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Solamente aquel que construye futuro tiene derecho a juzgar el pasado. (Friedrich W. Nietzsche)
 
Madrid, ¿La suma de todos? Imprimir E-Mail
escrito por Mª Fernanda Rodríguez López   

 

 

Madrid, ¿La suma de todos? es un trabajo colectivo realizado por el Observatorio Metropolitano, un colectivo de militantes que se preguntan acerca de las tendencias y las recomposiciones de la ciudad de Madrid, su espacio político.

 

 

 

Este trabajo, publicado por la editorial Traficantes de Sueños, es no sólo pionero en cuanto al estudio del Madrid reciente, de su nueva centralidad dentro del capitalismo global, sus recomposiciones de clase (con una creciente desigualdad de la redistribución de la renta y en la geografía de la urbe, cada vez más excluyente, sobre todo por lo que se refiere a la población migrante) y de género (crisis de la reproducción en la esfera doméstica que recae duramente sobre las mujeres migrantes), sino que además sintetiza por primera vez aspectos de la ciudad que nunca habían recibido un tratamiento conjunto, y ello porque tales aspectos sintetizan a su vez las preocupaciones políticas de sus autores. El libro se divide en tres ejes, que resumimos a continuación:

 

-La nueva inserción de la ciudad en el capitalismo global que ha venido de la mano de un acelerado crecimiento económico y de la agresiva expansión internacional del capital corporativo español, y que ha supuesto un crecimiento de la inmigración transnacional, una mayor polarización económica y una nueva dinámica de segregación espacial. Vinculado a este crecimiento está el ciclo inmobiliario alcista, y la subordinación de las políticas públicas al desarrollismo urbano como estrategia de crecimiento.

 

- El análisis de las formas de gobierno cada vez más complejas, ya que aumenta así mismo la complejidad de la composición de la urbe, que no se deja apresar por la centralidad del trabajo obrero, masculino y autóctono. La proliferación de “diferencias” apunta a una nueva lógica de gobierno de esas diferencias.

 

- Por último, este trabajo recorre la memoria de la ciudad, las ciudades que pudieron ser y que han quedado sepultadas en la memoria o invisibilizadas: el asalto obrero de los años 60´ y 70´ y que se materializó en la Transición en la amplia batería de conquistas del movimiento vecinal; así como las alternativas vitales de jóvenes como la contracultura de los setenta, el punk de los ochenta o el hip hop en nuestros días.

 

El texto que reproducimos a continuación pertenece al primer eje, y fundándose en los trabajos de David Harvey da cuenta de cómo un determinado circuito de ampliación de capital, en España ya arraigado como estrategia de crecimiento desde los años setenta, lleva no sólo a una situación alcista y de endeudamiento y hacer de la cuestión de la vivienda una cuestión social preeminente, sino que además da cuenta de cómo dicha estrategia de crecimiento supone la transferencia de la riqueza social a través de las políticas públicas no a bienes y servicios de interés público, sino a los de una reproducción ampliada de capital que aumenta la desigualdad tanto en lo que se refiere a la renta como en lo que se refiere a la segregación social dentro de la geografía urbana.

 

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Desde hace algunos años tanto las dificultades de acceso a la vivienda como la ocupación invasiva del territorio vienen acaparando los titulares y provocando reacciones y movimientos políticos (en gran medida de base) (...). La impresión de que el conflicto social se ha desplazado desde la arena de las luchas laborales por el salario hacia los terrenos sociales y ecológicos, antes periféricos, como la vivienda y la defensa del territorio, tiene mucho de verdad. Con todo, para entender este desplazamiento es preciso enmarcarlo en el proceso de degradación de la función del trabajo como generador de demanda económica, así como en la transformación de sus derivados ideológicos, esto es, el trabajo en tanto integrador y escalera de movilidad ascendente. La desregulación de los mercados laborales ha dejado gravemente herida la colosal ingeniería social del welfare state surgida tras la Segunda Guerra Mundial bajo la unificación simbólica del trabajo como agente de producción de beneficios sociales crecientes.

