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El primer paso hacia la filosofía es la incredulidad. (Denis Diderot)

 
STALINGRADO 1942-1943: esplendor y fin del 6º ejército y del fascismo Imprimir E-Mail
escrito por Juan Carlos Sáez Rodríguez   


El 31 de Enero de 2008 se cumplieron 65 años de la capitulación de Friedrich Paulus, coronel general del 6º ejército de la Wehrmacht, ante las tropas soviéticas que lo habían cercado en el sector de Stalingrado.

Terminaba así la agonía del ejército más poderoso del mundo. Continuaba el espanto para sus más de noventa mil supervivientes camino del cautiverio, al tiempo que sonaba la hora del fascismo en Europa.

 

 

 

La operación barbarroja


1- Eclosión y desarrollo del 6º ejército

 

El 6º ejército de la Wehrmatch fue el paradigma del poder nazi. En septiembre de 1939 en Polonia este ejército puso el concepto de blitzkrieg o guerra relámpago en la mente de todo el mundo. En Dunkerke enviaron prácticamente a golpe de remo al cuerpo expedicionario británico. Se le había asignado como vanguardia en la invasión de Inglaterra y fue entrenado a conciencia con ese fin, hasta que la errática política de Hitler lo envió a conquistar Yugoeslavia.

En el verano de 1941 entró en acción en la Unión Soviética arrollando a todas las unidades que se le enfrentaron. Su poderío en cantidad y calidad de combatientes, material, estrategia y experiencia en combate lo habían puesto a la cabeza de los mejores ejércitos del mundo.

La Wehrmacht camino de Stalingrado en el verano de 1942

Con sus perfectos cortes de pelo, sus gafas de sol, sus rostros sonrosados y con la moral y la sonrisa propias del matón de barrio, que busca alfeñiques a los que partir la cara avanzaron a través de las interminables llanuras de la estepa rusa, seguros de sus posibilidades.

No les faltaban razones para sentirse así; después de todo tenían frente a ellos a soldados mal nutridos, peor dirigidos y con la sensación de que todo iba a terminar pronto. Esos soldados sólo esperaban la magnanimidad de los vencedores y que les dieran algo de comer. Pero nada de esto ocurrió. Pronto sabrían lo que significaba caer prisionero de los nazis…

 

2- La atracción de la presa

 

A comienzos de agosto del 41 la Wehrmatch había penetrado profundamente en territorio soviético: estaba a las puertas de Leningrado; Smolensko había caído, así como la mayor parte de Ucrania. Todo hacía presagiar que la campaña iba a ser corta. Sin embargo la realidad era que los ejércitos nazis se habían enfrentado a un Ejército Rojo maltrecho por las purgas*, con una jefatura ineficaz y mal preparado, que a pesar de eso fue capaz de presentar una resistencia tenaz y prolongada.

Además el OKH (cuartel general del ejército) no contó con la enorme provisión de reservas del Ejército Rojo, como escribió el general Halder el 11 de agosto del 1941: “La situación muestra de forma cada vez más clara que hemos subestimado al coloso ruso… Esto se advierte tanto en el nivel operacional como en el económico, en el transporte, y sobre todo, en las divisiones de infantería. Ya hemos identificado 360. Hay que reconocer que las divisiones no están armadas y pertrechadas en el sentido que damos nosotros a estos términos, y desde el punto de vista táctico están mal mandadas. Pero ahí están; y cuando destruimos una docena, los rusos sencillamente crean otra docena”.

Ataque suicida

Así que hubo que hacer un parón, toda vez que los soviéticos lanzaron 37 divisiones contra el flanco del general Guderian, que obligaron a los alemanes a luchar y agotar sus reservas de carburante y munición, a la vez que sus líneas de abastecimiento se habían alargado en extremo. Además los camiones que robaron en Europa occidental se desintegraban en las maltrechas carreteras de la URSS.

A todo esto había que sumar que a fecha 1º de septiembre los alemanes tenían más de 400.000 bajas de los más de 3.780.000 efectivos al comienzo de la campaña.

En suma: el balance era positivo, pero contenía serias dudas con respecto a las afirmaciones triunfalistas del comienzo de la Operación Barbarroja: “Sólo hay que dar una patada a la puerta, y todo el edificio se vendrá abajo” manifestó a sus generales días antes Hitler.

 

* A partir de 1937 Stalin se deshizo de la mayor parte de la oficialidad del ejército, es más: aún en el invierno de 1939-40 la NKVD seguía fusilando comandantes expertos en logística imbuidos quizá por la teórica del mariscal Tujachevski, quien creía que los ejércitos futuros debían aprender de las frustradas campañas estáticas de la Gran Guerra, y que debían ser unidades extremadamente móviles apoyadas por carros y aviación: es decir, en lo que se había convertido la Wehrmatch.

 

3- El 6º Ejército es atraído a la ratonera

 

En junio de 1942 Hitler decide dar otro empujón hacia el este, para lo cual divide sus fuerzas haciendo que el 6º ejército, ya al mando de Paulus, vire hacia el sur en dirección a Stalingrado, la ciudad con el nombre de su rival.

La Plaza Roja antes de la guerra

No era ésta una ciudad estratégicamente importante, ya que el objetivo real era la toma del Cáucaso con sus yacimientos petrolíferos, pero a estas alturas de la guerra Hitler aún no había tomado ninguna ciudad emblemática, y ésta era la ocasión con lo que, con el apoyo de la 4ª división Panzer del general Hoth, se pretendía tomar la ciudad y de paso destruir de un golpe el grueso del ejército soviético.

La estación de ferrocarril antes de su destrucción

Así las cosas, Stalin firma la Orden 227 el 28 de julio de 1942, que pronto tomó el nombre de la frase “ni un paso atrás”, que disponía se tomasen medidas terribles, como la ejecución inmediata de quien fracasara en el cumplimiento de las órdenes. Pero esta orden no pudo impedir que el 62º ejército soviético fuese atrapado a sólo 65 kilómetros de Stalingrado y más de 50.000 soldados fuesen a engrosar los lúgubres campos de prisioneros del Reich.

