, y esta presentación no “cae en saco roto” porque el hombre ingenuo aborrece los extremos. Y lo aborrece porque en su sabiduría popular reza la máxima siguiente: “Todos los extremos son malos”, que no es sino una vulgarización perversa de la prudencia aristotélica que entiende la virtud como término medio entre dos extremos considerados como vicios. A la que hay que añadir la infundada afirmación: “Todos los extremos se tocan”. Con lo que para evitar distinguirlos se les funde en lo mismo. Se desprende de esta sabiduría popular que el medio es lo bueno, bien izquierda o derecha, pero en cualquier caso que no sea extrema, por tanto es bueno la moderación política, ser moderado y no-extremista. Aquel que no concuerde que es buena la moderación es que es un loco exaltado, un fanático.

 

Esto no quiere decir que la cosmovisión política ofrecida por el nuevo régimen, que está propagada por los Medios de Comunicación y que acaba extendida en toda la sociedad (ya que entiende que no hay nada que deba “salirse del juego político”) sea la única cosmovisión posible. Una alternativa, entre muchas, podría ser la siguiente: aquella en que las tendencias políticas estarían definidas por las que postulan el cambio o las que postulan la conservación del Sistema. En tal caso, la posición en el dibujo de esta nueva línea pondría en la izquierda a ciertos planteamientos calificados en el esquema dominante como “anti-sistema”, pues son críticas con el Capitalismo, y en la derecha a los partidos pro-sistema. ¿Qué podría entenderse en este nuevo esquema por medio y extremo? Desde luego, el hombre ingenuo actual sería un extremista: al optar por “la moderación política” del esquema anterior opta por la conservación del Sistema, luego sería extremadamente “moderado” por preferir la conservación al cambio de las cosas.

 

En cuanto a la segunda tarea –la de lograr la funcionalidad para el sistema de la composición del poder político- hay que decir lo siguiente: el análisis político dominante trata de influir en los resultados, como un factor más que allane el camino de la gobernabilidad a los partidos hegemónicos, aunque en “las reglas del juego” electoral ya está en parte adelantado el resultado de composición del Congreso. La tipología de las leyes electorales, en cuanto a la traducción de votos en congresistas, podemos resumirlas en tres casos: tipo 1- proporcional, tipo 2 – por ganador en la circunscripción electoral y tipo 3 – mixto.

 

Israel es un ejemplo de Estado donde se aplican leyes electorales del tipo 1. El Parlamento está compuesto por diputados de cada partido político en un número proporcional al número de votos que han obtenido en todo el Estado. Cada diputado de un partido político determinado ha sido elegido con un número semejante de votos a los de los diputados de los demás partidos políticos representados en la Cámara.

 

Suele ocurrir que el partido más votado no obtenga –ni con mucho- la mayoría de la Cámara, y la estructura de los Parlamentos con este tipo de leyes electorales sea muy fragmentada. Debido a la particularidad de este tipo de ley electoral, los partidos-bisagra que dan posibilidad a la formación de gobierno son de ámbito estatal, y al poseer el mismo sexo (signo) político rivalizan con su socio mayoritario por el mismo electorado. Por eso, el juego de las alianzas es complicado a la hora de negociar entre los partidos interesados, pero suelen darse los gobiernos de coalición. Por ejemplo en Estados con este tipo de leyes suelen darse expresiones así: “La coalición de centro-derecha ha ganado las elecciones….”, “La coalición de izquierda que engloba a socialistas y comunistas ha sido severamente derrotada en estas elecciones…” o similares. Estos pactos de coalición son frágiles y se vertebran en torno al partido mayoritario (de “derecha” o de “izquierda”) y –salvo casos poco frecuentes- todos los partidos que los suscriben tienen el mismo sexo (signo) político. La lucha de intereses partidistas dentro de la coalición hace, en muchos casos, difícil su estabilidad.

 

En resumen, es cierto que la funcionalidad del gobierno, desde el punto de vista del ganador partido mayoritario que tiene la tarea de gobernar, se ve mermada por estas situaciones de debilidad por verse necesitado de pactos con otros y no poder gobernar en solitario. Sin embargo, esto no supone ningún perjuicio para el Sistema. Al fin y al cabo todos los partidos con posibilidades apoyan el Sistema, y en caso de una nueva convocatoria de elecciones por ingobernabilidad puede que cambie el número de diputados de cada partido, éstos lucharán por obtener mayor cuota de poder pero no cuestionarán al propio Sistema. Luego, más de lo mismo.

