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El hombre ha nacido libre y por doquiera se encuentra sujeto con cadenas. (J. J. Rosseau)

 
VIETNAM: la guerra olvidada Imprimir E-Mail
escrito por Juan Carlos Sáez Rodríguez   

El 30 de abril de 1975 el mundo pudo presenciar la evacuación de la embajada de Estados Unidos en Vietnam del Sur. A través de la televisión se evidenció que el imperialismo había perdido otra batalla, y apenas tenía tiempo de hacer las maletas. El Ejército Popular de Vietnam del Norte estaba ultimando la toma de Saigón, así que no hubo más remedio que irse con lo puesto y salir con helicópteros. La enésima guerra en Vietnam había terminado, aunque esta vez tampoco sería la última…





Impresiones retrospectivas.

 

 

Uno de los más impactantes recuerdos de mi infancia, cuando la tele era en blanco y negro, fue ver en el telediario la noticia que se repetía todos los días: la guerra del Vietnam. Eran casi siempre imágenes impresionantes de tiroteos, “aviones supersónicos” arrojando bombas, despliegues de helicópteros y soldados en pleno combate; traslado de heridos y cadáveres abandonados. Podían verse en escenarios de tupida selva, así como en calles repletas de miseria y desolación.

La gente menuda de ese lugar contrastaba vivamente con los robustos soldados made in USA, quienes se movían en aquellos escenarios con “aires” que se me antojaban muy similares a los del “séptimo de caballería”, de esas viejas “películas del Oeste” que ponían en la tele en aquellos tiempos. Pero nadie se explicaba la presencia del “séptimo” en aquella remota región de Asia.

 

 

Antecedentes históricos.

 

 

Laos, Camboya y Vietnam conforman esa región del sudeste asiático conocida como Indochina que sufrieron una larga agonía a partir de la rendición de Japón en 1945. El conflicto continuaría hasta bien entrada la década de los noventa, y dejaría cicatrices imborrables en estos países. También en Estados Unidos.

Para tratar de comprender la situación hay que tener en cuenta el hecho de  que Vietnam es el único país del mundo que ha derrotado militarmente a tres de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU: China, Francia y Estados Unidos, lo que indica claramente la naturaleza de su temperamento irreductible.

Se trata de un país con una historia de más de dos mil años, cuyos inicios se representan como una colonia de China y no fue sino hasta 1428, tras múltiples y cruentas guerras, cuando Vietnam consiguió desembarazarse finalmente de su codicioso vecino del norte.

A partir del siglo XVII comenzó la afluencia de misioneros franceses, quienes llevaron las semillas de la cultura occidental, junto con el catolicismo, que serviría de contrapunto al budismo como religión autóctona y mayoritaria de las clases populares. En 1883 Francia toma posesión de Vietnam, que divide el país en tres departamentos, y le cambia el nombre por el de Indochina.

 

 

La lucha por la independencia.

 

 

La resistencia a la ocupación creció a medida que surgió el rostro cruel del colonialismo francés, y a principios del siglo XX se hizo irreversible como elemento renovador de su conciencia nacional, representada por el movimiento Viet Minh (Liga por la Independencia de Vietnam), conglomerado de nacionalistas fundado en 1941, y por su líder Ho Chi Minh, intelectual comunista con formación francesa.

Todo esto culminó en una larga y feroz guerra (1946-1954) que acabó con la victoria vietnamita en la decisiva batalla de Dien Bien Phu, librada contra la crema del cuerpo expedicionario francés, que tuvo que salir humillado y derrotado por el ejército popular del general Vo Nguyen Giap.

El colonialismo francés comenzó a darse cuenta de que sus atávicos días de gloria entraban en el ocaso.

En la Conferencia de paz de Ginebra en 1954, las grandes potencias acordaron reconocer la independencia de Laos y Camboya, y dividieron Vietnam de forma temporal a la altura del paralelo 17, con el fin de establecer condiciones que permitieran una reunificación mediante elecciones que se celebrarían en 1956.

Pero estas elecciones nunca se llevaron a cabo por la decisión de Estados Unidos, que intervino para construir un nuevo país de artificio llamado Vietnam del Sur, alejado de los parámetros colectivistas del Norte, y destinado a proyectar la imagen de lo que iba a constituir el escaparate ante el mundo de su versión de “democracia” y “libre comercio” en Asia. La época es de plena guerra fría, y el Departamento de Estado consideraba que el mundo era de su exclusiva competencia.

El Secretario de Estado de aquella época es John Foster Dulles, accionista de la United Fruit Company y abogado de Prescott Sheldon Bush, senador republicano por Connecticut y ejecutivo de una prestigiosa firma de Wall Street, famoso por ser el padre de George H. W. Bush y abuelo por tanto, de George W. Bush, ambos Presidentes de Estados Unidos.

Foster Dulles obtuvo la celebridad al negarse a estrechar la mano de Zou Enlai, el representante chino en la Conferencia de Ginebra, y por regalar a la posteridad su famosa perla: “Estados Unidos no tiene amigos, sólo tiene intereses…” frase desafortunada sin duda, que constituye, sin embargo, una verdadera declaración de principios y que continúa con toda su vigencia en la actualidad.

John Foster Dulles encarna pues lo más granado de la casta imperialista, anticomunista y reaccionaria que todavía ostenta el poder en Estados Unidos.

Atrás quedaron los días de vino y rosas de la Carta del Atlántico, cuando Roosevelt y Churchill en 1941, visionaron que tras la derrota del fascismo, tendría lugar la liquidación del colonialismo, en un mundo en el que todos los pueblos, ricos y pobres, serían libres de dominaciones extranjeras, y obtendrían su autodeterminación e independencia de forma pacífica.

Todo esto se vino al traste con la llegada a la presidencia de Estados Unidos de Harry Truman, quien estableció su propia doctrina basada en la confrontación entre la alianza del llamado “mundo libre”, y el “avance” del comunismo en el mundo. Truman fue un presidente convencional y falto de la audacia necesaria en aquellos días como para hacer que los países sujetos al colonialismo obtuvieran el apoyo de Estados Unidos en su lucha de liberación nacional, para al mismo tiempo, alejarlos de “la competencia”, es decir, los países del llamado “campo socialista”.

La realidad es que apoyó la política colonialista del gobierno francés nada más terminada la Segunda Guerra Mundial enviando importantes cantidades de armamento para combatir al Viet Minh, sólo para atraer a Francia en su particular lucha contra el comunismo. Su miopía política le impidió ver que el mundo estaba cambiando, y que las estructuras decimonónicas relativas al “imperio”, ya no figuraban entre las prioridades de la opinión pública mundial, estimuladas por el ascenso de un nuevo irredentismo. Prefirió despreciar la fuerza de los pueblos emergentes del llamado tercer mundo.

Esta política fue decepcionante para todos los pueblos que anhelaban librarse del colonialismo, y en especial para el pueblo vietnamita, que se había enfrentado bravamente a la ocupación japonesa, y llevó a la ruptura de buenas relaciones que había mantenido el Viet Minh con Estados Unidos, a través de la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos), predecesora de la CIA, cuando estas organizaciones colaboraron estrechamente contra el ejército japonés. El Viet Minh informaba a la OSS, y ayudaba a rescatar a los pilotos norteamericanos derribados. A cambio la OSS envió un grupo armado a la selva vietnamita, con el fin de armar y entrenar al Viet Minh.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el Viet Minh se consolidó como líder de un Vietnam independiente.

El 2 de Septiembre de 1945 se llevó a cabo un mitin en la plaza Ba Dinh de Hanoi, que congregó a cerca de medio millón de personas que acudieron para celebrar la proclamación de independencia. Los miembros de la OSS se sumaron a la convocatoria y pudieron presenciar la exhibición de pancartas con lemas como “Vietnam para los vietnamitas”, “Independencia o muerte” y “Bienvenida sea la delegación estadounidense”. Este último eslogan da muestra clara de la esperanza del apoyo norteamericano a su causa, y de una fresca ingenuidad digna de alabanza, además de una carencia de prejuicios con respecto a Estados Unidos. La guinda la puso el mismo Ho Chi Minh en su discurso que comenzó: “Todos los hombres fueron creados iguales. El Creador nos ha dado ciertos derechos inviolables: el derecho a la vida, el derecho a ser libres y el derecho a conseguir la felicidad. Estas inmortales palabras figuran en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América”. A continuación anunció la formación de un nuevo estado, la República Democrática de Vietnam, y comenzó una intensa labor diplomática para obtener su reconocimiento internacional.

Sin embargo, la negativa de Francia a aceptar esta realidad política, y el inmediato apoyo norteamericano condujeron a Dien Bien Phu, que significaron la desaparición definitiva del colonialismo francés en la región, y de alguna manera el principio de la intervención norteamericana, que tomó el relevo. Esto hizo que el pueblo vietnamita entendiera que estaban en guerra contra Estados Unidos, sin que hubiera habido roce alguno.

El general De Gaulle tuvo ocasión de confesar a Eisenhower: “No saben ustedes dónde se han metido…”.

 

 

La partida de dominó.