La ciudad parecía más indefensa que nunca.

El cerco alemán a Stalingrado

Hitler ordenó que exterminaran a los varones que vivían en la ciudad y deportasen a la población femenina para convertirla en mano de obra esclava. Este fue el primero de una larga cadena de errores que cometió el Führer al poner a la población en la certeza de que no cabía rendición alguna, que había que luchar ya que no existía otra alternativa.

El siguiente error fue enviar a la Luftwaffe el 3 de septiembre en un ataque que duró 24 horas y dejó gran parte de la ciudad reducida a escombros.

La Luftwaffe bombardeando el puerto

Se cree que más de 40.000 personas murieron en este ataque. Esto hizo que Stalingrado se convirtiera en una inmensa ratonera, donde los soldados soviéticos pudieron emboscarse en pequeñas partidas y provocar grandes pérdidas de hombres y material, como definió el general Chuikov: “si lo que nos viene encima es una marea, construiremos rompeolas”.

La estatua de los niños y la estación en llamas al fondo

Asimismo ordenó que la distancia del frente fuera tan sólo de cincuenta metros, para desesperación de la Luftwaffe, que no pudo actuar debido a que no tenía forma de distinguir sus fuerzas de las enemigas. Esta decisión constituyó una táctica muy acertada, ya que los ejércitos alemanes estaban preparados para moverse en campo abierto, donde sus rápidas maniobras envolventes les habían dado excelentes resultados, pero no lo estaban para luchar en una escombrera frente a un enemigo que defendía su casa, y donde cada cascote era una emboscada.

Soldados del 64º ejército en acción

Stalingrado se convirtió en el Verdún del este. Los generales alemanes no pudieron imaginar lo que esperaba a sus divisiones en la ciudad arruinada; todos sus teóricos militares sostenían que la guerra de trincheras había sido “una aberración en el arte de la guerra”.

La guerra de las ratas

Gran parte de la lucha consistía no en importantes ataques, sino en pequeños conflictos letales e implacables. En la batalla intervenían por parte soviética escuadrones de asalto, de seis a ocho hombres, la famosa “Academia de lucha callejera de Stalingrado”, armados con cuchillos y espadas para matar calladamente, así como con armas ligeras, granadas de mano y francotiradores sembrando el terror en las filas alemanas.

La Academia de lucha callejera, en acción

La respuesta del 6º ejército consistió en llamar al 336º batallón de zapadores, unidad especializada en lucha antiguerrillera en el ámbito urbano, que ya cosechó su prestigio en la toma de ciudades como Vorónezh. Estos hombres eran duros combatientes que ya habían visto de todo en el curso de la guerra, y fueron enviados al complejo fabril del norte de la ciudad, en concreto a la fábrica Barricada, donde los soldados del coronel Iván Liudnikov se habían atrincherado.

La infantería alemana tras tomar otra vez una fábrica

El comandante del 336º, Josef Linden se presentó en el lugar el 7 de noviembre y lo describió así: “Retorcidos paneles de acero arrugado que colgaban sueltos y los cuales entrechocaban horripilantemente con el viento… una perfecta confusión de trozos de hierro, tubos de cañones, vigas en T, profundos cráteres… sótanos convertidos en puntos fortificados… y sobre todo ello un crescendo perpetuo de ruidos procedentes de cañones y bombas de todos tipos”.

Aspecto de una parte del frente en una fábrica

Al cabo de unos días el famoso batallón 336º había sido aniquilado, y sólo quedaba como superviviente su cocinero. 

El ejército de Chuikov inició otras tácticas de guerra psicológica, como instalar grandes altavoces en los que sonaba día y noche a todo volumen el tic-tac de un reloj acompañado del inquietante mensaje “cada siete segundos muere un soldado alemán en Rusia”. Por las noches los ataques aéreos soviéticos mantenían la tensión, y las tropas alemanas no dormían, ni podían descansar.

Todo esto hizo que el landser alemán sufriera un estrés y miedo desconocidos, como escribió a su familia un soldado del 6º ejército, en una carta interceptada por lo soviéticos “…si sólo pudierais comprender lo que es el terror… al más pequeño roce, aprieto el gatillo y disparo ráfagas de ametralladora…”.

La Wehmacht en las trincheras.

La consecuencia fue que las bajas psicológicas aumentaron, y la moral de la tropa comenzó una caída vertiginosa, hasta el desastre final. Hay que sumar que el frío hizo su aparición en el invierno más crudo de los últimos cincuenta años y sorprendió a los soldados alemanes con ropas inadecuadas. El mando alemán falló una vez más al no tener preparada la indumentaria necesaria.

La Wehrmacht en dificultades

Así el 6º ejército atravesó su calvario, con una desaforada lucha que tuvo lugar calle por calle, entre las fábricas y casas destrozadas a lo largo de la orilla occidental del Volga entre septiembre, octubre y noviembre a un coste aterrador.

 Antiaéreos en acción en la Plaza Roja

4- La trampa se cierra


Desde el comienzo de la operación Barbarroja el 22 de junio de 1941, la Wehrmacht no tuvo demasiados problemas a la hora de cercar y aniquilar numerosos ejércitos soviéticos.

La Wehrmacht controla el Volga

Así, cuando el 6º ejército llegó a las puertas de Stalingrado en el verano del 42, su estado mayor contaba por días el tiempo que les llevaría tomar la ciudad, dando por sentado que el Ejército Rojo carecía de iniciativa y reservas, y que se limitaría poco más que a morir matando. Nada más lejos de la realidad, ya que desde septiembre de 1942 la Stavka estaba planeando una contraofensiva que definiera a su favor la batalla de Stalingrado. Para ello Stalin eligió a dos de sus mejores comandantes, Zhukov y Vasilevski, para que elaboraran un plan a tal efecto. Stalin les preguntó qué haría falta para derrotar a los alemanes y Zhukov respondió que había que conseguir un ejército nuevo, con un cuerpo de carros, tres brigadas blindadas y como mínimo 400 obuses, todo ello respaldado por un ejército de aviación.