 

Estados Unidos y el Reino Unido pueden ser dos de los ejemplos de Estado en donde se aplican leyes electorales del tipo 2. Para empezar con diferencias respecto del tipo anterior, aquí el Estado se divide en circunscripciones electorales (que coinciden con ciertas entidades administrativas). El Parlamento se compone de los diputados electos en cada una de ellas. Los diputados que salen elegidos en cada circunscripción son del partido político más votado en ésta. De tal modo que, aunque en una determinada circunscripción haya un “empate técnico”[4], un simple “puñado” de votos puede “bascular” la situación haciendo que el partido más votado se lleve todos los diputados y los demás partidos ninguno.

 

A nivel práctico, los votantes suelen concentrar sus votos en aquellos partidos políticos, bien de “izquierdas” o bien de “derechas”, que tengan posibilidades prácticas de obtener la mayoría. En consecuencia, a nivel estatal, el Parlamento se fragmenta en dos grupos que corresponden a los dos partidos mayoritarios, uno de “izquierda” y otro de “derecha”. Es de notar que, si por alguna causa extraña, en alguna circunscripción sale como ganador otro partido distinto a los dos mayoritarios, éste no tiene ninguna posibilidad de intervenir en el gobierno ya que este reparto no-lineal de los diputados apenas deja posibilidades a la aparición de partidos-bisagra.

 

Como resumen, este tipo de ley está planificada para que exista el binarismo político. Lo que supone la reducción máxima que puede hacerse de una pluralidad sin caer descaradamente en el partido único. La supresión de la pluralidad hace que muchas capas de la población no se sienta representada y no acuda a votar o vaya a votar con el poco entusiasmo de votar al candidato que no es el que quiere que no gane. Lo que implica que en donde existe este tipo de ley electoral, la abstención es alta. El Sistema queda satisfecho pues por un lado la población tolera el binarismo y por el otro la alternancia funcional de los dos partidos mayoritarios supone una continuidad del Sistema, sin posible discusión.

 

España es un ejemplo de Estado donde se aplican leyes electorales del tipo 3. Igual que en los Estados en donde se aplican el tipo 2, el Estado está divido en circunscripciones electorales, y a cada una de éstas le corresponde un número determinado de diputados. Pero se diferencian en que los diputados elegidos por circunscripción de un determinado partido son proporcionales al número de votos obtenidos y, a diferencia del tipo 1, las circunscripciones no tienen un número proporcional de diputados respecto del censo electoral (población).

 

A nivel práctico, aunque menos pronunciado que en el tipo 2, los votantes concentran el voto en “el voto útil”, que es votar por el partido de “derecha” o “izquierda”, según su preferencia, que tenga más posibilidades prácticas de obtener al menos la mayoría simple. Esto ocurre en las circunscripciones con menos diputados, pues los partidos minoritarios tienen pocas posibilidades de obtener ni uno solo. Sin embargo, en aquellas circunscripciones con más diputados existen más posibilidades de estos partidos minoritarios de obtener algún diputado, y todo esto con un coste mayor de votos por diputado que para los partidos mayoritarios.

 

Como consecuencia de todo esto, la composición parlamentaria puede permitir dos tipos de gobierno:

1- Cuando el partido mayoritario (bien de “derecha”, bien de “izquierda”) tiene la mayoría absoluta, suficiente para gobernar en solitario sin problemas de pactos, y en este caso se da un gobierno unipartidista como en el caso de leyes de tipo 2.

2- Cuando no hay mayoría absoluta del partido más votado, éste se ve forzado a gobernar buscando pactos con los partidos-bisagra. En este caso, los partidos-bisagra no son de ámbito estatal sino regional (partidos nacionalistas).