 

 

Al día siguiente de la rendición en Dien Bien Phu, se reunieron en Ginebra los representantes de nueve países para tratar de resolver el conflicto. La República Democrática de Vietnam (RDV) se sentía legitimada para gobernar en todo el país, pero las potencias estuvieron más cerca de Francia que, en su afán por salvar la cara, presionó a éstas y el resultado fue que se dividió el país por el paralelo 17, con el norte bajo el control de la RDV. Incluso la URSS y China, temiendo que Estados Unidos fuera a la guerra aconsejaron aceptar las condiciones. Fue frustrante para los partidarios de Ho Chi Minh, pero sabían que las elecciones programadas para 1956 las tenían ganadas, pues eran conscientes de su enorme popularidad. También algunos sectores críticos en Estados Unidos se percataron de esto, como la opinión del senador por Massachussets John Fitzgerald Kennedy: “Francamente, tengo la convicción de que ningún apoyo militar en Indochina puede vencer a un enemigo que está por todas partes y al mismo tiempo en ninguna y que goza de la simpatía y la complicidad de la población.”

Sin embargo en Washington comenzó a cundir el nerviosismo, pues no veían el conflicto como una lucha de liberación nacional, ni siquiera como una contienda civil, sino como un episodio más del avance del comunismo en el mundo. Este plano ideológico de Washington está presente desde el año 1947, cuando Truman lo apostilló en el Congreso con relación a la guerra civil griega, para terminar popularizándose con el nombre de “teoría del dominó”. Bajo este enfoque el gobierno Eisenhower, centrado en la dinámica ideológica de la guerra fría, cayó bajo el prisma catastrofista de la tesis de que si caía Vietnam en el comunismo todas las naciones del Sudeste Asiático seguirían su ejemplo.

De modo que la preocupación del gobierno de Eisenhower no sólo era Vietnam, sino sobre todo la reacción en cadena consiguiente en toda la región.

Y para evitar la caída de la primera ficha de este dominó, el Departamento de Estado encontró a su hombre: Ngo Dinh Diem, aristócrata católico que había combatido a los japoneses, pero que se había convertido también en un furibundo anticomunista, por lo que no gozaba de las simpatías de los líderes del Norte y se pasó los últimos años exiliado en EE.UU. Como se comprobaría más adelante, a los líderes vietnamitas no les faltaban razones para aborrecer a semejante individuo. Ngo Dinh Diem estableció contactos con altos cargos de la administración norteamericana, quienes le ficharon como su hombre de confianza que debía hacer el trabajo sucio.

Diem se aprendió bien la lección y toda vez que recibió de la CIA un presupuesto de 12 millones de dólares, lo utilizó para acabar con las poderosas sectas del Sur a base de sobornos y asesinatos al más puro estilo mafioso. Al mismo tiempo aplicó una desaforada represión contra miles de miembros del Viet Minh que fueron torturados y asesinados.

En 1956 Estados Unidos le otorgó su apoyo político y económico con doscientos setenta millones de dólares. Pero numerosos informes de la CIA revelaban que de convocar a elecciones, como la Conferencia de Ginebra había acordado, Ho Chi Minh arrasaría. Esto fue demasiado para Washington, que decidió que Diem cometiera fraude, se convirtiera en Presidente de la República de Vietnam del Sur y anulara las elecciones.

Joseph Buttingen, dirigente socialista austriaco, antiguo amigo y colaborador de Diem, y conocedor de la realidad del conflicto vietnamita nos muestra el funesto rostro de su gobierno: “En junio de 1956 Diem organizó dos expediciones masivas a las regiones que estaban controladas por los comunistas sin el más mínimo empleo de la fuerza. Sus soldados detuvieron a decenas de miles de personas… Centenares, tal vez miles de campesinos fueron muertos. Pueblos enteros cuyas poblaciones no simpatizaron con el gobierno fueron destruidos por la artillería”.

Una mayoría de la población comenzó a comprender en qué consistía la democracia “made in USA”.

Mientras tanto en el Norte, se veían impelidos a reconstruir el país y a prepararse para un largo conflicto contra un enemigo muy superior a todos los anteriores, por lo que aconsejaron a sus militantes del Sur que construyeran una base revolucionaria, a la espera de tiempos mejores. Dado que la gran parte de la población rural del Sur consideraba al Viet Minh un movimiento patriótico, desde EE.UU. se instó al gobierno Diem a que se les llamara Vietcong, que significa “comunistas vietnamitas”, con objeto de desprestigiar a esta formación. Pero esto no sirvió para sustraer popularidad al movimiento de liberación nacional. Posiblemente lo que dio más alas al Vietcong fue la política represiva, carroñera y mafiosa de Diem, que no paró de cosechar enemigos y muertos por todo el Sur.

La magnitud de la represión contra el Vietcong fue tal que obligó a variar la política de Hanoi que aconsejaba entereza a sus partidarios del Sur y acabó autorizando ataques contra el régimen de Saigón.

Para aprovechar el fuerte tirón que proporcionaba el nacionalismo el Partido Comunista creó una organización que aglutinaba a una amplia base no necesariamente comunista, pero sí dirigida por estos: el Frente de Liberación Nacional (FNL).

En 1961 John Fitzgerald Kennedy accedió a la presidencia de EE.UU. y recibió información acerca de Vietnam en el sentido de que si no se producía una intervención del ejército norteamericano, Vietnam del Sur caería en manos del Vietcong. En mayo de ese mismo año De Gaulle volvió a insistir en el tema, y auguró al nuevo presidente lo que sería la realidad futura si se producía la intervención: “Predigo que, paso a paso, se verán ustedes arrastrados a un cenagal sin fondo político y militar.” Proféticas palabras.

Kennedy probablemente no quería una escalada militar masiva en la región, pero tampoco deseaba una retirada que estimulara la caída de otras fichas de su particular dominó lo que constituiría, a sus ojos, un desprestigio para EE.UU.

Fue la administración Kennedy la que desarrolló los programas de contrainsurgencia enviando “asesores militares”, que no eran otra cosa que pilotos de combate, fuerzas especiales, miembros del ejército y hasta compañías de helicópteros, con orden de no participar en combates, aunque esto nunca se cumplió. En 1963 el corresponsal de guerra Richard Tregaskis, que trabajaba para dar propaganda a la política de “tierra quemada” del ejército norteamericano, entrevistó a un piloto de helicóptero de combate, quien le dijo: “Allí abajo tienes zonas vietcongs muy compactas, donde puedes suponer que todos son enemigos. Los de 362º Escuadrón, sabes, eran unos salvajes. Primero pasaba un aparato, y cuando la gente salía huyendo el segundo aparato los rociaba bien.”

El eminente profesor de derecho y ex fiscal en los juicios de Nüremberg, Telford Taylor nos da otra idea de lo que estaba sucediendo ante tamaña represión cuando los “cerebros de Kennedy describían el éxodo de los refugiados hacia las ciudades: “…como “urbanización provocada y modernización”, eufemismo que supera todo lo imaginable, y que podría expresarse con el juicio, no tan elegante, atribuido a un general norteamericano: “Si se les agarra por las pelotas, los corazones y las mentes vendrán detrás”…”  

La destrucción era colosal y la detalla el prestigioso escritor Jonathan Schell, en su libro “The Military Half”: “En aquel tiempo, es decir, antes de la gran expansión de la guerra tecnológica en 1968, varias provincias norteñas fueron destruidas en un 70%, según estimaciones de los periodistas.”

Con todo, las cosas no marchaban bien. La situación política del Sur se iba deteriorando de tal manera que hasta los monjes budistas se organizaron frente al gobierno Diem.

Kennedy consideró que Diem ya no servía y urdió un golpe de estado. Así el 1º de noviembre de 1963 Diem y su camarilla fueron asesinados por los golpistas. A partir de esta acción el ejército del Sur se convertiría en la única institución autóctona capaz de sostener el régimen.

Tres semanas después el propio Kennedy también era eliminado.

Algunos analistas políticos sostienen que el detonante de este magnicidio fue un entramado de factores, entre los que cabe destacar la irresolutiva tarea de acabar con la Revolución Cubana; la considerada claudicación de los intereses de EE.UU. en la “crisis de los misiles” que puso en su contra a la elite más reaccionaria del poder político; y sus vacilaciones con respecto a la intervención militar en Vietnam, lo que hubiera acarreado la suspensión de colosales contratos con fabricantes de armamento, algunos de ellos con serios problemas en sus libros de contabilidad, y cuyos principales accionistas eran los propios altos mandos del ejército y la marina, que componían un poderoso lobby que Eisenhower denominó “complejo militar-industrial”. Este lobby vio sus intereses comprometidos ya que si no había guerra, tampoco habría contratos.

De cualquier modo, la política de Kennedy hasta ese instante fue la que sentó las bases de las siguientes presidencias que llevaron la muerte y la ruina a millones de personas, excepto para los accionistas de las grandes corporaciones de armas cuyo futuro se abrió esplendoroso.

 

 

El incidente de Tonkín.

 

 

“A las agresiones terroristas contra aldeas pacíficas de Vietnam del Sur se ha sumado ahora una agresión abierta en alta mar contra Estados Unidos.” Así se expresaba el presidente Johnson el 4 de agosto de 1964 cuando se dirigió al país por televisión, para explicar a continuación cómo fueron los detalles de tal “agresión”. Para tranquilidad de todos concluyó su intervención afirmando que, como represalia, bombarderos norteamericanos ya estaban atacando objetivos en Vietnam.