Stalin aceptó, y el Ejército Rojo se preparó para la guerra mecanizada por primera vez en su historia. Estos dos militares firmaron el primer plan serio a niveles estratégicos: la Operación Urano.

El cerco soviético

La estrategia consistió en conseguir empantanar a los alemanes en la ciudad y mantenerlos allí, obligándolos a una guerra de desgaste, pero con sólo las tropas y recursos suficientes para mantener viva la defensa.


Entonces, mientras los alemanes se centraban en tomar la ciudad, la Stavka reuniría nuevos ejércitos detrás de las líneas para un gran cerco, utilizando profundas acometidas desde el eje norte-sur, rompiendo las líneas rumanas e italianas, con el fin de aislar al 6º ejército.

La operación Urano

El secreto que acompañó a esta gigantesca operación fue igualmente colosal, como lo demuestra el hecho de que la víspera de la batalla el informe diario del 6º ejército fuera así de breve: “En todo el frente, no hay cambios importantes. El hielo acumulado en el Volga es más débil que ayer”.

Algunos minutos después de las 5 de la madrugada del 19 de noviembre de 1942, en medio de una densa niebla, comenzó el ataque en el frente norte contra las posiciones italianas y rumanas. La situación se hizo confusa para los alemanes que no supieron reaccionar con presteza, y no fue sino hasta diecisiete horas después del inicio de la ofensiva cuando se recibió la orden del capitán general Von Weichs de interrumpir los combates en Stalingrado y trasladar tropas para “cubrir la retaguardia del 6º ejército y de asegurar las líneas de comunicación”. Por supuesto el 62º ejército de Chuikov, también atacó en la ciudad para impedir que los alemanes se retiraran.

Blindado ruso tras el impacto directo de un stuka

Transcurridas más de cuarenta y seis horas los alemanes no se habían percatado todavía de la magnitud del desastre que se les venía encima. Nadie reexaminó las intenciones del enemigo.

Al día siguiente Yeremenko, comandante del frente de Stalingrado, ordenó el ataque en el frente sur contra las fuerzas alemanas, italianas y rumanas.

Finalmente el 21 de noviembre, Paulus reconoció que el Ejército Rojo tenía intención de cercarlos. Los ataques en diagonal noroeste y sueste convergían en Kalach, localidad a 65 km al oeste de Stalingrado, situada sobre el Don, y su puente vital por donde pasaba todo el suministro destinado al sector de Stalingrado. El día 22 de noviembre tropas soviéticas tomaron Kalach; el cerco se materializó en tan sólo tres días.

Las ruinas de Stalingrado

El 6º ejército había caído en la trampa; Stalingrado se convirtió en una suerte de campo de prisioneros armados.

Ahora los soviéticos no les dejarían escapar; la hora de la venganza había llegado.  

 

 
5- Los prisioneros y el daño moral

 

No se habían distinguido los alemanes por el respeto hacia los pueblos sojuzgados por ellos en Europa occidental, pero lo que sucedió en la URRS se aleja de todos los parámetros conocidos hasta esas fechas, a excepción de los tristes episodios de la Guerra de los Treinta Años.

La Wehrmacht invadió la URSS con un patrón diferente a cómo había conquistado los países de occidente. Hitler redactó la orden de los comisarios, en virtud de ésta se ordenaba a todos los comandantes la ejecución inmediata de los comunistas soviéticos. Además la guerra en el este no sólo fue una guerra imperialista, bajo el esquema del lebensraum, sino que se convirtió en una guerra racial donde se sistematizó el exterminio de los judíos soviéticos.

El sufrimiento de los civiles

Instrumentos de esta política fueron los Einsatzgruppen-SS, unidades especializadas en el asesinato masivo de personal civil, ayudados en todo momento por el ejército.

Tras la guerra, los generales alemanes argumentaron que se habían negado a secundar este tipo de acciones, y que en muchos casos fueron elementos incontrolados los que protagonizaron atrocidades contra la población civil, y que se habían preocupado de la suerte de los prisioneros de guerra soviéticos conforme al derecho internacional.

Pero un informe de marzo del 42 sobre el uso de prisioneros soviéticos para la economía de guerra alemana indica que de un total de 3,6 millones de soldados capturados hasta ese momento, sólo apenas 100.000 eran capaces de trabajar, en régimen de esclavitud por supuesto. La mayoría habían sido asesinados.

En noviembre del 41 el mismo Goering comentó jocoso al Conde Ciano que, “el hambre entre los prisioneros rusos ha alcanzado tales extremos que para que anduvieran hacia el interior del país ya no era necesario obligarlos; bastaba con poner en la cabeza de la columna… una cocina de campaña que despida el fragante olor de la comida”.

El ejército era el responsable directo de la custodia de los prisioneros de guerra soviéticos y la crueldad manifiesta con que la Wehrmacht trató a dichos prisioneros reflejó el programa ideológico del siniestro régimen nazi, así como su aceptación.

Del 22 de junio al 19 de julio del 41, el 4º grupo blindado informó de la liquidación de 172 comisarios; hasta el 24 de julio, el 2º ejército afirmó que había masacrado a 177; hasta principios de agosto, el 3º grupo blindado fusiló 170.

El comportamiento criminal de la Wehrmacht está fuera de toda duda cuando en un decreto del 17 de julio de 1941 exponía “La situación especial de la campaña del este, por tanto, exige medidas especiales que deben ejecutarse libres de… influencia burocrática y dispuestos a aceptar la responsabilidad. Aunque hasta ahora las órdenes relativas a los prisioneros de guerra se basaban exclusivamente en consideraciones militares, ahora debe alcanzarse el objetivo político, que es proteger la nación alemana de los invasores bolcheviques y proceder sin demora a imponer disciplina al territorio ocupado”.