 

Imaginemos por un momento un caso hipotético de Estado con leyes del tipo 1 y pudiésemos escamotear a los votantes que tras las elecciones vamos también a aplicar leyes del tipo 3 (de este modo nos aseguramos que los votantes votan engañados respecto de cómo se empleará su voto) El mismo evento electoral daría lugar a dos Parlamentos compuestos de forma diferente según apliquemos una ley electoral u otra. Al aplicar las leyes del tipo 3 tendríamos las siguientes variaciones: Aumento importante de los partidos mayoritarios de la “izquierda” y de la “derecha” de ámbito estatal, una importantísima reducción de los diputados de partidos minoritarios de cualquier sexo (signo) político de ámbito estatal y una espectacular emergencia de partidos nacionalistas que apenas si habrían obtenido representación aplicando la ley del tipo 1. Es fácil advertir, a la inversa, el porqué es muy difícil cambiar de ley electoral del tipo 3 al tipo 1: En un Parlamento resultante de leyes electorales del tipo 3 los partidos mayoritarios de ámbito estatal tendrían que aprobar unas leyes que recortarían su propia cuota de poder, lo cual es harto difícil, tendrían que aprobarlas en contra de los partidos nacionalistas (sus socios para gobernar cuando no tienen mayorías absolutas) que quedarían “barridos” del Parlamento. Y todo esto para beneficiar la presencia de partidos minoritarios de ámbito estatal, que además rivalizarían con ellos respecto de sus propio electorado, que estarían obligados a ir en coalición con ellos cuando formaran gobierno, y que su electorado pueda cambiar su voto porque ellos pueden “hacerlo mejor” y con la posibilidad añadida de quedar relegados a ser minoritarios. Existen tantos intereses de los partidos políticos beneficiados por esta ley que parece muy improbable que se cambien las leyes electorales en España hacia las de tipo 1.

 

Max Weber ya nos advertía de la nueva primacía de la esfera económica sobre la esfera política, el Sistema, cuyo núcleo es económico, si es que no nos hemos olvidado, ha sido capaz de convertir la Política en una mercadería. Este es un golpe de ingenio que debería contarse entre los inventos más notables de la Historia. Mediante el lanzamiento al Mercado de dos clases de productos (de “izquierda” y de “derecha”) provocan en el ciudadano la ficción de la diferencia, por tanto de la pluralidad, por tanto de la libertad política y de hacerle “entrar en el juego” convirtiéndole en consumidor de la política, de convertirle en votante.

 

Como los partidos que tienen posibilidades de obtener el poder político se reducen a dos, que además son los que están encumbrados por los Medios de Comunicación con beneplácito del poder económico, resulta que el Sistema se autorreproduce, y ya pueden haber las leyes electorales del tipo que sean, porque a través del sistema binario (que es resultante en todas las elecciones) “todo permanece atado y bien atado”, el Sistema continúa porque el poder político deja intactas las bases económicas. Para mayor ironía el Sistema se legitima porque la población acude a votar y “quien ha ganado hoy ha sido la democracia” ¿no es lo que nos dicen ganadores y vencidos en cada evento electoral? Se trata de que vayan con obediencia a votar satisfaciendo "el deber de todo buen ciudadano". Gana la democracia, gana el ciudadano, pero quien gana realmente es el Sistema, que se autoperpetúa.

 

Se puede contraargumentar que si hay una alternativa contra el Sistema, que se presente a las elecciones como un partido más. Pero es un argumento falaz:

- Primero porque para ser admitido en el club de los partidos que pueden presentarse a las elecciones sus objetivos han de ser “democráticos”, según el lenguaje del Sistema, es decir que no pongan en cuestión al sistema representativo, y todavía menos al Sistema mismo.

- Segundo, que al ser un partido enemigo del Sistema tendría que sobreponerse a la denostación de todos los Medios de Comunicación quienes están al servicio del poder económico, por tanto del Sistema.