Según la versión oficial algunas lanchas patrulleras de Vietnam del Norte, y sin que previamente hubiera habido provocación alguna, habían lanzado algunos torpedos contra los navíos de guerra Turner Joy y Maddox, que estaban en el golfo de Tonkín, sin que llegaran a hacer blanco en ninguno de ellos.

Pocos días después, el presidente Johnson solicitó del Congreso un poder que le cediera “tomar cualquier medida que se haga precisa a fin de evitar cualquier ataque armado contra las fuerzas estadounidenses”.

La llamada Resolución del Golfo de Tonkín fue aprobada por el Congreso de forma abrumadora y aunque no constituía una declaración de guerra, Johnson la utilizó discrecionalmente con el fin de aumentar la presencia militar norteamericana en Vietnam.

No deja de resultar cuando menos cínico, el planteamiento descrito como: “sin que mediara provocación alguna” de la declaración oficial, cuando nadie, ni siquiera el Congreso, sabía que desde 1961 todo Vietnam del Norte era objeto de ataques por parte del ejército de Estados Unidos.

Por otra parte, los destructores “atacados” no estaban navegando tranquilamente por aguas del golfo, sino que su presencia se debía a una estrategia secreta denominada “Plan de Operaciones 34 A, que era la tapadera de una serie de ataques encubiertos contra objetivos situados todos ellos en territorio de Vietnam del Norte.

Johnson también engañó a la opinión pública cuando alegó que habían sido dos ataques diferentes. El último de ellos nunca fue confirmado, y al final se comprobó que nunca existió.

En 2005 el gobierno norteamericano desclasificó un informe secreto de la Agencia de Seguridad Nacional que confirmaba que el 4 de agosto de 1964 no se produjo ningún ataque norvietnamita contra el Maddox y el Turner Joy.

Tampoco fue cierto que Johnson presentara la Resolución del Golfo de Tonkín como una mera reacción tras los acontecimientos narrados en su aparición televisiva, ya que este documento se había redactado varios meses atrás, esperando cualquier pretexto que pudiera dar pie para su aprobación.

La gran locura de la guerra no había hecho más que empezar, pero la mayoría de la gente en Estados Unidos aún no era consciente de las consecuencias tremendas que marcarían sus vidas.

 

 

Una cigüeña no puede cagar en una botella…

 

 

Cuando en enero de 1964 el general William Westmoreland llegó a Vietnam como comandante de las fuerzas norteamericanas, manifestó que tenía clara la estrategia, que no pasaba por dominar territorios y asegurarlos, sino en matar a tal escala que el gobierno de Hanoi se viera obligado a reemplazar sus pérdidas hasta la extenuación, en definitiva, lo que se conoce como una guerra de desgaste material y humano. Era la solución militar a la guerra, con el objetivo civil ignorado.

Su estrategia partió de una base equivocada, ya que es muy improbable ganar una guerra de guerrillas en contra de la población.

La táctica era rutinariamente igual, esto es, gran despliegue de divisiones aerotransportadas hacia objetivos lejanos y claramente imperceptibles por medio de la utilización intensiva de helicópteros. Esta es la primera guerra en la que este invento gana en protagonismo, ya que si no hubiera sido por los helicópteros muchos de los heridos en combate habrían muerto, dado que su tiempo de respuesta en el traslado de las víctimas a los hospitales de campaña era mínimo. Si no hubiera sido así, la gran mayoría no habría sobrevivido. Asimismo la presencia masiva de cazabombarderos y también de los temibles B-52, con sus grandes cargamentos de bombas de todas clases fue la tónica habitual.

Ante esto la estrategia defensiva de Hanoi consistió en potenciar la conocida “ruta Ho Chi Mihn”, un entramado de carreteras, caminos y senderos de miles de kilómetros que iba desde el Norte, pasando por la frontera con Laos y Camboya, para llegar finalmente hasta el Sur, por donde pasaba toda la logística, armamento y soldados como una gran autopista.

Gran parte de esta ruta estaba bajo tierra, donde las tropas vietnamitas conseguían ocultarse haciendo que para el ejército USA fueran como fantasmas que desaparecían en mitad de las junglas.

El “tío Ho lo tuvo claro cuando aleccionó a sus combatientes haciéndoles ver que “una cigüeña no puede cagar en una botella, así que con nuestros túneles no deberíamos temer los bombardeos estadounidenses”. Uno de los ejemplos más paradigmáticos fue el de los túneles de Cu Chi, localidad cercana a Saigón. El lugar fue elegido por el ejército norteamericano para construir una de sus mayores bases… sin saber que bajo sus instalaciones existía una red de túneles gigantesca, por donde se movía el Vietcong, y que no fue descubierta hasta 1968.

El contraespionaje militar norteamericano fue puesto en ridículo con este y otros episodios de diversa índole, y durante todo el conflicto fue a la zaga de las actividades de su enemigo.

 

 

Vietnam no es más que un pequeño país de cuarta…

 

 

La gran escalada de la guerra comenzó en marzo de 1965, y durante los tres años siguientes el número de soldados norteamericanos se incrementó hasta llegar más allá de quinientos mil superando con creces los efectivos norvietnamitas.

Todo esto comenzó pocos meses después de ganar Johnson las elecciones. A comienzos de marzo de 1965 el gobierno Johnson inició una operación de castigo conocida como “Operation Rolling Thunder”, consistente en bombardear masivamente el Norte. Esta ofensiva se mantuvo de forma ininterrumpida… ¡hasta el 1º de noviembre de 1968!; asimismo envió dos batallones de marines a Danang, que está en el Sur. Estas fuerzas de infantería fueron las primeras en entablar combates de una manera no encubierta.

Análogamente a la Resolución del Golfo de Tonkín, estas operaciones fueron planificadas en secreto antes de comunicarse, y dado que la Resolución no era una declaración formal de guerra, no hubo que debatirse en el Congreso. Era la guerra a su medida, sin control institucional. Estados Unidos se precipitaba hacia una suerte de fascismo parlamentario. Posteriormente en 1969, en plena vorágine violenta incluso algunos congresistas se alarmaron acerca de lo que el senador J. William Fullbright, señaló como “dictadura electiva”, y se refería a los temores del mismísimo Thomas Jefferson cuando hablaba del riesgo de un “despotismo electivo” en el sistema político norteamericano.

En junio del ´65 los B-52 bombardearon objetivos en el Sur, en julio Johnson declaró que iba a enviar otros cincuenta mil soldados más, pero ocultó a todos que seguiría enviando en secreto más tropas.

En abril de 1965 tuvo lugar un hecho importante, y no fue precisamente en Vietnam, sino a miles de kilómetros de allí: otra criminal intervención militar, esta vez en República Dominicana. El imperialismo norteamericano estaba desatado.

El gobierno Johnson había mentido una vez más a todo el mundo argumentando que la intervención se había efectuado porque había vidas norteamericanas en peligro… cuando en realidad sólo las hubo cuando llegaron los primeros marines. El verdadero motivo de la intervención fue el miedo a que se produjera otra revolución antiimperialista al estilo cubano, lo que no estaba dispuesto a consentir de ninguna manera.

Este hecho alarmó al Comité de Relaciones Exteriores del Congreso, que se opuso a esta nueva invasión, con el senador demócrata por Arkansas J. William Fullbright como presidente del mismo.

El Comité criticó la política del presidente Johnson, a quien remitió un informe ese mismo abril de 1965 en el que, entre otras cosas, se sugería que debían retirarse lo antes posible de Vietnam, y que no existía ninguna razón para que no se pudiera aceptar un Vietnam unificado y comunista. Para Lyndon Johnson significó la ruptura total con este Comité y para Fullbright supuso el vacío político, incluso el presidente le llegó a tachar de traidor: a Johnson no se le podía llevar la contraria, sin perjuicio de la propia integridad.

Pero la sociedad norteamericana empezaba a movilizarse paulatinamente y la propia integridad del presidente comenzaba a resquebrajarse. A pesar de que Johnson era partidario de incrementar los derechos civiles, su “maldita guerra” le estaba costando un precio que nunca hubiera imaginado: los estudiantes que comenzaban a manifestarse contra la guerra le increpaban al grito de: “Eh, Johnson, ¿a cuántos niños has matado hoy?”.

Pero no se puede entender esta etapa política sin mencionar a un personaje clave: Robert McNamara.

Robert McNamara ejerció el cargo de secretario de estado desde 1961 hasta la Ofensiva del Tet del ´68, que supuso su caída del gobierno. Fue una de las personas más influyentes en la política exterior de EE.UU. en toda esta larga etapa.

Procedió como el gran planificador de la expansión del imperialismo norteamericano, y por tanto hay que considerarle como uno de los máximos responsables políticos de todo aquel desastre. En el año 1995 publicó sus memorias en las que afirma que EE.UU. cometió una “terrible equivocación” al intervenir, y que ya en 1965 había comentado “en privado” que la guerra no se podía ganar.

