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Cuando alimento a los pobres me llaman santo. Cuando pregunto por qué los pobres no tienen alimento, me llaman comunista. (monseñor Hélder Cámara, obispo de Olinda y Recife)
 
El cuatrigésimo cuarto presidente blanco de Estados Unidos Imprimir E-Mail
escrito por José Javier Torija Rodríguez   
 
Ya tenemos un nuevo César en este esplendor del Imperio. No hace mucho tiempo, en la república de la libertad se pedía: delenda est Carthago. Hoy, una vez suprimida la Cartago soviética, nuestra república es un imperio que se extiende por los cinco continentes y se suceden los nuevos emperadores. Hoy conocemos al presidente número 44 de los Estados Unidos: un presidente blanco.



No, ya sé que McCain (el blanco) ha perdido las elecciones y que Obama (el negro) las ha ganado. Entonces, ¿me he vuelto loco, raro, extravagante con este título del artículo en que califica a Obama de “blanco”? Por doquier todos coinciden: es “el primer presidente de raza negra de la historia de Estados Unidos”. ¿Acaso quiero decir “blanco” cuando todos claramente vemos negro?



 

Por lo pronto, Obama es tan blanco como negro. Si usamos el término “raza” (proscrito en Alemania), estamos aludiendo a su carga genética. Pero, en genética humana, tanta carga genética es la del padre como de la madre: un teórico 50%. Y resulta que la madre de Obama es blanca, por lo que Obama al menos es tan blanco como negro. Decir que Obama es el primer presidente negro de Estados Unidos” no es más verdadero que decir Obama es el cuatrigésimo cuarto presidente blanco de Estados Unidos”. Por tanto puedo, sin por ello haberme vuelto loco, escribir dicho título.

 

Y, sin embargo, sigo diciendo “blanco” donde todos seguimos viendo negro. ¿Dónde está el embrollo, si es que lo hay? Según lo pienso, el problema está en distinguir que en nuestra manera de conocer las cosas que son hay un acuerdo con la forma en que son conocidas extensivamente por la sociedad entera. Y a esta forma general la consideramos un saber, un saber verdadero, un saber neutral, no precisamente como un saber de nadie en particular sino compartido por todos. ¿Pero, realmente, éste es un saber neutral que dice lo que son las cosas del mundo?

 

Cuando se afirma “todos claramente vemos negro”, esta es una afirmación que está comprometida con una determinada interpretación del mundo. Cuando vemos a Obama lo hacemos a través de nuestros sentidos pero lo identificamos como negro en un posterior proceso mental (ya lejos de los sentidos.) Esta identificación aparentemente ingenua y neutral dista mucho de serlo, a pesar de si tiene la piel más o menos oscura (que nadie va a discutir.) En la identidad hay una elaboración (=construcción) propia –algo que se ha encargado de criticar toda la filosofía postmodernista-, un añadido que ponemos subjetivamente, le percibimos (en un primer momento a través de los sentidos) y lo vemos como negro (en un segundo momento que le otorgamos una manera de ser.) Con lo que podemos afirmar Obama es negro”, pero, ¡un momento!: “ser negro” no es como “ser alto” (perfectamente al verle podríamos haberle visto como alto.) ¿Qué tiene en especial esa propiedad o característica que no es como otras? Pues precisamente eso, “ser negro” … en un mundo donde el ser de las cosas está forzada por la ideología dominante. Y esta ideología dominante extendida tiene posos racistas. No es que sea falso que Obama sea alto sino que carece de significación social, en cambio no es que sea verdadero que Obama sea negro sino que esto no es indiferente y denota una significación social en el marco de la ideología dominante. Cuando Reagan o Bush o Carter o cualquiera de sus precedentes en el cargo ganan las elecciones no interesa incidir en su “ser blanco”, no “choca” en nuestra manera de considerar las cosas. Nadie va a decir George Washington fue el primer presidente blanco de Estados Unidos” simplemente se dice George Washington fue el primer presidente de Estados Unidos”. Y si, por un lado, Obama genéticamente es tan blanco como negro, y, simultáneamente por el otro, es identificado como negro y no como blanco (ni siquiera entra la consideración de su mezcla) es porque esta ideología dominante racista impone que cualquier mezcla deba ser considerada como no-blanco, en este caso: negro. Pues esto es lo extraño del caso, el vencedor de las elecciones siendo realmente un mestizo de blanco y negro, es visto por todos como negro. La ideología dominante racista permite que debatamos si es más o menos negro, podemos incluso hablar de los padres de Obama y decir que su madre es blanca, pero lo que está fuera de discusión es que Obama no es blanco. En este marco es disonante hablar del “ser blanco” de Obama. ¿Cuántos de nosotros, sin ser racistas, nos hemos dejado llevar y admitimos acríticamente que Obama no es un presidente blanco?