- Tercero, que en caso extraño de que obtuviera la mayoría simple, no se le permitiría gobernar, ya sea porque estaría siempre a punto de volver a ser ilegalizado por ir contra el Sistema, bien porque habría una coalición de todos los demás partidos vetando el gobierno, en este sentido podemos recordar el caso italiano durante la guerra fría, el PCI nunca pudo acceder al gobierno porque lo impidió el Pentapartido (coalición de los demás partidos, incluido el Partido Socialista)

- Cuarto, que en el caso todavía más extraño de que obtuviera una mayoría absoluta, tampoco se le permitiría gobernar. ¿Cómo? Hay varias formas, puede usarse “el modo argelino”: cuando los primeros avances del recuento de votos da al FIS (Frente Islámico de Salvación) el 80% de los votos, el Sistema empieza a mostrar su oscura identidad, cuando el ejército interrumpe “la fiesta de la democracia” y ahí se acaba la voluntad popular. Cuando años más tarde, con los dirigentes del FIS encarcelados, el FIS ilegalizado, ya pueden hacerse nuevas elecciones con partidos domésticos. También puede usarse “el modo chileno”: Salvador Allende habiendo ganado en las urnas no “tocó” el sistema político del nuevo régimen, pero “tocó” “lo intocable”: el sistema económico (nacionalización –entre otras- de los recursos estratégicos del país que proporcionaban divisas), con lo que Pinochet tuvo la bendición de hacer “una santa cruzada contra el comunismo”. Si se nos contraargumentara de que han existido casos en que ha habido un cambio de sistema político por las urnas, como el caso alemán, diríamos que el ascenso al poder de Hitler a través de las urnas supuso el cambio de sistema político, es cierto, con la abolición de la democracia representativa de la República de Weimar por un régimen nacionalsocialista de partido único, en el que el poder está concentrado en un solo hombre (el ideal monárquico). Pero hay que mencionar que se hizo en alianza con poderosos magnates alemanes que permitieron que una bárbara plebe se estableciera en el trono político a cambio de “comerse el mundo”. Puede objetarse que los nazis vandalizaran el poder económico de muchos capitalistas alemanes, algunos porque eran de origen judío, otros porque no colaboraron con el nuevo orden. Casi todos colaboraron. Pero, sobre todo, no abolieron la Propiedad Privada como tal, simplemente la propiedad cambió de manos, de unos capitalistas a otros ¿no ocurre esto en las crisis bursátiles? Unos se arruinan y otros se hacen con las propiedades de los primeros, cambio de propiedad simplemente, el juego del Capitalismo, poco importa si limpio o sucio, depende de los tiempos que corran.

 

Ya estamos advertidos, en este sentido también, por Max Weber que nos ha declarado quién es el que tiene el monopolio de la violencia. Ahora, que alguien trate de abolir la Propiedad Privada y díganme qué sucede a continuación. Comprobarán hasta donde puede llegar el terrorismo de Estado. Esto, sencillamente, no se “toca”.

 

Concluyendo, el espíritu de la Constitución Republicana de 1793 dice que el fin de la sociedad es la felicidad común. Sin embargo, el nuevo régimen tiene dos caras, como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, una visible y otra oculta. De la RF surge un nuevo discurso visible, democrático, plural, de las libertades, pero con una finalidad oculta: la legitimación de la dominación.

 

El nuevo régimen tiene su propio discurso autolegitimador. Si en todo lenguaje las palabras son significantes que apuntan a significados, el lenguaje en política modifica la relación primaria entre significante y significado que acaba por no ser neutral, ya que detrás de las palabras hay un interés implícito que ha terminado por desplazarlas a ciertos otros significados, creando una ontología ficticia pero reconocida como verdadera por todos. Cuando se dice que “aquí hay democracia” todos interpretan exactamente eso; que hay democracia, pero el referente real es la democracia representativa, cuando se habla de “soberanía popular” el referente real es el poder de los partidos surgidos de esta democracia indirecta y son, en definitiva, quienes tienen el poder de decisión. La democracia originaria, la clásica, no tiene que ver con este sentido moderno que consiste en un sistema representativo basado en el sufragio universal y en los partidos políticos. Los tres poderes “separados”: el ejecutivo, el legislativo y el judicial son interdependientes en realidad. Son los partidos electos, representados en la cámara, los que legislan. De los partidos electos surgen los gobiernos, el ejecutivo. Y en cuanto al tercer poder, el judicial, éste ha de interpretar las leyes que surgen del legislativo.

 

El esquema derecha-conservadora e izquierda-progresista está usado por el sistema binario como un efecto performativo que genera una sensación en el electorado de diversidad. Las categorías “derecha” e “izquierda” son apropiadas por el sistema, desplazados sus contenidos, e instrumentalizados por el régimen político para su autoconsolidación.