Cuando MacNamara habla de esa “terrible equivocación” no piensa que fue una tremenda injusticia para el pueblo vietnamita, ni siquiera para con todos aquellos muchachos norteamericanos a quienes envió a ese infierno, sino que la “terrible equivocación” fue continuar con una guerra que no podían ganar. La “terrible equivocación” entonces estuvo en la derrota, y nunca en la colosal injusticia. El cinismo, la desvergüenza, el abuso de poder y la ausencia de ética entre los “cerebros de Kennedy alcanzaron cotas muy elevadas.

De forma análoga hemos sido testigos de las declaraciones de George W. Bush en las que afirma haber “cometido un error” al haber concedido crédito a sus expertos del Pentágono, cuando le aseguraron que había “armas de destrucción masiva” en Irak, lo que fue el desencadenante de la invasión a este país. El presidente Barak Obama, ha confeccionado su primer gobierno y ha mantenido en el cargo al jefe del Pentágono. Con frecuencia ocurre que hay actitudes por las que parece que no pasa el tiempo.

MacNamara también afirma que en realidad sabían muy poco sobre Vietnam, quizá para justificar su fracaso. Sin embargo esa no es la opinión de Evelyn Colbert, quien desde 1962 hasta 1974 trabajó para la División del Sudeste Asiático de la Oficina de Inteligencia e Investigación del Departamento de Estado: “MacNamara dice ahora que no sabíamos nada de Vietnam y que no entendíamos lo que ocurría. Eso no es más que un montón de basura. De hecho escribimos varios informes explicando lo mal que nos iban las cosas allí. Diría que la mayor parte de los estudios sobre Vietnam, tanto los que hacíamos en mi oficina, como en otras agencias de inteligencia, eran bastante pesimistas, pero cualquier opinión que contradijera el optimismo oficial era ignorada.”

Otro miembro del Departamento de Estado y experto en el tema Vietnam Paul Kattenburg aconsejó en una reunión del Consejo de Seguridad Nacional en agosto de 1963, que lo mejor sería “largarse mientras todavía se pudieran salvar los muebles.” Pero tampoco su opinión fue escuchada ya que el resto del Consejo estaba convencido de que el continuo crescendo en la potencia de fuego norteamericano obligaría al gobierno de Hanoi a aceptar cualquier acuerdo conforme a los intereses del Departamento de Estado. A fines de 1963 Kattenburg redactó otro informe en el que esencialmente expuso que los survietnamitas iban a perder la guerra en el plazo de un par de años, ya que no querían luchar. Tras estas disquisiciones Kattenburg fue transferido a un puesto diplomático en Guyana, adonde enviaban a gente que estorbaba.

A fin de cuentas y según Johnson: “Vietnam no es más que un pequeño país de cuarta” además de que “no hemos llegado tan lejos para dejarlo ahora…”

La altanería imperialista, el exceso de confianza y el desprecio al pueblo vietnamita y norteamericano fueron los ejes que dominaron su visión política, y esto a la larga le costaría su mandato.

 

 

El frente interior: la lucha por los derechos civiles y la resistencia a la guerra.

 

 

La sociedad norteamericana de la década de los sesenta se fue desperezando poco a poco del dogmatismo de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial al calor de los movimientos estudiantiles y el problema racial. Esto puede parecer algo sin demasiada trascendencia, pero en realidad ponía contra las cuerdas las mismas bases que sustentaban la ideología de la dominación política y social, al poner en entredicho el poder de la sociedad industrial y el papel de Estados Unidos en el mundo.

La guerra fría como componente ideológico cumplió una función práctica en la sociedad norteamericana de posguerra, de modo que no se puede explicar como una simple paranoia de las masas.

A este respecto, el comprometido historiador norteamericano William Appleman Williams, dibuja esta función y anota que, tras la Segunda Guerra Mundial, la potencia norteamericana “fue hábilmente desplegada tras la bandera del anticomunismo, estrategia psicológica y política que obtuvo un éxito proporcional a su misma vulgaridad. La mayoría imperial de los dirigentes norteamericanos se dio cuenta de que el populacho tenía que ser de nuevo enardecido para que estuviera dispuesto a apoyar el tipo de actividad (y sus costos correspondientes) que había estado soportando duramente la guerra. El senador Arthur Vandenberg era sólo más cándido que la mayoría de sus pares cuando observaba que sería necesario “aterrorizar al pueblo norteamericano”. El espectro del comunismo servía para este fin.”

Esto no sólo iba dirigido hacia el pueblo norteamericano, sino también a sus dirigentes. Según cuenta Townsend Hoopes, que fuera Subsecretario de la USAF y otro de los “cerebros de Kennedy”, éstos actuaban con “la suposición implícita de que en adelante Washington estaría predispuesto a considerar todo esfuerzo tendente al derrocamiento del orden existente en cualquier parte como una guerra de liberación nacional fomentada por la URSS o China y en beneficio de uno de estos dos países”, y los consejeros de Johnson, que fueron nombrados por Kennedy, “llevaban todos en sus venas el empeño implícitamente ilimitado de llevar a cabo una guerra global contra el comunismo revolucionario”.

Es el planteamiento típicamente imperialista de la “conspiración internacional”, acompañado de acciones violentas para acabar con el “mundo libre”.

Noam Chomsky nos apunta que esta ideología, visto desde la perspectiva actual, dio excelentes resultados como técnica para movilizar a la opinión pública norteamericana en apoyo de la política nacional. De esta manera, los programas industriales de producción militar, que generaban empleo a una parte considerable de la población, fueron sin duda un factor primordial para el mantenimiento de un sistema económico basado en el capitalismo de estado militarizado.

El poder abrigaba la esperanza de llevar a cabo en Vietnam un esfuerzo moderado, duradero y políticamente asumible, en el que estuvieran involucradas las nuevas generaciones como mano de obra económica y carne de cañón en el frente. Pretendía poder asustar una vez más a éstas, y volver a la dorada pasividad de la década de los cincuenta.

Sin embargo, la ideología anticomunista ya no calaba entre los estudiantes y activistas del movimiento relacionado con las cuestiones del racismo y la guerra. Por eso esta estrategia no dio los resultados previstos y así la intervención en Vietnam dio lugar a una de las más grandes movilizaciones contra la guerra que se conocen en EE.UU. Hagamos un poco de historia.

Mientras se libró la Guerra de Independencia se constató que aproximadamente una tercera parte de los colonos seguía apoyando a los británicos; una generación posterior, durante la guerra de 1812, Nueva Inglaterra estuvo a un paso de separarse de la Unión, ya que se oponía a dicha guerra. En el curso de la Guerra Civil hubo violentos enfrentamientos en contra del servicio militar obligatorio, tanto en el Norte como en el Sur, y se contabilizó más de un diez por ciento de desertores a ambos lados de las trincheras. En la guerra contra Filipinas de 1898 la Liga Antiimperialista contó con más de medio millón de afiliados, entre ellos Mark Twain. En la Primera Guerra Mundial el gobierno se vio obligado a declarar desertores a más de trescientos mil hombres. Durante la Segunda Guerra Mundial sólo hubo seis mil objetores (fue la “guerra buena”) En la guerra de Corea de los años cincuenta, a pesar del “macartismo” y la intensa propaganda, el apoyo a la guerra se limitó al cuarenta por ciento de la población, en los primeros seis meses.

Por lo que respecta a Vietnam el movimiento contra la guerra se intensificó a medida que lo hacía ésta. Así en abril de 1965, cuando habían transcurrido ya cuatro años de actividades bélicas más o menos encubiertas, se congregó la primera protesta nacional en Washington a la que acudieron unos veinticinco mil manifestantes, y cuatro años más tarde en 1969, ya había un clamor de varios millones de ciudadanos que exigían la retirada de las tropas al gobierno.

Los presidentes Johnson y Nixon hicieron muchas declaraciones en el sentido de que el movimiento contra la guerra no influiría en la toma de sus decisiones, pero en la Casa Blanca el incremento de popularidad de los movimientos de protesta fueron motivo de seria preocupación.

Frente a todas estas protestas se maquinaron múltiples planes para atacar, difamar, censurar y desacreditar al movimiento pacifista. La CIA desarrolló una operación llamada CHAOS, que no era más que un programa de espionaje ilegal, desde 1967 hasta 1974, y el FBI infiltró a cientos de agentes provocadores de acciones violentas y gratuitas, con la finalidad de arruinar la reputación pacifista del movimiento.

Destacados escritores y pensadores afines al movimiento como Noam Chomsky, Bertrand Russell y otros, vieron cómo sus libros y artículos de prensa eran censurados, prohibidos o simplemente ignorados. Los medios tampoco se salvaron, y muy pocos periodistas pudieron informar sobre lo que sucedía tras las líneas enemigas en Vietnam del Sur, hasta la retirada en 1973.

Hollywood tampoco se libró y desde 1964 hasta 1972 únicamente produjo Boinas Verdes, protagonizada por el inefable John Wayne. Rodada en un tono reaccionario y violentamente anticomunista trataba de convencer, de forma algo patética, a los espectadores de la necesidad de la intervención militar norteamericana en Vietnam como tampón del comunismo, y de que el ejército norteamericano era el verdadero defensor del “mundo libre”.

