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El hombre ha nacido libre y por doquiera se encuentra sujeto con cadenas. (J. J. Rosseau)

 
Garzón, o el nuevo Sócrates Imprimir E-Mail
escrito por Teodoro Mora Mínguez   

 

 

En la actual democracia instituida internacionalmente como mejor régimen político según las palabras de Winston Churchill: «El peor sistema político, si exceptuamos a todos los demás». Según esta definición, el mayor peligro posible es acercarse a los otros sistemas políticos: demagogia, dictadura o plutocracia.

 

 

Demagogia es el gobierno de la opinión pública sin un criterio propio, simplemente dictado por los grandes medios de comunicación de masas, lo que en tiempos de Sócrates eran los retóricos. Dictadura o tiranía es el gobierno de uno sólo teniendo el monopolio de los poderes, que en Democracia se hallan repartidos en tres ámbitos: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Plutocracia, finalmente es la tiranía de los más poderosos económicamente.

En este régimen político basado en la publicidad de las decisiones políticas, el mayor riesgo posible de volver a cualquiera de los otros sistemas, es la impunidad.

 

La impunidad ya era vista como un gran peligro para la estabilidad de la sociedad en los tiempos de Sócrates. No obstante, su discípulo, Platón, por otro lado, tan antidemócrata como la gran mayoría de sus contemporáneos, nos advierte en su libro La República, en el mito del anillo de Giges, un maravilloso anillo, que, al igual que en la tradición nórdica y escandinava, de donde provienen el relato del anillo de los Nibelungos, que diera a escenificar en su ópera en cuatro partes, Richard Wagner y en el que se basan las leyendas anglosajonas, y también la historia del Señor de los anillos del celebérrimo J.R.R.Tolkien. La peculiaridad de este “anillo”, es el que se simboliza, metafóricamente, en él los usos del poder y la impunidad de quien lo poseía.

 

En este caso, el anillo de Giges, resulta ser uno de los abalorios perdidos en el interior de la entrañas del famoso caballo de Troya, caballo que los guerreros aqueos, según la Ilíada de Homero, llevaron al lado de las murallas de Troya, viendo que no podían vencer a los troyanos de ningún modo, el ingenioso Ulises u Odiseo inventó una treta. Dejarlo allí, fingiendo retirarse, aun cuando, los más importantes guerreros estaban dentro para masacrar a la población, que cándidamente, movidos por su orgullo y la magnificencia del obsequio de los aqueos, no repararon, en que en su interior estaban sus enemigos, que subrepticiamente, pasaban al otro lado de las inexpugnables murallas, los cuales aprovechando de la noche y la impunidad, ya que nadie los acusaría pues no quedaría nadie de aquellos a los que harían desaparecer como pueblo en la Historia.

 

Tal anillo, llevado por alguno de aquellos soldados, quedó en el interior del caballo de madera, éste anillo tenía una facultad extraordinaria, que continuaba el relato de impunidad del acto del caballo, hacía invisible a su poseedor. Esto es, un anillo que hacía imposible identificar y juzgar a quien lo llevase, aunque realizase las mas execrables tropelías, como haría el pastor que se lo pusiera, convirtiéndose en el tiranuelo de la localidad después de matar a los que se le opusieran. Éste es el eterno juego de la ambición de poder tal y como luego sacarían a colación, entre otros, en sus geniales tragedias sobre el poder, William Shakespeare. Este anillo, es, pues, la imagen del poder impune. El poderoso siempre ha tenido la sanción sobre la vida y la muerte de sus súbditos y conciudadanos.

 

Sócrates, el otro ejemplo, el del maestro del autor del mito del anillo de Giges, es el otro ejemplo de quien se enfrentó al poder del “anillo de poder”. Él es el personaje, según los testimonios, de Platón y Jenofonte, que fue juzgado por no querer doblegarse al poder de la opinión y no de la recta justicia.