La política de exterminio de Hitler encontró eco en prácticamente todos los altos mandos militares. El general Reichenau por poner un ejemplo, aleccionó a sus tropas “el soldado debe comprender la necesidad del castigo severo pero justo de los seres infrahumanos judíos”. El mismísimo mariscal Erich von Manstein, en un alarde de cinismo, se queja en su libro de memorias del trato recibido a los prisioneros alemanes por parte soviética, y añade que “detrás del frente también continúa la lucha… los judíos hacen de intermediarios entre el enemigo en la retaguardia y lo que queda de las fuerzas del ejército rojo y de los líderes rojos. Más que en Europa, es el centro de toda agitación y sublevación”. Hizo ver ante sus tropas “la necesidad de medidas duras contra los judíos”, aunque ante la gente de su confianza admitía tener ancestros judíos.

En su mencionado libro “Victorias frustradas”, de casi 800 páginas no hay ni una sola mención de la “orden de los comisarios”, ni de ninguna atrocidad por parte de la Wehrmacht; sólo descripciones a toro pasado de lo bien que lo hubieran hecho sin las interferencias de Hitler; todo ello en un tono egocéntrico y autocomplaciente, bajo el prisma del mito de la guerra caballeresca del ejército alemán.

Pero nada de caballeresco tuvo lugar en Babi Yar, localidad situada en las afueras de Kiev, donde el Sonderkommando 4 a de las SS, junto con fuerzas nacionalistas ucranianas, exterminó a más de 50.000 judíos y otros ciudadanos soviéticos en una orgía de sangre durante los días 29 y 30 de septiembre de 1941. La responsabilidad del 6º ejército se puso de manifiesto al entregar a las SS cien mil cartuchos para ejecutar esta aktion. El comandante local del ejército, general de división Kurt Eberhard, apoyó incondicionalmente a las SS en esta masacre y en numerosas ocasiones los comandantes ordenaron a las tropas su participación en “acciones especiales” contra la población civil.

Los Einsatzgruppen haciendo lo único que sabían hacer

Los alemanes ejecutaron a más de tres mil civiles durante el curso de la batalla de Stalingrado, y más de sesenta mil fueron transportados al Reich como esclavos. El Sonderkommando 4 a, unido al avance del 6º ejército el 25 de agosto de 1942, interceptó un convoy de varios camiones repletos de niños de entre seis y doce años que eran evacuados de la localidad de Nizhne-Chirskaia, y los masacró.

La naturaleza repetitiva de tales actos indica que la implicación de la Wehrmacht en prácticas de terrorismo, junto con las SS, fue total durante toda la ocupación. “Allá donde estemos no habrá sitio para nadie más” Esta máxima de Hitler define a la perfección el eje de su política criminal.

 

 

 

6- El cazador cazado.

 

El general Paulus reconsideró sus opciones y se decantó por una salida rápida hacia el sudoeste, con el fin de escapar de la bolsa y unirse al grupo de ejércitos B; para ello preparó al 6º ejército y esperó la orden de Hitler. Dado que era un estudioso de la campaña de 1812 seguro que le estremeció la idea de un ejército fragmentado vagando por la estepa; sería un final napoleónico, como le había sucedido a la Grande Armée. Pero la orden del Führer fue la de permanecer firme pese a la amenaza de “cerco temporal”. También se le ordenó que asumiera el mando de todas las tropas del general Hoth al sur de Stalingrado y de los restos del VI cuerpo de ejército rumano. Había que “mantener las líneas férreas abiertas cuanto sea posible”.

Hitler consultó con el entonces jefe del estado mayor de la Luftwaffe, general Jeschonnek sobre la posibilidad de un aprovisionamiento aéreo, quien le indicó que sería posible sobre una base temporal. Goering al saber lo que quería el Führer se dispuso a aprovechar su oportunidad, toda vez que el momento político por el que atravesaba no era el mejor de su miserable carrera, y rápidamente prometió a Hitler que la Luftwaffe mantendría al 6º ejército. Esta irresponsable afirmación la formuló después de una reunión con sus oficiales de transporte, a quienes se les dijo que eran necesarias 500 toneladas diarias, cuando las estimaciones del 6º ejército eran de 700 toneladas. Éstos le replicaron que unas 350 toneladas eran lo máximo que podían, y por un período corto. No se mencionó la previsión de mal tiempo, ni el equipo deteriorado, ni las actividades del Ejército Rojo.

Hitler envió una orden a Paulus el 24 de noviembre, por la que se definía al perímetro del “kessel” (el caldero) “Fortaleza Stalingrado”, y le ordenaba esperar abastecimiento por aire. El término “fortaleza” equivalía a defender el sitio hasta el último hombre. Los soldados temían esta orden, ya que les exponía a una muerte casi segura, al carecer de autorización para capitular. El Führer tenía la convicción de que si la Wehrmacht abandonaba Stalingrado, ya nunca tendría ocasión de volver.

De cualquier manera la inmensa mayoría del 6º ejército no deseaba salir de sus búnkeres y exponerse a un ataque al descubierto, ya que creían en las promesas de un gran contraataque que los rescatara. Muy efectivo resultó el final de la orden del día del 27 de noviembre: “¡Resistamos! ¡El Führer nos sacará!”. La garantía de Hitler era, para ellos, una promesa que nunca se rompería.

A pesar de todo, la opinión de Paulus era que había que darse prisa por salir del kessel ya que, como cablegrafió a Hitler el 23 de noviembre de 1942: “… escasean las municiones y el combustible… No es posible un oportuno y adecuado avituallamiento… Debo sin dilación retirar todas las divisiones de Stalingrado y más tarde unas fuerzas considerables desde el perímetro norte… En vista de la situación, pido que me conceda completa libertad de acción.” Ni que decir tiene que el Führer tenía otros planes.

Entretanto, en círculos militares alemanes, se había fijado la idea de que la culpa de todo la tenían las divisiones rumanas que no resistieron la ofensiva. Ante esta acusación el general Steflea, jefe del estado mayor del ejército rumano, tuvo agrias palabras en una conferencia especialmente tensa con militares alemanes en Rostov: “Han sido desatendidas todas las indicaciones que durante semanas he ido transmitiendo a las autoridades alemanas… Sólo han quedado tres batallones de las cuatro Divisiones del 4º ejército rumano… El cuartel general alemán no ha tenido en cuenta nuestros requerimientos. Y ésta ha sido la causa de que hayan sido destruidos dos Ejércitos rumanos”.