Es cierto que la televisión difundió a diario informativos, pero en contra de lo que se pueda decir acerca de que la cobertura periodística influyó negativamente en el ánimo de la gente, todas las imágenes y comentarios estuvieron controlados por las fuerzas armadas, y raramente aparecieron escenas salvajes o especialmente violentas. De modo que si eso es cierto, únicamente los altos mandos del ejército serían los responsables de ese supuesto desánimo.

Pero para presenciar escenas violentas nada mejor que salir a las calles, donde los incidentes no cesaban. El más grave tuvo lugar el 23 de julio de 1967 en Detroit, donde la policía cargó contra un club social en el que un grupo de personas celebraba el regreso de Vietnam de dos soldados. Aquello provocó una semana de interminables saqueos e incendios que destruyeron unos mil trescientos edificios, que dejaron sin casa a más de cinco mil personas. El subsiguiente asalto de cinco mil efectivos de la Guardia Nacional y paracaidistas (¡¿?!) dejó un saldo de cuarenta y tres muertos y más de siete mil heridos.

Estas acciones del poder, lejos de acobardar al movimiento, sirvieron de espoleta para ulteriores protestas ciudadanas en un continuo y progresivo incremento, que condujo a levantamientos en todo el país.

En medio de toda esta atmósfera insurreccional el 4 de abril de 1968 en Memphis, Tennessee fue asesinado Martin Luther King, el más carismático de los líderes pacifistas y uno de los más valiosos luchadores por los derechos civiles de Estados Unidos, quien ya había denunciado exactamente un año antes de su asesinato a su país como “el mayor generador de violencia en el mundo de hoy”.

Martin Luther King vapuleó sin tregua al poder evidenciando que la “guerra contra la pobreza”, que constituía uno de los ejes de la política interior de Johnson, iba reemplazándose por la “guerra de Vietnam”; que los recursos sociales eran desviados hacia una guerra que no tenía justificación alguna, añadiendo que “las promesas de la Gran Sociedad han caído por tierra en el campo de batalla de Vietnam”, y que esa política imperialista estaba “devastando las esperanzas de los pobres en su país”, a cuyos hijos enviaba “a luchar y morir en proporciones altísimas en comparación con el resto de la población”.

Su ideología pacifista no caía en contradicción con sus declaraciones públicas, que eran bombas de gran potencia contra la línea de flotación del poder más reaccionario y llevaban al delirio a sus seguidores, que ya no eran únicamente negros.

La serenidad arrolladora de su coherencia política constituía la esencia de su éxito al frente de millones de ciudadanos que veían en él al líder que era la suma y el reflejo de sus voluntades.

Su asesinato conmocionó al país, fijó las portadas de toda la prensa internacional y provocó graves tumultos en más de ciento veinte ciudades norteamericanas trasladando la protesta incluso hasta las bases militares del país y de Vietnam, con un saldo de al menos cuarenta y seis muertos, y un número no determinado de heridos.

A fines de agosto de 1968 en Chicago, sede de la convención nacional demócrata, se convocó otra protesta nacional contra la guerra. El alcalde Richard J. Daley, que fue puesto en evidencia por el cronista del prestigioso Chicago Tribune Mike Royko por prácticas de corrupción en su libro “The Boss” en 1972, movilizó a toda la policía y Guardia Nacional de Illinois, convirtiendo la ciudad en un verdadero cuartel en pie de guerra.

A pesar de este escenario tan poco tranquilizador los manifestantes no se arrugaron y llenaron las calles. La represión fue tan desmedida que a muchos les pareció que estaban viviendo una auténtica guerra civil.

El periodista Stewart Alsop, que durante mucho tiempo había defendido la intervención militar en Vietnam, escribió: “En Chicago, por primera vez en mi vida, comenzó a parecerme posible que alguna forma de fascismo estadounidense realmente se diera aquí”.

Entretanto, la convención demócrata nominó a Humbert Humphrey, quien no dio ninguna prueba de que daría un curso diferente a la política de su predecesor, y se negó a apoyar una propuesta de paz. Por su parte, los republicanos eligieron a Richard Nixon, el hombre que perdió la carrera presidencial a manos de John Kennedy en 1960.

Por medio de una inteligente propaganda los republicanos habían logrado cambiar la imagen sombría y poco fiable de Nixon, y convertirlo en un candidato moderado y conciliador. Nixon se comprometió a unir a la nación y explotó el desencanto hacia la guerra de Vietnam: “Cuando la nación más fuerte del mundo queda atada cuatro años a una guerra en Vietnam sin un final a la vista, entonces es el momento de que EE.UU. tenga una nueva dirigencia”, dijo al país. También prometió dar a la guerra un “final honorable”, aunque no dijo cómo lo haría.

Ante esta ofensiva electoral en Estados Unidos, y la Ofensiva del Tet en Vietnam, Johnson anunció que suspendía los bombardeos en Vietnam del Norte, y que el gobierno survietnamita aceptaría participar en negociaciones de paz en París. Esto hizo que Humphrey recortara diferencias en las encuestas, pero este impulso se malogró cuando el presidente survietnamita Nguyen Van Thieu, se negó a cualquier negociación con los comunistas.

La larga sombra de Nixon tuvo que ver con esta revelación, al enviar un representante suyo a Saigón, y asegurar a Van Thieu que tendría todo el apoyo con Nixon en el poder.

Richard Nixon ganó las elecciones por una diferencia de menos de medio millón de votos. La guerra iba a continuar otros seis años más y dejaría un saldo de otros veinticinco mil norteamericanos muertos y, al menos, otro millón de vietnamitas y cientos de miles de laosianos y camboyanos.

 

 

La Ofensiva del Tet.

 

 

El 21 de noviembre de 1967, el general William Westmoreland, comandante de las fuerzas de EE.UU. en Vietnam, informó en rueda de prensa a sus propios medios que los comunistas eran “incapaces de montar una ofensiva importante.” Pero el 31 de enero de 1968 unos ochenta mil soldados de Vietnam del Norte y del Vietcong lanzaron un ataque coordinado y masivo contra cientos de objetivos en Vietnam del Sur. Fue un ataque sin precedentes que resultó ser el más sangriento de la guerra.

Las mentiras de Johnson quedaron al descubierto: el enemigo que estaba a punto de ser derrotado se convirtió de improviso en un adversario con la fuerza y la organización necesarias como para colocar a las fuerzas norteamericanas a la defensiva.

La táctica empleada por el general Giap consistió en organizar una serie de ataques de distracción. El más sonado tuvo lugar en la remota base de Khe Sanh a diez kilómetros de la frontera con Laos. Westmoreland y su servicio de contrainteligencia, una vez más, mordieron el anzuelo y se movilizaron fuerzas hacia esa dirección.

Lyndon Johnson sufrió un ataque de ansiedad cuando se enteró que veinte mil soldados del Norte habían sitiado la base norteamericana defendida por seis mil marines, y obligó a su estado mayor a jurar que no se repetiría un nuevo Dien Bien Phu. Pero mientras esto ocurría miles de soldados vietnamitas estaban ocupando objetivos en los principales pueblos y ciudades del Sur.

La estrategia consistió en lograr un levantamiento general contra el gobierno de Saigón y hacer ver a los norteamericanos que después de tantos años de “avances” y “grandes victorias”, Vietnam del Norte todavía estaba en condiciones de realizar un desafío espectacular, que obligara a pensar que todo el poderío militar norteamericano no ofrecía seguridad al régimen del Sur. El Vietcong fue incluso capaz de cercar y casi tomar la embajada norteamericana en Saigón.

En Hue, la antigua ciudad imperial, los marines tardaron casi un mes en desalojar casa por casa al Vietcong. Durante ese tiempo los norvietnamitas masacraron a casi tres mil civiles que habían identificado como colaboracionistas y defensores del régimen de Saigón. Los medios de comunicación del ejército de Westmoreland denunciaron esta masacre ante la opinión pública mundial, con el consiguiente escándalo.

Cabe imaginar que muchos japoneses reaccionaron de forma muy similar ante la venganza de los nacionalistas chinos en la década de 1930. En la obra de John H. Boyle “The Road to Sino-Japanese Collaboration” se detalla: “Los comandos de ejecución de los nacionalistas chinos empezaron a eliminar, en las zonas costeras ocupadas, a colaboracionistas notorios o sospechosos de serlo de muy variadas maneras destinadas a aterrorizar a quienes cooperaran con el enemigo”. Con todo, el terrorismo de la resistencia china, o de la francesa, por poner otro ejemplo, no suscitó en el mundo la exigencia de bombardeos masivos de las fuerzas resistentes.

Pero la subsiguiente contraofensiva de los ejércitos combinados de EE.UU. y Vietnam del Sur provocó una auténtica carnicería. Las fuerzas comunistas tuvieron más muertos en esta ofensiva que las que tuvo el ejército de los Estados Unidos en toda la guerra.

Para poder vencer al Vietcong, el ejército imperial desató todo su odio y potencialidad en una serie de ataques aéreos y de artillería masivos sobre infinidad de áreas densamente pobladas. Destruyeron todo lo que asomó a su paso y asesinaron a más de catorce mil civiles survietnamitas. El alcalde norteamericano de la localidad de Ben Tre lo dejó bien claro: “Ha sido necesario destruir al pueblo con el fin de salvarlo.” Esta declaración no es más que el epígrafe de toda la guerra.