 

Platón, autor de la República, obra  en la cual se expone el ideal político de aquél, que consiste en la utopía de que el que debe regir es el filósofo-rey.

Jenofonte, autor de la Anábasis, obra biográfica en la que narra la expedición de los griegos en ayuda de un aspirante al imperio persa y su retirada  en las tierras de sus enemigos. En esta obra se expone la raíz de la democracia (y eso que Jenofonte es partidario de la aristocracia y autor tan antidemocrático como Platón): que consiste en la igualdad en el valor de la decisión conjunta, por encima de toda jerarquía.

 

Este personaje histórico, Sócrates, al que se refieren ambos, fue acusado de cosas tales como: “introducir nuevos dioses en la ciudad”  e “inculcar ideas contrarias a la tradición a los jóvenes”. Fue por ello acusado ante toda la ciudad por aquellos que tenían “el anillo de Giges” en ese momento: un poeta, un retórico y un político.

 

La defensa de Sócrates consistió en pedir que fuera mantenido de por vida a costa del erario público de la polis ateniense para que pudiera seguir realizando su tarea, que el consideraba la más provechosa para la ciudad. Él no cobraba por sus enseñanzas, como sí lo hacían los sofistas, los poetas y los retóricos que le juzgaban. Esta petición revolucionaria de algo cercano a una educación pública estatal, sólo que a título individual, irritó tanto a los jueces que consiguió que le condenaran por más votos que en la primera votación.

 

Del mismo modo, este Sócrates moderno, contemporáneo nuestro, magistrado de la Audiencia Nacional española, ha luchado para que la impunidad no campe a sus anchas en el panorama internacional y mundial.

 

Chechenia, Croacia, en la memoria de los conflictos más recientes en los que ha intervenido juzgando a los responsables, pero también ha sentado en el banquillo de los acusados a los más importantes tiranos de la reciente historia del Cono Sur americano: Pinochet, de Chile; los capitanes de los “vuelos de la muerte” de la tristemente famosa “Escuela de la Armada” de Argentina,…

 

En todas estas gestiones de jurisprudencia penal internacional, han sido los países implicados los que han colaborado a juzgar a sus más oscuros dirigentes mediante el levantamiento de las “leyes de punto final” que, en mayor o menor medida, amnistiaban y amparaban a sus antiguos tiranos. Por ello pudieron ser juzgados, aun cuando, algunos gobiernos, incluso democráticos, se oponían a su extradición, como fue el caso de Pinochet en  Gran Bretaña  por parte de seguidores del “tacherismo” que aún veían en el anciano dictador al hombre que les ayudó en su particular guerra contra los argentinos en las Malvinas y al hombre que colaboró con su fortuna personal a acrecentar también sus fortunas personales.

Pero, a grandes rasgos, fue el cambio en las políticas de revisión de su historia lo que permitió juzgar a estos ex-dignatarios según las normas internacionales que pesan sobre “crímenes de lesa humanidad”, a los cuales el Tribunal Internacional de la Haya, entre otros organismos internacionales, carentes de todo interés partidista, consideran que de hecho y por derecho, no prescriben nunca.

 

A esta acción continuada contra la impunidad política en la represión y falta de libertades, se le une su acción en contra de todas las formas posibles de “crimen organizado” internacional: mafias, narcotraficantes e incluso contra el terrorismo, tanto el de nuestras fronteras: ETA, como contra organizaciones terroristas internacionales, extremistas islámicos,…..

 

Si de algo se le puede reprochar a este juez en su larga trayectoria judicial, es el tener un currículo vital demasiado abultado, el haber osado interferirse en demasiados asuntos en los cuales estaba comprometido el uso y el abuso de ese metafórico “anillo de Giges” que volvía invisibles en la impunidad a tantos cargos importantes: políticos, militares, gentes de negocios y de talla e influencia tan preclara que han terminado por unirse para así poder hundir la carrera de este juez cosmopolita y luchador contra la impunidad en todas sus formas.