 

La libertad queda atrapada en el discurso. Aquí libertad política no es que un determinado partido pueda estar legalizado o no (permiso de una completa pluralidad, algo que tiene su importancia), o que se pueda expresar, por ejemplo, si queremos que haya rey o no (la libertad de expresión tiene también su importancia). No se trata de eso. Los hombres desde el Neolítico hemos formado sociedades de esclavos, con un poder creciente de dominación, un poder que ha aprendido cómo usar las armas de la persuasión y la seducción para que los propios dominados mantengan la relación de dominación, sin el coste de la violencia continua. Nunca hemos formado sociedades de hombres libres, o si las hemos empezado construir ya se han encargado de aplastarlas por medio de la violencia. Lo que hemos construido podemos destruirlo, para construirlo de nuevo. Aquí libertad política sería cuando la voluntad política esté basada real –y no sólo formalmente- en la soberanía popular, y se tenga la permisividad de cambiar la estructura de la sociedad que ha construido, cuando quisiera.

 

Hay una nueva relación entre verdad y poder. El poder se impone como verdad, y una vez que es asumida como verdad, ésta supone la legitimación del poder, pues el valor de verdad queda ligado a la construcción de modelos de realidad superimpuestos y su consciente legitimación. No importa que cada partido luche por su cuota de poder, sirviendo a sus propios intereses, porque todos los partidos tomados en conjunto sirven al Sistema, quien a su vez les legitima, deslegitimando a los que ponen en cuestión el Sistema llamándolos “anti-sistema” (curiosamente, los partidos legitimados por el sistema que consolidan al sistema no son llamados “partidos del Sistema”, aunque lo sean).

 

¿Qué queda del lema ilustrado? ¿Solidaridad? Absolutamente nada. ¿Igualdad? La Constitución española proclama la igualdad ante la ley, y de manera formal así es, pero nadie cree que se de en la realidad, está completamente extendida la idea de que no tenemos las mismas oportunidades el poderoso que el débil. ¿Libertad? La del comercio, la del saqueo y la explotación, la quinta libertad chomskiana.

 

El sistema representativo declara que es el mejor de los sistemas posibles, se autoadjetiva como “democrático” y se identifica como “la última razón”. ¿Ser la última razón? Pero, en definitiva, ¿no es eso el fundamentalismo? La baza del sistema representativo ha sido adjudicar a los totalitarismos la falta de libertad y de la imposición de una verdad. Si como tal entendemos al totalitarismo, y el sistema representativo es en la práctica un sistema binario que plantea dos partidos, no alternativos, sino complementarios que forman parte de un solo sistema excluyente, de una sola verdad, hay que concluir que el sistema representativo es totalitario.

 

Al comienzo del artículo decíamos que la Monarquía ha sido el modelo de gobierno imperante en la Historia, habíamos dicho un poco más adelante que la RF trajo la Poliarquía, pero al final hemos concluido al Sistema como totalidad. Es decir, lo que trajo la RF no fue en realidad la Poliarquía sino un nuevo modelo de Monarquía donde el poder no está ejercitado por una persona sino por el Sistema mismo.

 



[1] La palabra “Dios” procede del griego, del sustantivo irregular Ζεύς, Διός, que designa al dios Zeus, hijo del dios Cronos.

[2] Según los países, la estructura puede ser bicameral.

[3] Estamos ya bien acostumbrados a ver en los medios de masas gráficos que simbolizan al arco parlamentario o la intención de voto en porciones coloreadas de azul y rojo. La asociación, aparentemente neutral, derecha con el color azul e izquierda con el color rojo refuerza la impresión de diferenciación y, por tanto, refuerza un tipo concreto de pluralidad aparente, el binarismo político. Sin embargo, el binarismo político, entendido como un sistema binario es un tipo de unidad con dos polos, pero unidad al fin y al cabo.

 
[4] Cuando los partidos mayoritarios poseen un número de votos parecidos.

 
 
< Anterior   Siguiente >
Joomla template by DesignForJoomla.com
DesignForJoomla.com provides free Joomla templates, free and commercial Joomla extensions, Joomla tutorials and SEO tips for the Joomla CMS