 

De modo que la ideología dominante racista supone un compromiso con un determinado orden de visión del mundo: los hombres se clasifican en blancos (que por cierto son superiores y es normal que gobiernen) y otros (que no son blancos.) Es una visión binaria normativa e impuesta. Y en los no-blancos encontramos la subclasificación de los negros, los amarillos y otros colores e incluso los blancos “contaminados” de otras razas. Es decir la ideología dominante racista supone un desplazamiento ontológico, que si es asumido sin darnos cuenta nos encontramos colonizados por ella (alienados si pensamos en términos marxistas.[1])

 

Bien, una vez señalado este engaño interesado del poder, hemos de señalar otro quizás más grave. Aún sabiendo lo anterior, puede en cierto modo decirse que Obama es el primer presidente negro de Estados Unidos”. ¿En qué sentido se puede decir ahora que ya hemos criticado su contenido racial? Obama en esta sociedad de ideología racista es identificado como negro, y esto no se le escapa a nadie, ni siquiera a Obama que se formó, como casi ningún negro o sólo los negros privilegiados, en círculos de saber blancos. El voto inmensamente abrumador de hispanos, asiáticos y afro-americanos a favor de Obama indica la esperanza de que un presidente –que sepa en propias carnes lo que es ser identificado como no-blanco- pueda hacer algo por cambiar la situación de desventaja en estas minorías étnicas. Obama representa la esperanza del cambio, ¿lo es?

 

La sociedad americana es una sociedad que se dice a sí misma que ama las libertades, aunque entre ellas –y sobre todo- ama la libertad de comercio ¡claro está! Estados Unidos es inseparable de Capitalismo. Y el Capitalismo va superando etapas: Por ejemplo la esclavitud con la Guerra de Secesión o la igualdad de derechos hace treinta y pico años con la lucha por los derechos civiles. Ahora sí que se puede decir que “Estados Unidos es el país del KKK, pero eso es ya historia, pues ya tiene un presidente negro –y el mundo un césar negro- del partido demócrata”. Pero no vamos a decir que lo propio del partido demócrata es abogar por las minorías porque el partido republicano ya había puesto a negros en altos puestos visibles del Estado como Condoleeza Rice o Colin Powell. Es decir, la política nacional tiene superadas las posiciones racistas, y, en sentido más amplio, en Estados Unidos no hay un problema racial: ¿acaso no ha llegado un negro a ser presidente? Obama representa que el sueño americano no es un simple sueño, cuando por otras apreciaciones Reagan o Bush junior (esos emperadores de naricilla roja) representan que el sueño americano está al alcance para cualquier individuo con escasas dotes intelectuales y con propensión a la bebida. Estados Unidos es el país de las oportunidades y se comprueba, caso por caso, con el ejemplo del cargo más alto del estado.

 

A Obama no se lo va a cargar nadie como algunos dicen pues Obama vivo representa que Estados Unidos ha roto con su pasado racial del mismo modo que la Alemania ha roto con su pasado racial con sus más de dos millones de turcos. Significa por ello que podemos dejar en paz a los racistas de este país pues deben ser pocos y domesticados, la prueba está en que sale electo un presidente negro y no se lo cargan. Los movimientos organizados racistas pueden contener muchos desbocados, pero sus organizadores y promotores infiltrados en los círculos de poder no son idiotas y pueden pensar algo semejante a esto: “A Martin Luther King nos lo podíamos cargar: sólo había uno, y podíamos admitir que lo mitificaran... a un presidente negro si nos lo cargamos no podremos evitar que lo mitifiquen y por añadidura que venga el siguiente”. Esto ya está pasado, al Capitalismo ya no le interesa el blanco ni el negro, el único color que le interesa es el del dinero. 

 

Pero, claro, una cosa es que Obama gane las elecciones y suponga la creencia extendida de un cambio en el orden del mundo, y otra cosa muy diferente es que Obama propicie el cambio en el orden del mundo. Él mismo dijo: “El cambio ha llegado a Estados Unidos”. Hace 26 años –y parece que fue ayer- en clave nacional Felipe González arrasó en las generales del 82 vendiendo el cambio; salir de la OTAN, federalismo, 800.000 puestos de trabajos, ilusionando y llenando de esperanza a mucha gente en esta provincia del confín del Imperio. Fue un espejismo que poco a poco acabó desvaneciéndose: duras reconversiones que nunca reconvirtieron nada sino que destruyeron una gran parte del tejido industrial, de federalismo ni se habló y todos pudimos ver aquel Felipe frente a nuestro televisor suplicando el “Sí” a la OTAN mientras sus brazos se movían al compás de los hilos. Obama es el nuevo muñeco de guiñol que sale a escena, y si sale a escena es porque sirve al poder. A lo sumo podemos aspirar que tras Calígula venga Claudio y que este nuevo Claudio se parezca más a Carter que al que vino tras él.


[1] Barak Obama derrotó a Hillary Clinton en las primarias demócratas. Los demócratas apostaron por ofrecer al mercado electoral una mercancía de la diferencia: o bien un negro o bien una mujer. Si la Clinton (llamada así por estar casada con Bill y no al contrario) hubiese vencido en las primarias antes y ahora en las presidenciales, ahora mi artículo tendría otro contenido pero no hubiese diferido mucho en su forma. También la ideología dominante posee posos machistas con un similar esquema binario normativo e impuesto, comprometido con un determinado orden de visión del mundo: los hombres se clasifican en superiores varones y mujeres. Aquí también las mezclas son consideradas degradadas e inferiores: transgéneros y transexuales no pueden considerarse sino como varones inauténticos, una vez identificados como tales deben ser expulsados de los círculos de poder.

 
 
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