La Ofensiva del Tet fue un fracaso”: eso es lo que el Departamento de Estado vendió al mundo, cuando el “orden” fue de nuevo impuesto. Lo cierto es que, desde el punto de vista militar, sí lo fue en cuanto que las fuerzas comunistas no lograron el ansiado objetivo de la insurrección general y la toma de Saigón. Pero sí conquistó un importante objetivo político al obtener que en Washington se generara un debate interno acerca del curso de la guerra, y la consecuencia directa de esta crisis fue la dimisión de Robert McNamara. Consiguió que Johnson reconociera que era un cadáver político al retirar su candidatura para las presidenciales de 1968; que suspendiera el bombardeo sobre Vietnam del Norte por encima del paralelo 20, y obligarle a anunciar que comenzaría conversaciones de paz con Hanoi. Algo inimaginable tan sólo unos días antes de la ofensiva.

Johnson además, no sólo rechazó la petición de Westmoreland de enviar 206.000 soldados más, sino que lo destituyó fulminantemente. El nuevo enviado del “César” sería el general Creighton Abrams.

La Ofensiva del Tet constituyó el punto de inflexión de la guerra, y en adelante ya nada sería igual.

 

 

La vietnamización.

 

 

En 1969 Nixon asumió la presidencia y sabía que ni el Congreso, ni la opinión pública le permitirían aumentar la presencia militar en Vietnam. Ya había más de 525.000 soldados, y sólo en 1968 habían muerto más de 14.000. No era asumible desde el punto de vista político semejante sacrificio. No obstante, ni Nixon ni su flamante asesor de seguridad nacional, Henry Kissinger, estaban dispuestos a que Vietnam del Sur tuviera un régimen comunista. El objetivo era reducir las bajas y esto sólo se lograría disminuyendo los efectivos. Para ello se ideó un plan basado en dos fases: primero se daría paso a un lento proceso de retirada de las fuerzas de infantería, que estaba destinado a desactivar el impacto del movimiento contra la guerra, y a la vez reforzar el ejército de Vietnam del Sur. El otro paso consistiría en aumentar la presión sobre Vietnam del Norte por medio de bombardeos intensivos y extender la guerra a Camboya y Laos, lugares donde la presencia de tropas del Vietcong era evidente. De modo que Nixon lanzó su programa de “vietnamización” en la primavera de 1969, que básicamente consistía en lograr que el régimen de Saigón se mantuviera, sin el apoyo incesante y sempiterno del ejército de los Estados Unidos. El problema era cómo conseguir esto sin que el régimen se viniera abajo, así que la solución pasaba por reforzar el ejército del Sur de forma masiva.

El programa de “vietnamización” contaba con que la lenta disminución en intensidad de la guerra haría que se aminoraran las exigencias de una retirada inmediata, por parte de la opinión pública.

A Nixon le hubiera encantado que su “vietnamización” se pareciera a la intervención del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia en el ´68, como de nuevo anota Chomsky, en cuanto que ésta fue relativamente incruenta, rápida, y fue tolerada por una parte importante de la población. Además tuvo éxito al imponer el control de colaboracionistas checoslovacos y de este modo las tropas soviéticas pudieron ser retiradas.

Sin embargo, el carácter brutal y poco inteligente del tándem Nixon-Kissinger no encontró la equivalencia, como corrobora el pacifista religioso Doug Hostteter, que trabajó como voluntario de 1966 a 1969 en la provincia de Quang Tri, quien considera que “la población rural es favorable al FLN en un 95% y la población de la capital de la provincia (según informes vietnamitas) en un 80%. La gente es tan opuesta al gobierno, que cuando el vicepresidente Ky fue a visitar el pueblo donde vivía, toda la población (salvo los funcionarios) fue confinada en sus casas, ya que podían disparar contra las personas por el mero hecho de estar en la calle. Ese es el amor que goza el gobierno de Saigón.”

De manera habitual se producían importantes flujos de refugiados cuando entraban en alguna localidad tropas norteamericanas y survietnamitas, reunían a los pobladores y los obligaban a irse con las tropas. A las personas que se escapaban y las que se resistían, simplemente las mataban. En determinados lugares donde no podían llegar con helicópteros y llevarse a los lugareños, se conformaban con destruir toda la zona, y arruinar las cosechas con herbicidas.

Otras zonas las consideraban al azar y las señalaban en los mapas militares con las siglas “H + I” (harassment and interdiction) o fuego de hostigamiento y prohibición, sin otros objetivos precisos.

Un aspecto particularmente siniestro de la destrucción ecológica y económica fue el intensivo uso de defoliantes contra los bosques de madera dura que rodeaban el norte y oeste de Saigón, a lo que el portavoz del Pentágono Jerry Friedheim replicó: “Algunas partes de la economía del Vietnam del Sur, particularmente la industria forestal y los pequeños granjeros, pueden salir beneficiados con la defoliación. Algunas partes de los bosques de madera dura han sido destruidos y ahora pueden ser explotadas. La defoliación permite un acceso fácil, de modo que las brigadas de trabajadores pueden entrar y sacar la madera.”

Ante esta cínica declaración Chomsky le respondió: “Este portavoz habría podido añadir que estas ventajas aumentarán durante muchos años, ya que según estimaciones del equipo de la Asociación Americana para el Progreso de la Ciencia 2000 millones de metros de tabla de madera aprovechable han sido eliminados por los herbicidas, cantidad que representa el equivalente de las necesidades interiores de madera de Vietnam del Sur durante treinta y un años, a los niveles corrientes. Según la misma lógica, debiéramos agradecer a Hitler sus contribuciones a la planificación urbana de Rotterdam.”

El anatema contra los pueblos de Indochina sería ejercido con mayor determinación, y así, el 18 de marzo de 1969 se dio luz verde a la Operación Menú, apelativo que escondía una gran ofensiva aérea sobre Camboya por medio de B-52, en el más estricto secreto. Los bombardeos se realizaban de noche, y se presentaban registros de vuelo falsos con el fin de mantener la fábula de que esos objetivos en Camboya estaban realmente en Vietnam del Sur. Tal como lo cuenta el general Kinnard, a quien en la primavera de 1970 se le encomendó la planificación de la invasión a Camboya, y que al carecer de mapas fiables de este país, solicitó al Mando de Asistencia Militar en Vietnam (MACV) que le suministrara algunas fotos aéreas. Al parecer las fotos tardaban el llegar, pero tras insistir a algunos mandos finalmente las dichosas fotos le fueron entregadas: “Ahí fue cuando me di cuenta de por qué el MACV había tenido tantos reparos en entregármelas. En ellas se veían miles de cráteres hechos por B-52 en territorio camboyano. Habíamos estado bombardeando Camboya en secreto durante un año y sólo un puñado de funcionarios estadounidenses lo sabían. No tenía ni idea de estuviéramos haciendo eso.”

Estos ataques estaban destinados a destruir emplazamientos del Vietcong en Camboya, pero el objetivo primordial era demostrar a Hanoi que Nixon era aún más despiadado que Johnson. El asesor de Nixon, Bob Haldeman describió esta política como “la teoría del loco”: [quiero lograr] ...que los norvietnamitas crean que he llegado a un punto que puedo hacer cualquier cosa con tal de terminar la guerra. Haremos que llegue a sus oídos algo así como: “Por Dios, saben que Nixon está obsesionado con los comunistas. Cuando está enfadado no podemos contradecirlo, y tiene el dedo apoyado en el botón nuclear”, y el propio Ho Chi Minh estará en París implorando la paz.”

Para desgracia de Nixon y Kissinger, estos bombardeos tuvieron tanto éxito como todos los anteriores, y tampoco suscitaron el llanto del “tío Ho, así que el Congreso los puso fin en el verano de 1973.

Pero su consecuencia más importante fue que puso en contra del imperialismo a toda la población camboyana que había sufrido los bombardeos, y una gran mayoría fueron a engrosar las filas de los Jemeres Rojos, que hasta entonces era un modesto movimiento comunista con muy pocos militantes. Con todo, Nixon logró encubrir estos ataques negando los escasos artículos de prensa que lo denunciaban, y sólo tres años más tarde, cuando estalló el caso Watergate y el bombardeo salió a la luz, todavía era un episodio desconocido para la mayoría de los ciudadanos.

En el verano de 1969, mientras que los bombardeos secretos estaban en su apogeo, y Nixon anunciaba a bombo y platillo las primeras reducciones de efectivos, Kissinger diseñaba la Operación Gancho de Pato, un “golpe salvaje y decisivo” según sus propias palabras, que estaba destinado a intimidar a Hanoi a fin de que aceptaran concesiones en las conversaciones de Paz de 1969. La Operación Gancho de Pato incluía reducir a escombros las principales ciudades norvietnamitas, así como el minado de puertos y ríos y hasta el posible uso de armas nucleares.

Pero esto tampoco impresionó a los dirigentes del Norte, de modo que Nixon tuvo que suspender la operación, debido también a que se habían convocado nuevas manifestaciones para protestar contra esta escalada. Entonces Nixon y Kissinger urdieron un operativo que consistió en la invasión terrestre sobre Camboya. En una aparición televisiva el 30 de abril de 1970 Nixon habló de realizar una “incursión” en territorio camboyano a fin de destruir los “cuarteles militares” de los comunistas, y así más de ochenta mil soldados norteamericanos y survietnamitas penetraron en territorio camboyano, donde a pesar de que se confiscaron muchas armas, no se encontró ningún cuartel militar y el ejército norvietnamita evitó el combate.