 

Desde Polanyi, sabemos que una actividad desreguladora de la esfera económica como la que se ha experimentado en los últimos veinte años, hubiera estado inseparablemente unida de a la escisión social y a la guerra –y en no pocos lugares del mundo, así ha sido— de no haber sido sustituida por otro conjunto de regulaciones que, por perversas que fueran, han sabido restablecer la intervención colectiva, manteniendo viva la imagen de un sustrato social común. De manera contraria a su presentación ideológica, el despliegue histórico del neoliberalismo en los países occidentales rara vez ha llevado consigo una reducción cuantitativa de la intervención social y económica del Estado. Este objetivo central se ha planteado desde un doble movimiento: por un lado se ha tratado de convertir la mayor cantidad posible de bienes y servicios sociales, incluido los bienes y servicios ecológicos, en activos financieros potenciales o actuales. Por otro lado se ha intervenido con decisión para vincular, mediante los mercados financieros, el crecimiento de la deuda personal y familiar, interpretada por los agentes como riqueza, con unos objetivos de consumo capaces de incrementar las inversiones de capital en una época de abrumadora “preferencia por la liquidez”.

 

En España, estas funciones ideológicas y económicas, convertidas en objetivo de la intervención del Estado, se han mantenido vivas gracias a una política de incremento del patrimonio personal y familiar; una política regida únicamente por las técnicas y marcos de racionalidad propios de los mercados financieros. El carácter radicalmente segregador de esta política es evidente. A partir de esta situación de polarización y segregación del patrimonio, las clases medias y bajas se han ido recomponiendo en una estratificación encabezada por una fracción inversora, y que sin embargo representa el éxito del modelo: un gran estrato medio endeudado que asume los mayores riesgos de devaluación de sus posiciones económicas y sociales y una fracción creciente de excluidos concentrados geográficamente en los grandes núcleos urbanos. Desde este punto de vista no es sorprendente que el llamado “problema de la vivienda” haya cambiado radicalmente de significado en los últimos 30 años. De referirse a un régimen de alojamiento para la clase obrera urbana ha pasado a condensar las desigualdades estructurales de una vida social que en buena medida se percibe y se vende como próspera y desahogada.

 

Tanto por su peso creciente dentro de España, desde el punto de vista de la actividad económica y la población, como por las nuevas funciones estratégicas que desempeña dentro de la economía global, Madrid ha estado en el centro de este proceso de patrimonalización de la economía y de financiarización de la vida social. Sus resultados más visibles han sido un crecimiento vertiginoso de los precios de la vivienda en relación con los salarios, y un aumento colosal del endeudamiento de las familias para poder acceder a la propiedad inmobiliaria. Según datos del INE y del Ministerio de Vivienda en tan sólo seis años, de 2000 a 2006, el precio medio de la vivienda ha pasado de representar 5,9 veces el salario medio anual de la Comunidad de Madrid a valer 11,9 veces. Sin embargo se olvida en demasiadas ocasiones que este alza desmedida de los precios de la vivienda ha dependido de una intensísima transformación del territorio metropolitano y de una salvaje oleada de ocupación de suelo en la que la expansión de la vivienda nueva ha ido acompañada de un crecimiento exponencial de las grandes zonas comerciales y de las áreas logísticas y de transporte, en un proceso relanzado constantemente por la intervención pública masiva en forma de construcción de grandes infraestructuras de transporte.

 

Madrid es hoy una ciudad que crece de forma descontrolada, generado una gran cantidad de tejido urbano difuso y de zonas comerciales y logísticas a lo largo de los ejes de transporte, un proceso extremadamente exigente en recursos y suelo. Según los datos proporcionados por el satélite Corine Land Cover, las superficies artificiales crecieron un 47 % entre 1987 y 2000, una superficie que representa casi la mitad del suelo ocupado hasta entonces. (...) A este proceso de invasión territorial hay que añadirle algunas servidumbres territoriales indirectas como el suelo parcialmente urbanizable. Evidentemente las formas de crecimiento urbano invasivas del territorio son mucho menos eficientes en materiales, energía y agua que la ciudad compacta tradicional. El resultado es un crecimiento del déficit físico de materiales y energía en la Comunidad de Madrid que en 2001 se situaba en 18,5 millones de toneladas.

 

El objeto de este texto es ahondar en el entramado económico y social que ha hecho de Madrid una región metropolitana tendente a una aguda dinámica de insostenibilidad física y de segregación social. Para ello se ha adoptado una forma de narración histórica que no aspira tanto a proporcionar una imagen completa de la evolución de la economía madrileña como a recuperar la genealogía de la confluencia de los procesos económicos de acumulación de capital con los procesos terrotoriales de ocupación del suelo.