 

Sí a Sócrates le acusaban: un poeta: Meleto, un retórico: Licón y un político: Ánito; a Garzón le acusan: toda la plana mayor del más importante escándalo político de corrupción a nivel nacional, esto es, la trama del caso: “Gürtel”, nombre clave que la policía ha dado tomando el término del alemán: “correa” o “cinturón”, para hacer mención del apellido del más importante de los implicados, Rafael Correa, en la trama de corrupción que implica a cargos de los gobiernos autonómicos valenciano y madrileño en los cuales gobierna el mayor partido de la oposición, el P.P.

 

Pero si la acción y omisión de los delitos de esta “correa de Giges”, anillo de invisibilidad de la corrupción e impunidad, fuese poco: tan sólo unos 6,000 folios del sumario de la investigación, también tenemos un móvil político-poético: Una casi extinta organización política de extrema derecha muy relacionada con las prácticas represivas e intimidatorias del anterior régimen predemocrático, los “40 años de dictadura franquista”, sube también a la palestra para  castigar el intento de juzgar a los culpables de delitos de “lesa humanidad” cometidos durante ese largo periodo.

 

Esta organización, que en cualquier otro país democrático, habría sido vetada, como lo son la mayoría de las organizaciones continuadoras del nazismo en Alemania y fascistas en Italia, países en cuya historia está el precedente de regímenes totalitarios y en los cuales se trata de acabar con los partidos y organizaciones filonazis o filofascistas, aún cuando en Alemanía esté legalizado el SPD, sucesor del antíguo NSPD y en Italia continué el llamado: “movimiento social italiano” .

En este país, en cambio, una organización tal se atreve a lanzar su panegírico a favor de los valores patrios del régimen anterior, panegírico, elegía a la muerte de su mayor benefactor. Esta elegía no es tomada en cuenta, ni por su forma, ni por su contenido por parte del tribunal que juzga al juez, el Tribunal Supremo, que no obstante, avisa de lo incorrecto del procedimiento a dicha organización.

 

Estos nuevos “Meletos” falangistas, que intentan imitar, a “años-luz” el genio de su carismático fundador, tan sólo copian de aquel, el admirado José Antonio, la soflama encendida, es decir, poesía poca y mala, que si no se tratase del tema que se trata, la muerte y desaparición de miles de personas durante 40 años, nos llevaría incluso a la risa, a la alciónica risa de alguien que ve el tiempo presente como el carrusel siempre repetido del mismo deambular del “anillo de la impunidad de Giges”.

 

Esta mala poesía es amparada bajo la capa de los sectores más reaccionarios e inmovilistas del país. De nuevo, el mayor partido de la oposición muestra las garras y las “camisas azules” de antaño que parecían ser galas olvidadas del pasado.

 

Es por ello, que de nuevo, la tumba del hermano de Antígona no podrá ser hallada. Pero ahora no es por la oposición de un Creonte tirano como en el caso de la tragedia imaginada por Sófocles doscientos años antes del juicio de Sócrates, sino por las consecuencias que se deriven de la interpretación jurídica que pueda hacerse a la ley de la “memoria histórica”.

 

De nuevo el juez, se ha “sobrepasado en sus funciones” al permitir las exhumaciones de los cadáveres de muertos y desaparecidos durante la guerra civil española y la larga postguerra represora.

Para hacer esta afirmación, se basan en los pactos de la Democracia que se hicieron en los años 70 para llegar a la “reconciliación nacional” por la cual se promulgaba una amnistía general que luego sería copiada en Argentina con las “leyes de punto final”.

 

Pero lo que no se dice es que, al dar lugar a la “ley de la memoria histórica” no sólo se abrían las bibliotecas y los centros de documentación históricos al gran público para que pudieran buscar los rastros de su historia más reciente, sino que daban la oportunidad de buscar, a aquellos que perdieron a sus familiares y amigos, para poder encontrar sus restos.