Dichas indicaciones habían consistido en avisar reiteradamente al OKH de la carencia de unidades blindadas y del deficiente armamento de la infantería, que haría su defensa inútil en caso de ataque masivo soviético, como se demostró.

Hitler y el dictador rumano Antonescu se reunieron para intentar apaciguar los ánimos; ambos se sentían unidos por el mismo destino y no podían prescindir uno del otro, pero siguió el resquemor en los dos aliados que se despreciaban y toleraban al mismo tiempo. Por vez primera los nazis empezaban a ponerse nerviosos.

Mientras tanto en toda la Unión Soviética se anunciaba triunfalmente la victoria del Ejército Rojo, y el pueblo soviético se enteraba por primera vez del cerco de Stalingrado. La noticia de tan magno acontecimiento cayó como un bálsamo en el malparado consciente colectivo de la gente, y entregó la iniciativa al Ejército Rojo, que comenzaba una nueva era en la que sus comandantes se sentían cada vez más seguros de sus acciones, más arrojados e imaginativos; sobre todo después de haber encadenado tanto desastre. Lo más importante es que a partir de ahora se veían capaces de derrotar a la Wehrmacht.

Cartel de propaganda soviético

Ante el anuncio al mundo de la noticia de la victoria soviética Hitler se vio en la necesidad de dar algún tipo de explicación, y emitió un comunicado en el que se decía que los rusos habían abierto una brecha al noroeste y sur del 6º ejército, sin mencionar el cerco, debido a “un irresponsable despliegue ruso de hombres y material”.

La vaguedad a la hora de exponer este inquietante hecho dispuso a la población en general a la incertidumbre y el miedo.

 

7- El kessel.

 

El Kessel medía unos cuarenta y cinco kilómetros de largo por treinta y cinco de ancho, y la Stavka aún no se había percatado de la cantidad real de tropas que tenían rodeadas, pues estimaba que habrían unos 86.000 soldados, pero lo cierto es que, incluidas tropas aliadas y hiwis (voluntarios prisioneros que servían para los peores trabajos), eran cerca de 290.000.

La vida en la bolsa pronto comenzó a ser más dura aún. A la aparición de los piojos y la disentería había que sumar el hecho de que las reservas alimenticias se acababan. El oficial jefe de intendencia del 6º ejército declaró el 7 de diciembre: “Las raciones reducidas entre un tercio y la mitad de modo que el ejército pueda aguantar hasta el 18 de diciembre. La falta de forraje significa que el grueso de los caballos tendrán que ser sacrificados hacia mediados de enero”.

Por otra parte se aseguraba a la tropa que la Luftwaffe lo arreglaría, y que un gran ejército dirigido por Von Manstein vendría a rescatarlos. A muchos les dijeron que en Navidad estarían de permiso en casa, como a un soldado de la 376º división de infantería que escribió a su familia: “Desde el 22 de noviembre estamos rodeados. Lo peor ha pasado. Esperamos estar fuera del Kessel para Navidad… Una vez que haya terminado la batalla del cerco, entonces la guerra con Rusia habrá acabado”.

Sin embargo los oficiales de la Luftwaffe no se sentían tan optimistas. Sabían que eran necesarios 300 vuelos al día para abastecer a los cercados, y eso sencillamente era imposible. La aviación del Ejército Rojo se había fortalecido y representaba ya un peligro máximo para cualquier pesado avión de carga; a esto debía añadirse el fuerte fuego antiaéreo alrededor del Kessel y, por supuesto, el clima. Había días en que la visibilidad era cero y la temperatura tan baja que, a veces, ni prendiendo hogueras bajo los motores de los aviones podían encenderlos. Los mecánicos tenían que trabajar bajo unas condiciones climáticas tan extremas que el mantenimiento se convertía en una tortura, con el consiguiente descenso en la seguridad de los vuelos. Para terminar de agravar las cosas el aeródromo de Pitomnik se convirtió en el blanco de la aviación soviética, que sólo en los días 10, 11 y 12 de diciembre efectuó cuarenta y dos ataques.

Pese a todo, el nivel de disciplina y orden en la bolsa llegó a ser notable. En la red de carreteras había policía militar que dirigía el tráfico, y señales que indicaban la ruta a los diversos cuarteles y dependencias. La organización de víveres y carburantes, que se hacían llegar a todo el Kessel era efectiva. Los hospitales funcionaban relativamente bien, a pesar de las 1500 bajas diarias. Los 200 heridos al día se evacuaban vía aérea estrechamente vigilados, para evitar a los que fingían estarlo escapar del cerco.

Pero el 9 de diciembre, dos soldados se desplomaron repentinamente: eran las primeras víctimas del hambre. Los servicios médicos iniciaron una investigación al comprobar un número creciente de soldados que morían súbitamente “sin haber recibido una herida o sin sufrir de una enfermedad diagnosticable”. Según un patólogo a cargo de la investigación “las presuntas causas incluían frío, agotamiento y sobre todo una enfermedad no identificada”. Pero ninguno de los casi 600 médicos en el kessel se aventuró a mencionar la inanición. Las bajas siguieron aumentando a buen ritmo hasta que ya fue tan evidente que el general doctor Otto Renoldi, describió el hundimiento de la salud de los soldados en el kessel como “un experimento a gran escala de los efectos del hambre”. El doctor Girgensohn, patólogo del 6º ejército, llegó al convencimiento de que una combinación de cansancio, tensión y frío desequilibró el metabolismo de la mayoría de los soldados. Esto significaba que aunque comieran algo sus organismos sólo podían absorber una pequeña fracción produciendo una desnutrición grave, que fue la puerta abierta para un conjunto de enfermedades infecciosas como hepatitis, disentería, tuberculosis y tifus.