Lo que consiguió fue aumentar el apoyo norteamericano a Lon Nol, el general camboyano que recibió el dictado de Washington, y por medio de la CIA, derrocó al príncipe Norodom Sihanouk, anterior jefe de estado que había logrado mantenerse fuera del conflicto. Con Lon Nol en el poder, los dirigentes de Vietnam del Norte volcaron una preciada ayuda a los comunistas camboyanos y se abrió un nuevo frente.

En los Estados Unidos, la invasión a Camboya causó indignación, y en consecuencia hubo una avalancha de protestas estudiantiles en más de cien universidades. Alrededor de treinta edificios de los oficiales de reserva fueron incendiados. Nixon, en un alarde de diplomacia, agitó más las aguas calificando a los estudiantes en huelga como “holgazanes”, y envió a la Guardia Nacional a las universidades. El 4 de mayo de 1970, en la Universidad del Estado de Kent, la Guardia Nacional abrió fuego contra los manifestantes matando a cuatro e hiriendo a nueve.

Esto desencadenó mayores protestas, incluso el Congreso votó a favor de cortar los fondos al ejército en Camboya, aunque luego se retractó, lo que no impidió que el apoyo a la escalada bélica de Nixon retrocediera cada vez más.

Poco antes de ganar las elecciones, Nixon realizó estas declaraciones al New York Times: “No podemos tener una política exterior con Vietnam atado al cuello. En seis meses solucionaré esto.”

Año y medio después su política hizo la guerra más larga y cruenta, a la vez que generaba unos métodos aún más autoritarios bajo su presidencia introduciendo nuevas medidas para espiar y sancionar a quienes considerara enemigos políticos.

 

 

Watergate.

 

 

Una mayoría de la gente ignora que el caso Watergate no empezó en la campaña presidencial de 1972, sino que su origen se remonta a la guerra en Vietnam. Nixon tomó desde sus primeros días medidas ilegales para combatir a los que consideraba oponentes a su política criminal. Encargó la redacción de una lista negra de estos “enemigos”, en la que figuraban unas doscientas personas vinculadas a la política, activistas del movimiento contra la guerra, artistas y periodistas que se habían declarado contrarios a la intervención en Vietnam. Para ello Nixon utilizó a la CIA, el FBI, la organización del fisco y cualquier institución gubernamental o estatal que sirviese para difamar, espiar y en conjunto hacer la vida imposible a esos ciudadanos. Así cuando en mayo de 1969 el New York Times publicó una columna denunciando que el gobierno estaba bombardeando Camboya en una operación secreta Nixon ordenó la intervención, por supuesto ilegal, de las líneas de teléfonos de todas aquellas personas sospechosas de filtrar esta información.

A pesar de que el asunto Watergate abarcó decenas de delitos, la gente suele asociarlo únicamente al torpe robo de documentos que se produjo en la sede del partido demócrata en 1972. La posterior investigación que se llevó a cabo a lo largo de los siguientes dos años desveló que el mismo Comité para la Reelección de Nixon había autorizado los robos y que el propio presidente había pagado a los delincuentes para garantizar su silencio apoyándose en las agencias federales, que habían servido de cómplices para encubrir la responsabilidad de los delitos.

En 1971 un ex funcionario de Departamento de Defensa Daniel Ellsberg hizo públicos unos documentos secretos sobre la trayectoria de la guerra en Vietnam, desde los comienzos hasta la presidencia de Johnson conocidos como los Papeles del Pentágono. Kissinger se convenció de que Ellsberg era un auténtico peligro, no sólo porque este documento ponía al descubierto todas las mentiras que las anteriores presidencias habían contado sobre la guerra sucia en Vietnam, sino porque también podría salpicar la canallesca política de Nixon. De modo que el presidente ordenó a John Ehrlichman, Asistente para Asuntos Internos, que hiciera “lo que hubiera que hacer” para evitar que Ellsberg siguiera difundiendo secretos del gobierno. Ehrlichman formó un operativo compuesto por “fontaneros”, que “reparaban las filtraciones”, coordinados por el Comité para la Reelección del Presidente, que se dedicaron no sólo a buscar documentos incriminatorios, sino también a desacreditar a potenciales candidatos que pudieran hacer sombra a Nixon, como los senadores George McGovern y Edmund Muskie.

Pero los delitos seguían saliendo ante la opinión pública, y ante cada nueva revelación Nixon siempre declaraba que era inocente, y para que otros pagaran su culpa de dedicó a cesar a algunos de sus principales asesores como Bob Haldeman o John Ehrlichman.

Finalmente la investigación comprobó que Nixon había grabado la mayoría de sus conversaciones privadas, que eran pruebas decisivas de su incriminación, y la Corte Suprema tuvo que exigir a Nixon la entrega de esas cintas, ya que él se las negó al Senado.

La salida a la luz de esas pruebas supuso el principio del fin de su facinerosa carrera política.

 

 

La moral se desmorona.

 

 

Durante los primeros años de guerra los dirigentes políticos y militares norteamericanos prometían derrotar al comunismo, y lograr un Vietnam del Sur “independiente”. A partir de la Ofensiva del Tet ya no hablaron de “victoria”, sino de términos un tanto ambiguos como conseguir “paz con honor”, como decía Nixon. Dado que las encuestas de opinión cada vez eran más negativas con respecto al gobierno, y la presión de las manifestaciones contra la guerra no cesaba, Nixon quiso atemperar a la oposición disminuyendo efectivos. Pero dados estos recortes de tropas, el poder decidió demostrar que aunque sucediera esto, no estaba dispuesto a que los comunistas tomaran el control en el Sur. Nixon-Kissinger consideraron la posibilidad de invadir el Norte, o promover otra ofensiva terrestre en Camboya. Entonces el general Creighton Abrams convenció a ambos con una operación que consistía en cortar la Ruta Ho Chi Minh, con el fin de asfixiar la logística del Norte, y conseguir el bloqueo de sus tropas, invadiendo Laos.

Claro que esto no iba a ser sencillo, ya que era muy probable que el Congreso no lo autorizara, y menos aún la opinión pública. Así que encomendaron la tarea a las tropas de Vietnam del Sur. Sería la primera prueba de fuego de la “vietnamización”. El ejército imperial se limitaría a prestar apoyo aéreo y fuego de cobertura.

En febrero de 1971 alrededor de quince mil soldados del Sur invadieron Laos, con artillería, helicópteros, cazas y B-52 norteamericanos en lo que denominaron Operación Lam Son 719. Este ejército fue interceptado por cinco divisiones de Vietnam del Norte y, lo que en principio iba a ser una ofensiva de tres meses, acabó con una derrota sin paliativos en sólo unas semanas. A pesar de que los norvietnamitas tuvieron miles de bajas por la cobertura artillera y aérea norteamericana, el ejército del Sur sufrió más de ocho mil muertos en sus unidades de élite.

Pero la campaña agresiva en Laos por parte de Estados Unidos fue de tal magnitud que ha quedado en la historia como el país más bombardeado del planeta.

Con todo, Nixon apareció por televisión en abril para anunciar que “la vietnamización ha sido un éxito”.

La patente realidad era que la desmoralización de los ejércitos imperialistas era un hecho extendido. Los datos de deserción en el ejército USA, se multiplicaron por cuatro entre 1966 y 1971, y los del ejército del Sur eran alrededor de ciento veinte mil por año. Las fuerzas comunistas también tuvieron cerca de veinte mil desertores cada año, pero su voluntad de combatir nunca disminuyó.

Un fiel indicador del desgaste de la moral en las tropas del ejército de los Estados Unidos fue el llamado “fragging”, es decir, la agresión de los soldados hacia sus jefes. El ejército informó que se produjeron 126 casos en 1969, 271 en 1970 y 333 en 1971, que se pueden considerar aumentos espectaculares habida cuenta de la reducción de efectivos a partir de esos años, y además que no se pueden considerar cifras fiables, ya que la realidad es que debieron ser mucho mayores, al atribuirse muchas bajas a “fuego accidental” o simplemente muerte en combate.

Otro caso que ejemplifica la caída de la moral de la tropa lo constituye el sorprendente aumento del consumo de drogas. La marihuana era fácil de conseguir y muy barata, y en un estudio de 1969 al menos una cuarta parte de los soldados norteamericanos la consumían. El ejército arrestó ese mismo año a mil cada semana, pero dado que la heroína era más fácil de esconder que la fragante marihuana se produjo un alza en el consumo de esta otra sustancia. El ejército realizó un informe en 1974 sobre este hecho revelando que en aquellos primeros años setenta nada menos que un 34 por ciento de los soldados se habían enganchado a la heroína durante su estancia en Vietnam.

En 1971 el general Creighton Abrams estaba desesperado: “Tengo batas blancas por todas partes: psicólogos, consejeros sobre el consumo de drogas, especialistas en desintoxicación y en rehabilitación… ¿Es esto un maldito ejército o un hospital psiquiátrico? Los oficiales tienen miedo de mandar a sus hombres al campo de batalla, y los soldados no les obedecen. ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?”.