 

Para este recorrido histórico he seguido el marco conceptual desarrollado por el geógrafo David Harvey y sus trabajos sobre los circuitos secundarios de capital, más generalmente conocidos como soluciones espaciales de la economía. En este sentido, David Harvey distingue tres circuitos de acumulación de capital (...):

 

Un circuito primario definido por la obtención de beneficios en la producción de bienes y servicios. Estos beneficios se reinvierten en la expansión de estos mismos procesos de producción. Al aparecer las crisis en forma de exceso de producción o de escasez de demanda, los beneficios se desvían a los circuitos secundario y terciario de acumulación de capital.

 

El circuito secundario está definido por las inversiones que requieren mayor tiempo para su amortización: las inversiones en capital fijo. Las inversiones del Estado en infraestucturas y las inversiones privadas en la construcción forman parte de esta categoría. En el caso de la construcción el beneficio surge de dos fuentes: a) rentas sobre el valor del uso del edificio, por ejemplo el alquiler; b) crecimiento del valor de cambio futuro (precio de venta) del edificio.

 

Un tercer circuito formado por las inversiones públicas en investigación y tecnología que repercutirían a largo plazo en un aumento de la productividad del trabajo y de los beneficios privados pero que los agentes privados no están dispuestos a asumir.

 

La hipótesis central de este texto se puede resumir así: en Madrid este circuito secundario ha crecido hasta el punto de convertirse en el motor de la acumulación de capital. Tanto por haber permanecido estancada la rentabilidad de la inversión industrial desde 1973, como por haber creado por medios financieros una enorme cantidad de dinero en busca de ciclos productivos rentables. España ha ofrecido una buena oportunidad para reforzar el circuito secundario de gran capacidad, con la urbanización de la costa mediterránea en los años sesenta es la pieza clave para comprender el éxito de esta conexión con la economía global. Los efectos de este tipo de circulación pueden resumirse así:

 

La circulación por el circuito secundario de capital ha retardado localmente la inversión en tecnología. Si bien se ha creado una ventaja espacial para este tipo de inversión, como parece ser el caso de Madrid, se ha obstaculizado la posibilidad de cambio tecnológico aplicado a la producción.

 

Esta contradicción ha implicado que la circulación del capital fijo a través de la construcción se centre en el desarrollo de una infraestructura física coherente con las actividades económicas dominantes. En el caso de Madrid, estas serían: i) consumo: construcción residencial y centros de consumo asociados; ii) logística y transportes; y iii) infraestructura física del sector financiero.

 

De estos tres tipos de funciones las únicas que no encuentran límites rápidos a la expansión --aunque siempre termine por encontrarlos de forma abrupta-- es la residencial. Al funcionar el precio de la vivienda como un activo financiero que toma su valor de la previsión de beneficios futuros para su compraventa, el alza continuada de precios depende de una separación muy estricta por clases sociales del espacio metropolitano y de requerimientos de espacio y materiales mayores que sirvan de garantía para beneficios futuros. Es decir, contribuye decisivamente a la reproducción de las desigualdades urbanas y a la insostenibilidad ambiental.

 

La reproducción de este modelo implica que el gasto público se comprometa en las inversiones de capital fijo de amortización más lenta en el mercado y de mayor cuantía.

 

Los capítulos que siguen a continuación son una crónica del establecimiento y consolidación de ese segundo circuito madrileño a partir de su relación con este mismo proceso en España y, especialmente en la costa mediterránea. Por supuesto esta crónica resultaría incompleta sin una referencia constante al cambiante contexto económico del capitalismo mundial que ha mutado desde una etapa de esplendor industrial bajo la hegemonía estadounidense a otra de estancamiento, en los países centrales, y prosperidad financiera, en las ciudades, que tiende a “premiar” con grandes cantidades de dinero cualquier atisbo de burbuja financiera o inmobiliaria. Esta querencia por la especulación en el centro mismo del sistema es la que nos “castiga” con estos altísimos niveles de inestabilidad política y social que se reflejan en políticas públicas agónicas, incapaces de contener ni la reproducción ampliada de las desigualdades sociales, ni el choque contra los límites naturales del capitalismo.

 

 

 

 

 
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