Si esto era así en las filas alemanas hay que espantarse ante el destino de los 3.500 prisioneros soviéticos en los campos de Voroponovo y Gumrak, pues éstos no figuraban en las raciones, además los habían abandonado a la intemperie con lo que las bajas diarias fueron tremendas. Pero no se hizo nada por aliviar su situación, aun cuando recurrieron al canibalismo, porque eso significaba “quitar el alimento a los soldados alemanes”.

La mañana siguiente a la Navidad de 1942 el termómetro se desplomó a 35 grados bajo cero, lo que no impidió que se libraran sangrientos combates en medio de la ventisca.

La Wehrmacht también lucha contra la ventisca

En la ciudad de Stalingrado los restos de las diezmadas divisiones malvivían refugiados en sótanos y búnkeres a cubierto, tanto de los bombardeos como del frío; habían sido reducidos a un ejército de trogloditas, tal como describe Vasili Grossman “allá se sentaban como salvajes peludos en cuevas de la edad de piedra, devorando carne de caballo entre el humo y la penumbra, entre las ruinas de la bella ciudad que habían destruido”.

La Plaza Roja tras el bombardeo aéreo

La imagen de aquel ejército dinámico y orgulloso de tan sólo unos meses atrás quedaba definitivamente borrada para siempre.

El principio del fin se adivinaba entre la miseria de ese ejército de sombras harapientas.

 

8- Fin del 6º ejército.

 

 

El 10 de enero de 1943 comenzó la “operación anillo”, nombre dado por la Stavka al aplastamiento final del kessel.

La operación anillo

Las divisiones alemanas, muy debilitadas y con pocas municiones, no tenían ninguna oportunidad frente a los ataques masivos de los ejércitos soviéticos, apoyados por la aviación. Con todo, la resistencia del 6º ejército, considerando su debilidad física y material, fue sorprendente. El frente del Don perdió 26.000 hombres y más de la mitad de sus carros durante los tres primeros días, pero los comandantes soviéticos hicieron pocos esfuerzos por reducir las bajas al hacer avanzar sus tropas en línea extendida por la blanca estepa.

La falta de combustible hizo que la retirada alemana fuera dramática. Los heridos inválidos se helaban sin más a la intemperie. Los soldados que llegaban a Pitomnik “con las caras color azul negruzco” pudieron presenciar tremendas escenas, como describió un oficial: “El aeródromo era un caos: montones de cadáveres abandonados que los hombres habían sacado de los búnkeres y tiendas que albergaban a los heridos; los ataques rusos; los bombardeos; los aviones de carga Junkers aterrizando…” Todos querían subir a un avión cuando aterrizaba, en un intento de abordarlo. La carga era desalojada o saqueada en busca de alimentos. Los más débiles eran atropellados. La Feldgendarmerie (policía militar) abría fuego indiscriminadamente… El testimonio de un artillero de la 44ª división de infantería no puede ser más explícito: “Aquí reinaba la mayor miseria que he visto en mi vida. Un inacabable quejido de los heridos y moribundos, muchos de los cuales no habían recibido ningún alimento durante días. No se daba más comida a los heridos. Las vituallas estaban reservadas para los combatientes.” 

Pitomnik o la desolación.

Finalmente, el 16 de enero el aeródromo de Pitomnik fue abandonado, y todo el mundo que pudo hubo de recorrer los 13 kilómetros que les separaban de Gumrak, el segundo aeródromo, en condiciones más que penosas. Un oficial de la Luftwaffe informó: “Denso tráfico en un solo sentido formado por soldados en retirada que parecen unos verdaderos vagabundos. Sus pies y manos están envueltos en jirones de mantas. Hasta donde alcanza la vista, yacen soldados aplastados por tanques, heridos gimiendo inútilmente, cadáveres congelados, vehículos abandonados por falta de combustible, cañones y diversos equipos destrozados”.

Los que desfallecían se desplomaban para no levantarse más y aquellos que necesitaban ropa desnudaban rápidamente a los cadáveres, ya que cuando un cuerpo se congelaba, era imposible desvestirlo.

La caída de Gumrak el 22 de enero hizo que más de cien mil alemanes se hacinaran en las ruinas de Stalingrado, donde Paulus estableció su cuartel general en los grandes almacenes Univermag. Allí colgando de un balcón de la entrada principal ondeó la esvástica como el último baluarte de la ocupación.

El último baluarte

El 30 de enero el discurso por la celebración del 10º aniversario de la ascensión de Hitler al poder fue pronunciado por Goebbels, que dedicó una sola frase a Stalingrado: “La lucha heroica de nuestros soldados en el Volga debería ser una exhortación a que todos hagan lo máximo en la lucha por la libertad de Alemania y el futuro de nuestra nación, y en un sentido más amplio por la preservación de toda Europa”. Esto era en toda regla la primera aceptación de que, a partir de ese momento, la Wehrmacht debía luchar para evitar la derrota.

No disparéis

Al día siguiente Hitler anunció el ascenso de Paulus a gran mariscal de campo. Se adivinaba una invitación al suicidio, ya que no había en los anales del ejército alemán ningún mariscal que hubiese sido prisionero de un ejército enemigo. Éste al enterarse confesó al general Pfeffer: “No tengo intención de pegarme un tiro por este cabo bohemio”.

Ese mismo día, el 64º ejército del general Shumilov, que había asegurado todo el centro de Stalingrado, se plantó frente a la entrada de los almacenes Univermag, y conminó la rendición al estado mayor del 6º ejército. La Wehrmatch había arrojado todo lo que tenía contra los ejércitos soviéticos, y éstos resistieron.

Paulus y el general Schmidt prisioneros

El día 2 de febrero un avión de reconocimiento de la Luftwaffe radió un escueto mensaje a su base: “Ya no hay signos de combate en Stalingrado.

 Vista aérea de Stalingrado tras los combates

Había llegado la hora de hacer balance. La Luftwaffe estimó que perdió casi 500 aviones y más de 1.000 miembros de tripulaciones sólo durante el puente aéreo; la 9ª división antiaérea fue destruida, por no hablar de las incontables pérdidas de bombarderos, cazas y personal de tierra de la 4ª flota durante toda la campaña. En total la Wehrmacht perdió alrededor de 400.000 hombres. Los italianos más de 130.000 de su ejército de 200.000. Los húngaros cerca de 120.000 y los rumanos más de 200.000 hombres en la batalla más catastrófica de la guerra. Por lo que se refiere a los soviéticos las cifras son más estimativas, ya que nunca han declarado oficialmente sus bajas durante la guerra, pero se calcula que ascienden a más de 750.000 entre muertos, heridos y desaparecidos en combate.