 

Y es que «el olvido... -como decía ese gran poeta uruguayo que hace poco nos dejó- Mario Benedetti: ... está lleno de memoria». Memoria que a su vez, convoca a los recuerdos del pasado. Estos recuerdos de infausta memoria que muchos querrían ver sepultados hasta “la noche de los tiempos” ya que no desean que sus nombres o los de sus antepasados se vean entre las listas de los lobos y los verdugos que sojuzgaron a esta nación durante 40 años y que aún participan de la “correa de transmisión” de la corrupción y la impunidad política, refugiándose en el olvido común y la invisibilidad de su particular anillo del poder de Giges.

 

La mayor diferencia de este proceso con respecto a aquel que sucedió hace más de 2.500 años estriba en que, en este caso, el juez no sólo interpelaba a cada ciudadano sobre su saber, como hacía Sócrates, sino que la interpelación ha sido más bien al ánimo moral de los países ante los que ha juzgado los delitos de “lesa humanidad” que realizaron sus más altos mandatarios en tiempos pasados.

 

No nos equivoquemos, en este caso, no hay “cicuta” histórica que pueda darse al entrometido juez como antaño se le dio al entrometido filósofo. Si se juzga culpable por haber tenido fallos en los procesos que ha instruido en su carrera, o  por negligencia, o lo que es peor, por prevaricación, esto es, por ocultar pruebas y dictar sentencias partidistas, no se está condenando sólo a un hombre, sino al representante  y más claro defensor de una justicia a nivel mundial, que respete, en la práctica, los Derechos Humanos y juzgue en el caso de que estos sean violados, por parte de quienes sean. Por parte de un gobierno, de un poder político o militar o de un conglomerado de empresas y compañías económicas que quieran secuestrar el poder democrático, es decir, por parte de un sistema demagógico, dictatorial o plutocrático.

 

De lo que se trata en este caso, no es sólo de la suerte que pueda correr el “Superjuez”, sino del futuro y del destino de un auténtico tribunal universal que pueda combatir la impunidad del “anillo de Giges” del que hablaba Platón, el cual está en la mente y la voluntad de todo aquel que detenta el poder como una posibilidad en su acción.

 

Si juzgamos y hallamos culpable a aquel que vigila el abuso del poder, ¿a quién pondremos en su lugar? ¿Quién vigilará a los vigilantes?

 

Por último, parece que la historia de este juicio está tomando un cierto cariz internacional, lo que hace que no pueda repetirse la “heroica salida” de Sócrates mediante la cicuta, ya que aquel estaba anclado a su dependencia a la polis de Atenas, ya que Garzón, puede realizar sus funciones en cualquier lugar del mundo, es más, el Tribunal Penal Internacional de la Haya, le ha requerido para que sea su consultor, su ayudante con independencia del resultado del juicio llevado a cabo en España contra él. Este curioso tribunal internacional no precisa de la intervención directa y personal de sus miembros como si lo necesitan los tribunales ordinarios nacionales, sino que se bastan y se sobran con su juicio como criterio moral rector de un carácter y de su figura en su trayectoria jurídica en defensa de los Derechos Humanos en todo el mundo y contra la impunidad del poder.

 

¿Qué consecuencias se seguirán de este proceso judicial en el futuro? ¡No lo sabemos! Pero sí sabemos que este juicio es el reflejo de aquel otro juicio lejano en tiempo y espacio, tanto en lo mejor como en lo peor.

 

En lo mejor, en lo que encarnan ambos enjuiciados, el valor de la verdad pública contra la impunidad del poder.

 

Lo peor, en las consecuencias que se puedan derivar de la condena de alguien, que, desde su talla moral ejemplifica los valores en que se fundamenta la democracia como sistema político plural, igualitario y justo.

 

 

 
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