Lo que había sucedido era que la tropa estaba harta de la guerra, y que estando al tanto de las conversaciones de paz, nadie quería ser el último en morir en Vietnam.

 

 

Conversaciones en París y bombardeos para navidad.

 

 

En 1972 Nixon realizó un viaje a China y se reunió con Mao Zedong. Fue un viaje que sorprendió a todo el mundo, y estaba destinado a acentuar la tensión entre la Unión Soviética y China, y al mismo tiempo conseguir que estas dos naciones presionaran a Vietnam del Norte a fin de conseguir unas mejoras en la posición de EE.UU. en las conversaciones de paz. Nixon, imbuido por su caduca y poco realista “teoría del dominó”, nunca calibró que los dirigentes vietnamitas estaban muy motivados por su nacionalismo, y que por tanto, no les iban a influir decisiones de otros países, aunque fueran afines ideológicamente, de modo que sólo logró que Hanoi ganara determinación para conseguir sus objetivos.

La respuesta de Vietnam del Norte le llegó a Nixon en forma de ofensiva militar apenas un mes de concluir su periplo. Treinta divisiones, con el apoyo de doscientos carros de fabricación soviética entraron en el departamento de Quang Tri, al tiempo que otros setenta mil soldados atacaron en las montañas del centro y al noreste de Saigón. Sólo el poder aéreo de la USAF logró contener la ofensiva, y evitar el colapso del régimen de Van Thieu. Nixon respondió con un contraataque que constituyó el primer bombardeo total de Vietnam del Norte desde 1968.

Finalmente, tras cuatro años de inútiles negociaciones en París, en el otoño de 1972 se alcanzó un acuerdo entre Hanoi y Washington en virtud del cual Estados Unidos retiraría sus tropas de Vietnam, pero Van Thieu se opuso, ya que dicho pacto convenía en dejar que las tropas norvietnamitas permanecieran en el Sur, lo que le dejaría en situación de clara desventaja. Entonces Kissinger presentó una nueva lista de condiciones, que desencadenó un aluvión de contrapropuestas por parte de la delegación norvietnamita, que consideró hacer las maletas y regresar a Hanoi.

Ante esta reacción a Nixon no se le ocurrió nada mejor que lanzar más de 36.000 toneladas de bombas sobre Hanoi en lo que se conoció como el “bombardeo de Navidad”.

Tras el criminal bombardeo ambas partes volvieron a reunirse y acordaron lo mismo que en octubre. Así es como lo percibió Daniel Davidson, miembro de la delegación norteamericana en las conversaciones de paz: “Lo imperdonable de la política de Nixon y Kissinger, a mi entender, fue el bombardeo de Navidad de Hanoi, que no nos sirvió para nada. El acuerdo que teníamos con Vietnam del Norte antes del bombardeo de Navidad era el mismo que tuvimos después del bombardeo. Es evidente que el único propósito era que el gobierno del Sur se uniera. Así que matamos gente para que nuestro aliado se uniera al acuerdo.”

El bombardeo incluyó, entre otros múltiples objetivos civiles, la destrucción del principal hospital de Hanoi, el Bac Mai, y compuso el triste colofón de la aventura imperialista de Estados Unidos en Vietnam.

 

 

El fin.

 

 

Toda vez que la presencia militar norteamericana desapareció de Vietnam del Sur la historia siguió su curso, que no fue más que la consolidación del proyecto de unificación nacional, la vieja aspiración tan deseada por Vietnam del Norte. Para terminar de lograrlo sólo debían acabar con el podrido régimen de Van Thieu, pero los dirigentes de Hanoi fueron muy prudentes, y no les interesaba atacar de forma inmediata, ya que podrían provocar el regreso de las tropas de Estados Unidos si se producía alguna violación de los Acuerdos de París, de modo que se dedicaron a reforzar su presencia en las regiones que controlaban.

Mientras tanto en los Estados Unidos el Congreso obligó al gobierno Nixon a reducir el apoyo económico al Sur de tres mil doscientos a setecientos millones de dólares, lo que provocó un desequilibrio en la economía de un país acostumbrado a la inyección de dólares desde hacía lustros, que hizo que aumentaran el desempleo y la inflación, con las consiguientes protestas contra el gobierno Thieu, que se mostró aún más represor, con lo que su apoyo popular, siempre precario, fue cayendo hasta que prácticamente sólo fue apoyado por el ejército.

Con la caída de Nixon en 1974 los comunistas vietnamitas vieron la posibilidad de acabar con Thieu, y así en enero de 1975 comenzaron la ofensiva final. Tras tomar la provincia de Phuoc Long, las montañas del centro del país y amplias zonas meridionales, el ejército survietnamita se descompuso y como consecuencia se generó el pánico en un sector de la población que temía las represalias de los vencedores.

El 29 de abril de 1975 numerosas personas acudieron a la embajada de Estados Unidos en Saigón, para conseguir salir del país y de este modo unas siete mil fueron evacuadas en helicópteros desde la capital, que ya estaba siendo tomada, hasta los navíos de la USNAVY, que se vieron obligados a tirar por la borda otros helicópteros para hacer hueco ante la avalancha de refugiados.

Días antes Van Thieu fue sacado del país en un vuelo secreto de la CIA, junto con todo el dinero que pudo reunir. Pero previamente ya había sacado del país una cantidad indecente de oro y obras de arte que depositó en Taipei y Hong Kong, demostrando con esto que su “patriotismo” no estaba reñido con la buena vida.

 

 

Epílogo.

 

 

La intervención norteamericana para los pueblos de Indochina no fue ninguna aventura, sino una durísima prueba a la que se vieron sometidos durante demasiado tiempo, y que dejó un poso agrio e imborrable en el destino de sus sociedades. La enorme cantidad de víctimas es inconcebible, y al cabo de la tercera generación todavía se pueden observar las secuelas en forma de recuerdos y vidas rotas, cuerpos mutilados, sociedades fragmentadas, enormes extensiones de terreno devastado donde cualquier forma de vida es simplemente inviable, y seres humanos que aún nacen con deformidades monstruosas, resultado de las miles de toneladas de dioxinas esparcidas y escondidas tras el inocente nombre de “agente naranja”.

La criminal intervención norteamericana siempre tuvo desde el poder la incuestionable consideración de la lucha contra el comunismo, enfrascada en la ideología del “mundo libre”, que era capaz de asimilar, no sin cierta crítica, episodios del calado de My Lai, paradigma del asesinato masivo e indiscriminado de ciudadanos inocentes.

Al hilo del planteamiento de Noam Chomsky, quien afirma que nadie puede imaginar que la Unión Soviética soltara más de seis millones de toneladas de bombas en varios países lejanos, defoliara sus bosques, deportara a sus pobladores, asignara zonas de tiro libre, asesinara a sus políticos y ciudadanos, arruinara sus economías, y finalmente desequilibrara para siempre su medio natural, por el simple hecho de que su población no acepta las reglas de un juego que le es ajeno, surge la pregunta:

¿Qué hubiera sucedido si esto realmente hubiera pasado, y cuál habría sido la respuesta del mundo, y la de Estados Unidos?

Si se reflexiona sobre este particular quizás podríamos aprender algo interesante sobre el estado de la civilización occidental.

Por lo que respecta a Vietnam, su destino ha sido decepcionante, ya que todo el sacrifico de la guerra únicamente ha servido para enmarcar su proyecto nacionalista, pero ha hecho bastante poco por establecer un socialismo digno pareciéndose cada vez más al modelo económico chino.

En 1978 el ejército de Vietnam desalojó del poder en Camboya a los Jemeres Rojos y al año siguiente fue China quien invadió Vietnam, acabando en la práctica con la falacia de la “teoría del dominó”; y nuevamente el general Giap los barrió con una excelente estrategia militar.

Actualmente es uno de los países en desarrollo del tablero mundial, con fuerte crecimiento económico, pero su mano de obra, la que trabaja para las multinacionales, es la más barata del mundo. Pobre balance para tal sacrificio.

Tras el descalabro en el sudeste asiático la agresividad del imperialismo norteamericano se tornó más enconada, si cabe, y centró su atención hacia el continente sudamericano, donde se gestaban movimientos antiimperialistas y socialistas con gran fuerza social, especialmente en la región denominada “cono sur” latinoamericano.

Sus máximos exponentes fueron Chile, Argentina y Uruguay países en los que surgió una nueva generación llamada a impulsar movimientos de renovación radical del poder político, y lo más importante, del poder económico y social.

Y fueron los mismos precursores del horror y la devastación en Vietnam, Laos y Camboya los que diseñaron la “Operación Cóndor”, el famoso operativo destinado a erradicar por medio del terror, el asesinato masivo y el aplastamiento de la legalidad institucional, esos cambios tan demandados.

¿Es este el “mundo libre” que prometieron los apologistas del imperialismo?

Los crímenes del imperialismo son indescriptibles. No tienen justificación, ni perdón. Y sería tremendamente injusto relegarlos al olvido, por cuanto que el olvido es omisión, indiferencia, indolencia y por último, no-existencia.

 


 
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