 

El 3 de febrero de 1943 la radio alemana emitió el siguiente comunicado: “El supremo comando de la Wehrmacht anuncia que la batalla de Stalingrado ha terminado. Leal a su juramento de fidelidad, el 6º ejército bajo el ejemplar mando del mariscal de campo Paulus ha sido aniquilado por la abrumadora superioridad del enemigo… El sacrificio del 6º ejército no ha sido vano. Como baluarte de nuestra misión histórica europea, ha soportado el ataque de seis ejércitos soviéticos… Han muerto para que Alemania pueda vivir”. No hubo referencia alguna al anuncio hecho por los soviéticos de los más de 91.000 prisioneros.

La reacción del régimen no se hizo esperar. Goebbels declaró la “guerra total” en un multitudinario mitin en Berlín el 18 de febrero, tras lo cual se fijó un programa que exigió la movilización masiva, el fin de todas las actividades deportivas, el cierre de restaurantes, tiendas de lujo, joyerías e incluso de las revistas de moda, aunque Goering se las arregló para que el lujoso restaurante Horcher, su preferido, fuera eximido de la prohibición, como “club de oficiales de la Luftwaffe”.

La gente en Alemania iba comprendiendo que no era ningún disparate pensar que los rusos se vengarían, y se hizo popular el lema “disfrute de la guerra, la paz será mucho peor”.

 

 

9- Los prisioneros.

 

 

La suerte de los prisioneros fue diversa, ya que los altos oficiales de la Wehrmacht fueron bien tratados, en general. Paulus y su estado mayor fueron trasladados a las afueras de Moscú y alojados en un campo, donde pudieron disponer de relativa facilidad de movimientos dentro del perímetro, y fueron alimentados decentemente. Algunos generales, como Seydlitz, Lattmann y Korfes todavía durante la guerra, aceptaron trabajar en un llamado “comité antifascista” creado por comunistas alemanes, como Walter Ulbricht, Wilhelm Pieck y Erich Weinert, quienes fueron algunos de los primeros dirigentes de la República Democrática Alemana. Varios de estos generales formaron parte de la Volkspolizei de la DDR. Incluso el general Arno von Lenski fue nombrado miembro del Politburó. Entre la tropa muchos se preguntaban cómo era posible que hubiera tantos comunistas en la Wehrmatch.

Prisioneros de la Wehrmacht

Paulus volvió a aparecer en 1946 durante los juicios de Nüremberg como testigo de cargo contra algunos dirigentes nazis y vivió en la URSS hasta que fue repatriado en 1952. Los soviéticos le concedieron permiso para residir en Dresde, y consiguió trabajo como inspector de policía.

Por lo que se refiere al resto de la tropa el trato recibido no fue el mismo.

Largas filas de prisioneros alemanes

Más de 1.200 prisioneros alemanes fueron puestos a trabajar en la reconstrucción de Stalingrado, hasta que murieron de tifus. Otros muchos fueron asesinados por sus escoltas de muy variadas formas en sus largos peregrinajes a lejanos campos de concentración, sin apenas comida, ni atención médica. Se cree que murieron alrededor de 45.000 sólo en estos trayectos hacia los campos de prisioneros en Siberia.

Prisioneros del 6º ejército tras la rendición

No es difícil imaginar el trato recibido en estos establecimientos, y no deja de resultar impactante el diferente trato dispensado a los altos oficiales y al resto de la tropa.

A partir de mayo de 1943 los soviéticos mejoraron las condiciones de vida de los cautivos, y tras la guerra empezó el goteo de prisioneros repatriados a Alemania. Alrededor de 3.000 soldados que participaron en Stalingrado fueron liberados desde 1945.

Al fin, el canciller Konrad Adenauer en 1955 consiguió sacar de la URSS a los últimos prisioneros, en el primer viaje de un canciller alemán a Moscú, con el fin de establecer relaciones diplomáticas. En la conferencia de prensa celebrada el 14 de septiembre leyó: “El gobierno soviético declara que ya no existen prisioneros de guerra alemanes, sino 9.626 criminales de guerra convictos. Todos abandonarán la Unión Soviética en un próximo futuro…”

De estos “9.626 criminales de guerra convictos”, como los definieron los soviéticos, apenas 2.000 fueron combatientes en Stalingrado. 

 

  

 

10- La Resistencia y derrota militar del fascismo.

 

 

Los frentes de batalla no fueron los únicos sitios donde se combatió, y no sólo en los países que estaban siendo invadidos. En los ocupados también operó lo que se ha conocido como la Resistencia, nombre genérico para incluir todo tipo de organizaciones que tomaron parte en la lucha contra el fascismo, ya fueran comunistas, socialistas, anarquistas, o algunos de los servicios secretos de los países aliados, por ejemplo el caso de la creación de la más efectiva red de espionaje del Ejército Rojo en la Europa ocupada conocida como “La orquesta roja”, constituida por varios cientos de personas repartidas por toda Europa, que desempeñaron un importante papel en la derrota del III Reich. En cualquier caso el nivel de coraje y heroísmo demostrado por el conjunto de resistentes supera cualquier listón, y hay una interminable lista de ellos que fueron torturados y asesinados de manera infame.

 

El fascismo como ideología pujante en la Europa de los años treinta disponía de una fuerza considerable, con fuerte implantación social que llegó fundamentalmente de la mano con el nacionalismo, adoptando éste una posición contradictoria, pero sin complejos. Como señala Erich Hobsbawm “el fascismo, primero en su forma italiana original y luego en la versión alemana del nacionalsocialismo, inspiró a otras fuerzas antiliberales, las apoyó y dio a la derecha internacional una confianza histórica. En los años treinta parecía la fuerza del futuro”.

 

El caso de Francia es esclarecedor. Toda vez que gana las elecciones el Frente Popular en junio de 1936, muchos medios que alardean de patriotismo se encargan de difundir la célebre frase: “antes Hitler que Blum, de modo que no hay que extrañarse ante el hecho de que una mayoría de franceses, tras el armisticio de junio de 1940, diese su apoyo al gobierno colaboracionista del mariscal Pétain.

Uno cabe preguntarse qué fue del patriotismo antialemán que se gestó a partir de 1870 y continuó en la Gran Guerra, para acabar con el país ocupado y colaborando gustoso con el enemigo; actuando en contra de la propia “conciencia nacional” y de infinidad de ciudadanos furiosos y perplejos, que no terminaron de asimilar esta nueva “entente cordial” con los nazis. Incluso en la actualidad es un tema delicado en la sociedad francesa que sigue generando tensiones en el debate político.

Otro tanto sucedió en Austria, que pasó de ser un país a Ostmark, la nueva provincia del Reich, con la aquiescencia de una mayoría de sus ciudadanos, que también prefirieron a Hitler antes que a ellos mismos.

En otros países ocupados sucedieron hechos aún más espantosos, como en Polonia y el triste episodio del gueto de Varsovia, donde los nazis encerraron y dejaron morir de hambre y enfermedades a la comunidad judía polaca. Posteriormente, estos mismos habitantes deshicieron el mito de que los judíos eran conducidos al matadero mansamente iniciando una sublevación armada. Las SS tuvieron que emplearse a fondo para acabar con esta insurrección matando a la mayoría. Los pocos supervivientes fueron deportados a varios campos de concentración siendo asesinados después.

Supervivientes del gueto de Varsovia son conducidos a la muerte

Y los países bálticos, Ucrania y Bielorrusia, donde los movimientos nacionalistas aliados con las fuerzas de ocupación nazis tomaron parte en la feroz represión contra sus propios conciudadanos (babi yar en Ucrania, o las matanzas masivas en Lituania, Letonia y Estonia).

Unos 270.000 ucranianos habían sido ya reclutados por los nazis de los campos de prisioneros hacia fines de enero de 1942.

El Stadtkommandantur en Stalingrado, según un informe de la NKVD, tenía 800 jóvenes ucranianos armados y uniformados para servir de centinelas y escoltas. Una gran mayoría eran bulbovitsi, nacionalistas de extrema derecha llamados así por Taras Bulba, quienes trataban a sus víctimas con crueldad psicópata. Tras la guerra algunos de estos asesinos consiguieron sobrevivir, y fueron entrevistados por periodistas quienes les preguntaron qué sentían cuando disparaban a mujeres, niños y en general a personas indefensas. Buena parte de ellos respondió que se limitaban a disparar y ver caer a sus víctimas sin más, lo que induce a pensar que esta chusma carecía de conciencia. Esta caterva de individuos es la que desde siempre le ha sobrado a la humanidad, y ha sido utilizada por otros asesinos que nunca formaron parte de ningún pelotón de fusilamiento, pero que idearon y fomentaron las masacres.

La decidida oposición a la tiranía del fascismo alentó a un número creciente de ciudadanos, que consideraron intolerable para sus vidas la imposición de éste, y decidieron jugarse su integridad luchando contra ese monstruo en infinidad de frentes. Desde los territorios ocupados de la Unión Soviética, pasando por el este de Europa, y llegando hasta Francia había resistencia al fascismo.

La opinión pública mundial, que hasta bien entrada la guerra era mayoritariamente proclive a regímenes fascistas, dio un vuelco situando su punto de inflexión en Stalingrado con la derrota del 6º ejército.

Como nos sigue diciendo Hobsbaum considerando el mundo en su conjunto, en 1920 había treinta y cinco o más gobiernos constitucionales y elegidos (según como se califique a algunas repúblicas latinoamericanas), en 1938, diecisiete, y en 1944, aproximadamente una docena. La tendencia mundial era clara”.

 

El sacrificio de los combatientes durante la Segunda Guerra Mundial fue colosal, aunque desde una perspectiva actual si examinamos el rumbo que ha seguido el mundo, parece obvio que la sociedad que se constituyó tras la derrota militar del fascismo dista mucho de la que hubieran deseado estos héroes. El testimonio de uno de ellos, Eduardo Pons Prades, comandante guerrillero del maquis español en Francia, resume a la perfección la sensación de frustración tras tantos años de lucha y sufrimientos: “En uno de nuestros periódicos encuentros, el del 2001, con ex soldados de los cuatro ejércitos aliados –el francés, el norteamericano, el británico y el soviético-, y a la vista de la deriva del mundo desde 1945, con el apuntalamiento de la dictadura franquista, con Washington y el Vaticano al quite, hemos llegado a la conclusión, valga la puntualización, de que en la Segunda Guerra Mundial nosotros defendimos lo Malo contra lo Peor…”

 

Para concluir, considero imprescindible rendir homenaje a la enorme importancia que tuvo la aportación de la lucha de los republicanos españoles en la Europa ocupada por los nazis, y que inexplicablemente nunca ha sido valorada. Porque si hemos de referirnos a los combates que se sucedieron a las puertas de Moscú, Leningrado, Briansk, Stalingrado y tantos otros; a los episodios de la resistencia tras las líneas alemanas, allí estuvieron peleando, y en demasiados casos muriendo, esos españoles olvidados del mundo y de la historia.

A aquellos que estuvieron en la brecha desde los primeros combates en 1936 en España, donde marcaron con su valor y entusiasmo las filas antifascistas; que se dejaron la piel en los infames campos de trabajos forzados en Argelia; que se enfrentaron al fascismo desde Narvik hasta Stalingrado, que liberaron ellos solos la práctica totalidad del sur de Francia; que fueron asesinados en los campos de concentración nazis; los que volvieron, sin apenas medios, para batirse contra el franquismo mi más emocionado recuerdo y admiración.

 

 

 

 

 

 

 

 
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